Un poeta: un humano demasiado humano
“Cuando, por un decreto de las potencias supremas/ el Poeta aparece en este mundo hastiado/ su madre espantada y llena de blasfemias/ crispa sus puños hacia Dios...” escribía Baudelaire sobre ser un poeta. Ser un artista (o pretender serlo) es para muchos una maldición que sobrepasa la vocación; es la horrible sentencia de la incomprensión.
La figura del poeta maldito ha permeado en el pensamiento a través de los siglos. La bohemia y el exceso ante el sufrimiento de la existencia es el modus vivendi de esta banda de sentimentales que buscan desesperadamente la autenticidad entre tanta porquería.
Esta vida, anhelada por muchos y repudiada por otros, es la que habita el protagonista de Un poeta, segundo largometraje del cineasta y profesor colombiano Simón Mesa Soto (Amparo, 2021), donde se aborda la faceta del artista que no separa el tormento de la creación.
Ganadora del premio Un Certain Regard en el Festival de Cine de Cannes —donde, por cierto, este año Latinoamérica brilla por su ausencia— y reconocida en Múnich, Toronto y más festivales, además de ser la candidata de Colombia para los premios Oscar y Goya, la película se estrenó en México vía streaming a través de HBO Max después de un gran paso por la taquilla colombiana.
EL POETA MALDITO
Oscar Restrepo (interpretado por Ubeimar Ríos) es un cincuentón que vive con su anciana madre, quien aún lo mantiene y le presta su coche. Se resiste a cualquier trabajo que ensucie su alma de artista atormentado y su pasatiempo favorito es alcoholizarse hasta amanecer en la banqueta. Sin trabajo y sin producción literaria posterior a su momento de gloria en los noventa, no parece ser más que un esposo fallido y un padre que da pena ajena.
Estructurada en cuatro partes: “Fracaso”, “Opus Magnum”, “El arte nos salvará” y “Un poema feliz”, la historia sigue a un personaje desolado víctima de sus propias decisiones.
Oscar vocifera que él “es un poeta”, cuando le piden que busque trabajo. Aferrado a la pureza artística, siempre vuelve a la inspiración perdida. Vive su decadencia como identidad, como prueba de que está vivo.
En algún punto de la cinta esta visión se expone de manera clara: su repudio a Gabriel García Márquez por el éxito que logró sin llegar a la maestría de José Asunción Silva, quien se quitara la vida a los treinta años y tuviera reconocimiento post mortem. La imagen de este poeta está pegada en la pared de la habitación del protagonista cual altar de adolescente.
El personaje está cargado de contradicciones, siendo la mayor de ellas el estar vivo sin saber vivir, demostrando su incapacidad de concebir un mundo al que nunca ha pertenecido. Esto se sintetiza en la imagen de Ubeimar Ríos, una apariencia que los estereotipos sociales relacionan con el fracaso. Poeta y profesor en la vida real, tiene una morfología peculiar. Su forma de vestir y de moverse dan vida a un Oscar patético, pero profundamente humano.
A duras penas su hermana le consigue un trabajo de profesor en una preparatoria, donde descubre a Yurlady (Rebeca Andrade), una chica de su clase, de origen precario, pero con un inmenso talento para la poesía. No obstante, sus aspiraciones son más mundanas en pro de la necesidad que vive en su hogar. Entonces Oscar la toma como protegida y la invita a presentarse en un concurso de escritura.
Dicen que los que no pueden crear, enseñan. Eso afecta al protagonista, pero lo motiva que su hija quizá necesite dinero para entrar a la universidad y, para comenzar a tenerla más cerca de él, le promete apoyarla económicamente.
Ser profesor es obviamente un trabajo digno, pero el rechazo de Oscar viene de la situación tan normalizada de que escritores, pintores, cineastas, etcétera, tengan que practicar esta profesión por falta de ingresos en su actividad creativa.
CHOQUE DE VISIONES ARTÍSTICAS
Esa poesía que escribe Yurlady en su cuaderno, lleno de dibujos, sobre la cotidianidad, inspira en Oscar un desvío en sus valores de poeta maldito. Las interacciones con su alumna lo hacen ver la vida más sencilla y bella; incluso abandona el vicio. Decide hacer las cosas de mejor manera, tomando iniciativa para que la joven entre al mundillo de la poesía y se encumbre en él.
Pero todo es una fachada de Mesa Soto. La cinta no cae en la simplona redención hollywoodense, sino que es un reflejo más natural de la dulce amargura de la vida real.
Para empezar, Yurlady no comparte el deseo de ese futuro artístico que su profesor le quiere inculcar. Se va con su amiga para evitar ir a los talleres de poesía, no responde con entusiasmo cuando le preguntan si quiere ir, prefiere ocuparse cuidando a sus sobrinos y haciendo mandados.
Y es que ambos tienen diferentes orígenes en su creación. Él quiere cargarse de un dolor que lo coloque dentro de la marginalidad artística para escribir desde las tripas. En cambio, la joven es una observadora sensible del mundo, que utiliza la poesía como un escape en ciertos momentos de tranquilidad. Para ella es un lugar de seguridad que Oscar quiere transformar.
Mesa Soto confronta dos arquetipos de artistas: el clásico poeta maldito y aquel que pertenece a las periferias y sólo crea cuando puede, que no pertenece a falsas pretensiones. Gente que crea desde la mayor autenticidad posible, dejando relucir todas las debilidades de los primeros.

SEÑALAR LA HIPOCRESÍA
Inspirado en su experiencia como creador, Mesa Soto habla sobre crisis artísticas, pero decide usar la poesía en lugar del cine porque es un hábitat repleto de personajes excéntricos y peculiares. Además, ayuda a recalcar la idea de un arte aparentemente anacrónico que a muy pocos les interesa (aunque quizá para allá vaya el cine).
Un recurso virtuoso que ocupa el director y guionista es el uso del humor seco. Colocar estos personajes incómodos y exagerados en situaciones realistas genera comedia. Por ejemplo, en cierto punto de la historia, por un cruce de circunstancias absurdas, Oscar se ve involucrado en un caso de abuso. Aquí comienza el humor más incorrecto de la obra, que no siempre funciona por cierta incapacidad del director para comprender el mundo actual. Tiene cierto aire de provocación, pero el tema se siente sesgado por el usual miedo de algunos individuos chapados a la antigua que ven el fenómeno de las falsas acusaciones con una mirada desproporcionada.
Aun así, la decisión de Mesa Soto de burlarse parejo muestra la hipocresía de las personas ante estos casos. Hay cierta valentía en cómo aborda, con su propia visión, esta problemática tan polémica.

LA APROBACIÓN EXTERNA
También existe una gran crítica a la industria cultural latinoamericana. Tanto Oscar como Yurlady son víctimas de precarización (en distinta medida), pero aquí se aprecian los colmillos del sistema que los mantiene ahí.
El personaje que encarna esta estructura socioeconómica es Efraín (Guillermo Cardona), poeta exitoso que ha sabido escalar en el medio como buen hombre de negocios. Cuando conoce a Yurlady, más que su poesía, le interesa su perfil, por lo que la invita a hablar de la pobreza y de sus conflictos diarios para que los patrocinadores europeos se sientan más “hermanados” con ella. Oscar se opone, pero, un poco intimidado, no termina de imponerse. Piensa que tal vez sea lo mejor para ella.
Sin embargo, durante la situación de abuso, salen a relucir los verdaderos valores de Efraín. No le importa la víctima; él sólo quiere salvar su pellejo, lo que deja entrever que este tipo de artistas que son voceros de la academia están más interesados en el poder que en la creación.
Un poeta exhibe la situación del artista en Latinoamérica, donde el acto de crear desde la autenticidad es en sí mismo contestatario, pues para vivir del arte es necesario repetir las mismas temáticas para obtener una ventana de exhibición y ser atractivo para los extranjeros; el típico agachismo de los artistas institucionales ante las pieles blancas.
La película también evita esta necesidad de complacer criterios y gustos foráneos. Prefiere reflejar el mundo cotidiano latinoamericano: calles desordenadas, programas televisivos absurdos, familias compartiendo espacios pequeños o conversaciones incómodas durante la comida, situaciones que nos son familiares a todos los que vivimos en esta región del planeta.
La fotografía de Juan Sarmiento muestra fragmentos de la vida misma, donde belleza y dolor se entrelazan y son indisociables. Planos fijos de flores muertas, de los rayos de sol, de una familia numerosa conviviendo en la misma cama. Dentro de la miseria de Oscar hay virtudes. “Usted será borrachito, pero es noble”, le dice su madre. Contradicciones puramente humanas.

LA NO-REDENCIÓN
En cierto momento de la historia, todos los intentos de Oscar se convierten en fracasos. Yurlady se aleja, la relación con su hija se pudre por completo, la redención no llega. Pero en la vida no hay soluciones definitivas ni fórmulas mágicas y, siendo más consciente de sí mismo, su resiliencia toma fuerza y hay un impulso de levantarse.
Vuelve a escribir, ya sin buscar aparentar nada, ya sin arraigo de ideas. Sólo escribe lo que siente. Intenta algo alegre como lo que hace Yurlady, pero aun así está cargado de melancolía. Aquí encuentra el camino del artista verdadero: ser fiel a sí mismo, marginado, pero auténtico, y con ganas de ser mejor.
Oscar comprende que su obsesión por ser un gran artista casi lo arrastra a la destrucción. Es entonces que su búsqueda de reconocimiento termina transformándose en una necesidad más íntima: reconciliarse con su propia existencia.
Ser artista no es sencillo. A pesar de los sentimientos de gente como Baudelaire y su concepción del artista maldito, hay que ver más allá. Figuras como David Lynch se han opuesto a la idea del genio torturado. Él ponía como ejemplo a Van Gogh, quien, según decía, sólo pintaba en los momentos en que no se sentía atormentado. Ubicando al arte como un lugar de refugio, Un poeta reivindica el pensamiento de Lynch y demuestra que la creatividad prospera sin necesidad de sufrimiento.
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