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Un país sin Monsiváis

Consuelo Sáizar de la Fuente

A la memoria de Roxana Guzmán

Carlos Monsiváis ha sido en estos días más citado que nunca y tan extrañado como siempre. Se le invoca porque se extraña su curiosidad total, capaz de escuchar al país cuando el país se vuelve multitud. México canta, grita, llora, abuchea, idolatra, celebra y se contradice con una elocuencia torrencial que exige lectura, interpretación, matiz, ironía, contexto y forma. Todo lo que, durante décadas, Carlos Monsiváis mostró en sus textos.

El gran cronista de la cultura popular mexicana sigue siendo necesario porque logró convertir esa materia fugitiva -la alegría pública, la lágrima compartida, el fervor del estadio, la canción coreada por todos- en una forma de conocimiento. Le dio letras y sentido a lo que el país sentía antes de saber nombrarlo.

En plena euforia futbolística, extrañar las crónicas de Monsiváis es inevitable. A esa nostalgia se suma un episodio inesperado: unas frases apócrifas que ningún editor atento habría dejado pasar. Alguien -pretendido émulo de Warhol, en busca de sus quince minutos de fama- quiso suplir con imaginación lo que no escuchó; hacer pasar por registro lo que era invención, por testimonio lo que le era útil, e involucrar el nombre de uno de los grandes amigos de Carlos en una ruindad disfrazada con fines políticos.

Las falsedades pretendieron ocupar el lugar de una obra perdurable: el verdadero legado de Carlos fue una educación de la sensibilidad. O, mejor: una educación del oído, de la mirada. Monsiváis escuchaba México desde el tumulto. Sabía que una nación se revela en sus constituciones, sus dirigentes, sus derrotas militares, sus museos y sus efemérides; también en sus canciones de cantina, en sus películas vistas como catecismo doméstico, en sus ídolos televisivos, en sus albures, en sus funerales multitudinarios, en sus estadios, en sus marchas, en sus duelos, en su relajo y en esa carcajada que tantas veces sirve para seguir en pie.

Su hallazgo mayor fue darle categoría analítica a la cultura popular. Conviene detenerse en esa conquista, porque hoy parece evidente sólo porque él la inscribió de manera incuestionable. En un país que durante décadas separó lo culto de lo masivo, el ensayo de la canción, el museo de la carpa, la historia oficial del espectáculo, Monsiváis leyó el bolero, la lucha libre, el cine de barrio, la nota roja, la televisión, la diva y el ídolo de multitudes con la misma seriedad con que otros leían a los clásicos. Así corrigió un error de método: la identidad nacional se fabrica en todos los sitios, en los lugares donde la cultura muestra menos pudor y más verdad. Donde las élites veían cursilería prescindible, él encontró una gramática del deseo. Donde otros oían ruido, Carlos distinguió una sintaxis social.

A los grandes intérpretes de la emoción mexicana los pensó con curiosidad genuina y admiración contagiosa, y así los integró al relato del país: los volvió protagonistas de la gran identidad nacional y les confirió un capital simbólico hasta entonces reservado a la alta cultura. En Juan Gabriel reconoció una emoción colectiva que volvió coreografía la herida; en Chavela, una mexicana por intensidad electiva, más allá de la geografía; en Lola Beltrán, una idea sonora del país en sus manos. Colocar lo marginal en el centro no fue un gesto vanal, sino de método: el ídolo popular explica tanto como el monumento, sólo que por una vía alternativa.

España todavía no acaba de decidir dónde colocar a Lola Flores, Julio Iglesias o a Rocío Jurado. Y tal vez no lo ha conseguido porque ha faltado la operación que integra la grandeza popular en un relato nacional compartido, la que convierte al ídolo en espejo, más allá del éxito.

España admira a sus figuras populares, las reconoce con premios, las parodia, las archiva en la televisión sentimental, pero rara vez las incorpora a su idea de un relato nacional con la eficacia con que lo ha hecho con sus pintores, sus escritores, sus poetas. Es de celebrar, por lo anterior, el libro reciente de Ignacio Peyró, *El español que enamoró al mundo*: un prosista mayor que se acerca a la cultura popular y, al narrar una vida de más impacto popular que aprobación de las élites, termina escribiendo medio siglo de vida social española, del tardofranquismo a hoy.

Eso es darle dimensión analítica a la emoción popular: no explicar al ídolo, sino leer a través de él al país que lo produjo. Es la excepción que empieza a corregir la regla, porque sin esa lectura la grandeza se queda en celebridad y tarda en volverse autoconocimiento.

Hoy México vuelve a gritar, eufórico y unido, y esas voces exigen volver a Monsiváis para recuperar un método: escuchar a la nación completa -sus discursos y sus coros, sus marchas y sus desaparecidos, sus héroes oficiales y sus ídolos populares- y aceptar que un país también se escribe cuando canta, cuando celebra, cuando llora, cuando abuchea y cuando se angustia.

En días de Mundial, otra vez, la emoción deja de ser teoría para volverse anécdota, crónica, conversación. En México, el futbol transforma una experiencia íntima en una pertenencia compartida: cada partido convoca una asamblea emocional; cada gol reúne una comunidad instantánea; cada victoria abre, por unas horas, un paréntesis de reconocimiento común.

Monsiváis lo entendió así en la crónica del Mundial de 1986, cuando el público del Azteca abucheó a la delegación soviética en su desfile -el repudio a una invasión vuelto, por un instante, grito de estadio: la delegación recibió, en palabras de Monsiváis, "un abucheo afgano"- y registró que las gradas son una caja de resonancia de la historia. Lo narró con la eficacia poética de quien había pasado la vida leyendo multitudes: sabía que cuando la tribuna abuchea, o grita un gol, no siempre está hablando de futbol; emite un juicio, nombra lo que le falta.

Carlos Monsiváis logró que la emoción del país se reconociera en sus letras. Hizo consciente a México de la grandeza de su cultura popular, supo trasladarla de lo marginal y colocarla en el centro.

Y por eso sigue siendo necesario leerlo: para seguir descifrando lo que sucede en la sociedad; para dejar de recurrir a su memoria como combustible de aviesos escándalos políticos; pero, sobre todo, para preservar su legado.

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Escrito en: Mhoni Vidente Signo del zodiaco Horóscopo Astrología

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