Un país que no crece
El crecimiento económico sí importa. No hay que ser de izquierda o de derecha para entenderlo. Sin él no se generan empleos ni prosperidad. Las dádivas gubernamentales, tan rentables para comprar votos, no se sostienen si no hay crecimiento.
Lo sabía López Obrador, que, si bien se quejaba de que los economistas centran sus análisis en el producto interno bruto (PIB), prometió como candidato en 2018 duplicar el crecimiento nacional del 2 al 4 por ciento anual y cerrar con 6 por ciento en 2024. Pero las cosas no le salieron bien. En lugar de aumentar, el crecimiento se redujo a la mitad: 0.9 por ciento anual de 2019 a 2024. La situación no mejoró con el cambio de gobierno. En 2025, primer año completo de Claudia Sheinbaum, la economía nacional sólo aumentó 0.8 por ciento. En el primer trimestre de 2026 hubo incluso una contracción de 0.8 por ciento, la peor caída trimestral desde la pandemia de 2020.
Tanto López Obrador como Sheinbaum han declarado decenas de veces que la economía va muy bien, requetebién, pero la realidad es que ha estado estancada desde que tomaron el gobierno. Al mismo tiempo, la población ha seguido aumentando, por lo que el producto interno bruto per cápita es hoy más bajo que cuando concluyó el mandato de Enrique Peña Nieto.
¿Por qué no está creciendo la economía? Porque la inversión productiva es muy baja. Quizá esto parezca imposible en un gobierno que constantemente hace anuncios de grandes inversiones en las mañaneras, pero estas son simples anécdotas. El Plan México de Sheinbaum prometió una inversión fija bruta de 25 por ciento del PIB en 2026 para llegar a 30 por ciento en 2030. En 2025, sin embargo, apenas llegamos a 22.9 por ciento y la inversión, lejos de elevarse, está cayendo. Nada más en 2025 bajó 6.5 por ciento y empezó 2026 también con una contracción.
México tuvo un incremento fuerte en la inversión pública en 2022 y 2023, pero se trataba de los proyectos faraónicos de AMLO, como el Tren Maya y el Interoceánico, el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (que se construyó mientras se abandonaba el de Texcoco) o la refinería de Dos Bocas, obras no rentables que destruyeron valor en vez de crearlo y que necesitan subsidios para sostenerse. El monto original de las inversiones nunca se amortizará.
La mayor parte de la inversión productiva no es del gobierno ni de las empresas estatales, tampoco de los grandes corporativos privados que anuncian sus proyectos en la mañanera, sino de los miles de pequeños y medianos empresarios de nuestro país. Pero estos tienen miedo de invertir.
Una de las razones es la incertidumbre jurídica. El gobierno destituyó a los jueces con experiencia y entregó los tribunales a juzgadores cercanos a Morena. Restringió, además, el juicio de amparo. Hoy cualquier amparo o juicio de un particular contra el gobierno sólo puede terminar con un fallo a favor del régimen. Otro problema son los costos que se siguen imponiendo a las empresas formales, con mayores sueldos mínimos, más días de vacaciones, más impuestos y mayores costos sociales. Por eso estas únicamente están creando el 45 por ciento de los empleos. Todos los demás son informales.
Los resultados los estamos viendo. La economía nacional está estancada. No ha tenido un crecimiento vigoroso desde hace años. Y un país que no crece está condenado a empobrecerse cada vez más.