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Reportaje

Un silencio de cantera: La voz del doctor J. Wong Lim en la matanza de chinos de 1911

A casi 115 años de aquel suceso donde 303 inmigrantes chinos fueron asesinados por una turba durante la primera toma revolucionaria de Torreón, la voz de un héroe que sobrevivió emerge de documentos albergados en el Archivo Histórico Genaro Estrada.

Un silencio de cantera: La voz del doctor J. Wong Lim en la matanza de chinos de 1911

Un silencio de cantera: La voz del doctor J. Wong Lim en la matanza de chinos de 1911

SAÚL RODRÍGUEZ

Los rayos del sol caen sobre las lápidas del Panteón Municipal No. 1 y estas regresan la luz, como si la muerte tuviera algo que decirnos a los vivos. En el camposanto arrecia el calor con murmullos de viento seco. Entonces el historiador Carlos Castañón irrumpe en la quietud. Señala una tumba con letras chinas. “Es cantonés antiguo”. Se detiene frente a ella. Saca una bolsa de café molido. El polvo del grano comienza a caer sobre la última morada de un desventurado. Poco a poco emerge un nombre: Dr. J. Wong Lim. También la fecha de defunción: 3 de agosto de 1920. Y su edad: 65 años. ¿Quién fue este personaje? Un héroe, uno de origen chino, que salvó a un grupo de compatriotas en las calles de Torreón durante la matanza de 1911. 

Él estuvo allí, entre el 13 y el 15 de mayo de hace 115 años. Un médico con prestigio que no dudó en formar parte de las brigadas de la Cruz Roja después de que todo se saliera de control. En Torreón ya imperaba la xenofobia contra la próspera población china y varias son las versiones de la tragedia; algunas ficcionales, otras abrazan la verdad. En Entre el río Perla y el Nazas (1992), Juan Puig narra que el sábado 13 de mayo las tropas maderistas de La Laguna atacaron a los federales en el estruendo de la Revolución Mexicana, de un movimiento armado sin precedente, los maderistas sitiaron la ciudad en dos frentes: uno por el poniente, al entrar por el cañón de las Calabazas; otro por el oriente, al arribar por el rancho La Rosita y El Pajonal, donde se encontraban las huertas de los chinos. Los federales, comandados por el general Emiliano Lojero, resistieron hasta las tres de la mañana del lunes 15 de mayo de 1911, después desalojaron la plaza. Torreón se convirtió en un pueblo sin ley: liberaron a los presos de las cárceles, se abrieron las cavas y el licor se derramó como la sangre. 

Entre la turba maderista que tomaba la ciudad se había corrido el rumor de que los orientales conspiraban a favor del Porfirismo. Se pensó que ellos echaron bala contra los rebeldes, que actuaron como traidores. Entonces, el resentimiento asomó entre la pólvora y levantó un terregal de odio que tragó inocentes sin mediar palabra. 

La cifra oficial registra 303 chinos asesinados durante esos tres días de caos en Torreón. Como si se tratase de bultos, 205 de los cuerpos se llevaron en carromatos hacia una fosa común, cavada a las afueras del Panteón Municipal No. 1; ni siquiera se les dio el derecho de descansar en el camposanto. Hoy esa fosa es una carretera. Otros cadáveres terminaron regados al oriente, en la zona conocida como El Pajonal, y se abrió una nueva fosa en los terrenos del Hospital Civil (hoy Hospital Universitario), donde se sepultó a 21 chinos. De los 77 cuerpos restantes se desconoce el paradero, pero la cifra hubiera sido más grande si personas como el doctor Lim no hubieran intervenido. Él mismo fue arrestado por los rebeldes. Vio la muerte cerca. 

El mediodía transcurre sin un alma en el panteón. Es el 1 de mayo de 2025, día inhábil. Hacia el sur el Cerro de la Cruz y las casas que emergen de sus laderas. Carlos Castañón se cubre con el sombrero de fieltro. Frota la lápida con sus manos, como si intentara saludar a un viejo amigo. “Ya ni le pedí permiso al doctor Lim, pero aquí estamos limpiando su tumba”. Esa tumba es un silencio de cantera y, a veces, la historia un padecimiento de injusticia. La memoria desaparece si no se le llama, al igual que la cruz que originalmente coronaba al pilar de la sepultura. 

Según indica Castañón en su libro 303. La matanza de chinos en Torreón (2021), el doctor Lim era originario de Tun Haom, distrito de Taishan, en Cantón, China. Fue un hombre de fe cristiana-protestante, letrado y preparado que cursó estudios en la Escuela Inglesa de Medicina en Hong Kong, se especializó en Londres y avaló estudios en California. Llegó a San Francisco, en Estados Unidos, a finales del siglo XIX, y trató con Sun Yat-Sen (líder revolucionario chino). Luego se trasladó a Torreón. Se nacionalizó mexicano en 1899 y en esta emergente ciudad, que prometía un futuro alentador en medio del desierto, fue accionista de la Compañía Bancaria y de Tranvías Wah Yick. Un anuncio en el Directorio comercial-industrial de Torreón 1905-1906 ubica su consultorio en el Apartado 48 de la avenida Matamoros y calle Cepeda. También fue propietario de un rancho en San Isidro y construyó su casa de descanso a las afueras de la ciudad. Hoy ese inmueble, irónicamente, es el Museo de la Revolución.

—¿Y has contactado con sus descendientes? 

—No, no los ubico. Pero he tratado de ubicar su ficha en el Archivo General de la Nación. Necesito buscarla con más calma. No la encontré así directamente. Aquí en Torreón no está. 

Lo que dice Castañón es cierto, el testimonio del doctor Lim no se encuentra en la ciudad. No es posible leerlo en el Archivo Municipal ni en la Casa de la Cultura Jurídica, donde en hojas casi deshechas se preservan algunas declaraciones de testigos de la matanza. Su testimonio está resguardado en documentos del Archivo Histórico Diplomático Genaro Estrada, perteneciente a la Secretaría de Relaciones Exteriores, en la capital del país. Hasta allá fue Castañón en busca del expediente, dispuesto a ponerse guantes y cubrebocas para desempolvar palabras. “En la vida, ¿cuántas veces / nos conmueve lo pasado?”, versa un poema de Liu Yuxi, poeta de la dinastía Tang. Sólo los vivos pueden hacer hablar a los muertos. 

—¿Recuerdas qué sentiste cuando leíste por primera vez el testimonio del doctor Lim? 

—Indignación. Me pareció increíble que a todas luces se estuviera cometiendo una injusticia. 

La decimonónica migración china a México tiene su justificación. En el lejano oriente, la Dinastía Qing se tambaleaba. China había enfrentado las Guerras del Opio (1840 y 1860) contra Inglaterra y Francia, sofocado la Rebelión Taiping (1850-1864) —encabezada por el cristiano protestante Hong Xiuquan—, probado la hiel de la Guerra Sinojaponesa (1894-1895) —tras la cual tuvo que ceder el territorio de Taiwán a Japón— y soportado la Rebelión de los Bóxers (1899-1901). La hambruna generada por estos conflictos afectó a varias regiones, entre ellas Cantón, el principal puerto comercial con Occidente. Además, entre 1848 y 1849, brotó la llamada “fiebre del oro” en California, Estados Unidos. Miles de cantoneses vieron entonces la oportunidad de embarcarse en las aguas del Pacífico y escapar de aquella realidad mal narrada.

En 1899, México y China firmaron el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación, para fomentar la inmigración china e impulsar el desarrollo económico del Porfiriato. En ese contexto apareció Torreón, entonces una villa que abría sus brazos a residentes de distintas nacionalidades. Los chinos que se establecieron en la Laguna comenzaron a prosperar e instalaron lavanderías, restaurantes, tiendas de ropa, almacenes, campos para cultivar hortalizas e incluso una compañía de tranvías y un banco. 

El doctor J. Wong Lim fue uno de los visionarios chinos que intentaron progresar en Torreón. Otros nombres importantes fueron Wong Foon Chuck (administrador de la Compañía Bancaria y de Tranvías Wah Yick) y Woo Lampo (gerente de Wah Yick). La pacífica y próspera colonia china en la ciudad rondaba los 600 integrantes, hombres en su gran mayoría. El sueño cantonés fue un vibrante apogeo a las orillas del río Nazas, hasta que las balas zumbaron, hasta que la crueldad xenófoba silenció a una minoría. 

NARRACIÓN ENTRE FOJAS 

El lugar donde se encuentra el Archivo Histórico Genaro Estrada es similar a un búnker; hay que bajar al subterráneo del edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores, en Ciudad de México. La sala es fría, oscura, mal iluminada y silenciosa, parecida a un anfiteatro. Las mesas son como planchas donde quien consulta debe extender los archivos que contienen las voces de los muertos. Hasta aquí llegaron otros historiadores y escritores que han estudiado el caso: Juan Puig, Carlos Castañón, Julián Herbert, Silvia Castro, Rodolfo Esparza, etcétera. 

El expediente de la matanza de los chinos en Torreón es una montaña de archivos contenidos en cinco tomos. Hay que revisar foja por foja, con detenimiento. La voz del doctor Lim se encuentra en el Tomo II, donde se incluyen otros testimoniales como el de George C. Carothers (cónsul de Estados Unidos), H. A. Cunard Cummins (vicecónsul británico), Federico Wulff (ingeniero nacido en San Antonio, Texas, y de ascendencia alemana) y Eric Notholt (cónsul belga). 

Tres fueron las investigaciones sobre la matanza, realizadas de manera consecutiva, no simultáneas. Una la llevó a cabo el Juzgado Militar del Ejército Republicano Reeleccionista, a través del inexperto Juez Macrino J. Martínez. Otra fue encargada por el Gobierno de México a través del abogado Antonio Ramos Pedrueza. Y la tercera corresponde a la solicitada por el Imperio Chino a través de la firma estadounidense Wilfley y Bassett, y realizado por Owyang King y Arthur Bassett. 

La primera aparición de Lim es una aclaración que el médico realizó el 9 de agosto de 1911 ante el informe alterado de Macrino J. Martínez, quien sin escrúpulos falsificó su testimonio en una declaración supuestamente rendida el 17 de mayo de 1911. Entre otras cosas, Lim denuncia que él no declaró ante Martínez y que jamás vio a sus compatriotas disparar a los federales. Luego narra cómo ocurrieron los hechos realmente.

El sábado 13 de mayo de 1911, el doctor J. Wong Lim, quien se había ofrecido para unirse a la Cruz Roja durante la primera toma de Torreón, prestó sus servicios junto a otros médicos en el sanatorio del doctor J. Salomé Garza, en el número 99 de la avenida Matamoros. Durante ese día y el domingo siguiente, atendió a lesionados de los combates: curó heridas, detuvo sangrados, suturó el dolor ajeno y escuchó quejidos, tal vez de federales, tal vez de maderistas. 

A la seis de la mañana del lunes 15 de mayo, el doctor Lim, con la banda de la Cruz Roja en su brazo izquierdo y vestido con su gabardina, se dispuso a continuar con su empresa. La lluvia de la noche anterior había enlodado las calles. El médico llegó al sanatorio de su colega, el doctor Garza, pero lo encontró cerrado. Entonces se dirigió al sanatorio del doctor José María Rodríguez, en la avenida Matamoros y calle Juan Antonio de la Fuente. Allí atendió heridos hasta las once y media de la mañana. Al terminar, salió del edificio y presenció en primera fila el caos de la Revolución. En esa confusión de pólvora decidió caminar, apelar a su profesión, por si encontraba más lesionados. Por el negocio del señor Julián Lack —donde hoy se encuentra Soriana Centro—, vio a un grupo de rebeldes a caballo haciendo escándalo y tirando balazos al aire. 

Pasaron veinte minutos. El doctor Lim seguía en las anchas calles empedradas, donde resonaban los cascos de los equinos. Vio venir a la gente: los maderistas y la plebe entregados al desorden del momento. Cargaban montones de ropa y abarrotes. ¿De dónde sacaron tanta mercancía? ¿Acaso la robaron? El médico quiso sacudirse la duda, paró y preguntó a uno de ellos, pero la respuesta del tipo lo cimbró: “La ropa me la dio un maderista, de una tienda de chinos”. 

Ante el doctor Lim se detuvo un coche. El conductor trabajaba en la Cruz Roja. Ese individuo le describió el horror: en la calle yacían muchos chinos muertos y otros más heridos. Lejos de quebrarse, el doctor decidió honrar su profesión: “Llévame a recoger a los heridos”. Entonces llevaron dos camillas montadas en el coche. Torreón se había convertido en una morgue a cielo abierto, cubierta de sangre y lodo. La imagen que a continuación comparte el doctor Lim cimbra el alma: 

“Habiendo llegado a la esquina de la Plaza de Armas, frente al Banco Chino, vi muchos de estos, muertos tirados en la banqueta y en la calle”. 

El viejo documento que alberga el testimonio del doctor Lim incita a imaginar los sonidos del ambiente: el alboroto de la multitud, los gritos, las quejas de los heridos, el reniego de los rifles, el zumbar de los balazos, los cascos y el relinchar de los caballos sobre los que los maderistas advirtieron los ojos rasgados del doctor. “¡Mátenlo! ¡Mátenlo!”. Al ver venir a los jinetes, el conductor del coche se bajó y emprendió la huida. El doctor Lim se vio vulnerable. “Comenzaron a decirme que me apeara del coche para matarme”. Lo asediaron. Lo siguieron hasta la esquina del Hotel Central, en la avenida Juárez y calle Cepeda. Le apuntaron con las armas; poco importó que llevara la insignia de la Cruz Roja. No obstante, algunos maderistas fueron prudentes y lo defendieron. Fue cuando otro rebelde llegó y excusándose lo llevó con Agustín Castro, uno de los cabecillas, quien a su vez lo envió prisionero a Gómez Palacio para que se hiciera la averiguación. 

¿Averiguación? ¿Cuál fue el delito del doctor Lim? ¿Ejercer su profesión? ¿Atender a los heridos de Torreón sin importar su bando o nacionalidad? Por más que el médico le manifestó a Agustín Castro que formaba parte de una cuadrilla de la Cruz Roja, el revolucionario hizo caso omiso. Lim era chino y se decía que los chinos habían atacado a los rebeldes; debía obedecer la orden. En ese momento arribaron otros maderistas, llevaban prisioneros a once chinos más. El doctor fue conducido con ellos. Caminaron por las calles de Torreón rumbo a Gómez Palacio y recibieron los insultos de un pueblo que los amedrentó. 

Días antes, el 5 de mayo de 1911, Jesús Flores, un albañil convertido en líder maderista, había pronunciado un discurso antichino en la Plaza de Armas de Gómez Palacio. El momento es relatado por H. A. Cunard Cummins, vicecónsul británico, en su declaración registrada el 14 de agosto de ese año, y también en un reportaje del periódico local Diógenes redactado por el periodista Delfino Ríos. Flores indicó que “los chinos no hacían ningún bien al país”, y que quitaban el trabajo y las mujeres. Además, el albañil remató con que, en Estados Unidos, los chinos habían sido declarados ciudadanos no deseados y se habían dado los pasos necesarios para evitar que entraran a ese país. 

En su declaración, el vicecónsul Cummins opina que, a pesar de sus cruentas palabras, Jesús Flores no tenía la intención de provocar a la población contra la comunidad china, pero que sin embargo era consciente de que tocaba un tema sensible. Un año atrás, durante las fiestas en Torreón por el centenario de la Independencia, en septiembre de 1910, ya había ocurrido un saqueo por parte de pobladores torreonenses a los negocios chinos de la ciudad. 

Lim debió recordar estos episodios en su camino a Gómez Palacio cuando de repente, otro jinete maderista alcanzó al contingente y dio aviso de que, por órdenes superiores, debía respetarse al doctor Lim como miembro de la Cruz Roja. Los rebeldes asintieron, mandaron traer un coche y despacharon al médico de regreso a Torreón. En ese confuso retorno, el doctor se encontró con varias amistades. Le advirtieron que la ciudad no era segura para él: debía regresar a Gómez Palacio y refugiarse. Así lo hizo y permaneció hasta el día siguiente en el Hospital de la Cruz Roja, al otro lado del río Nazas.  

El martes 16 de mayo de 1911, el sol salió enrojecido. El doctor Lim tuvo la oportunidad de huir, escapar de la región o esconderse en la casa de alguna de sus amistades de la alta sociedad lagunera. Pero en lugar de eso, a las tres de la tarde, se entrevistó con el jefe insurgente Juan Ramírez en el cuartel de Gómez Palacio. Le suplicó que liberara a los once chinos con los que el día anterior había sido detenido. El rebelde le respondió que seis de ellos estaban acusados de tomar las armas. Los llamó. Los chinos negaron tal hecho. Ramírez los devolvió a la prisión. Luego le ordenó a Lim que hablara con ellos para que confesaran, sólo así no les haría daño. 

Lim sabía que el destino de sus compatriotas estaba en sus manos y con su natal cantonés les preguntó ansioso si realmente habían tomado las armas contra los maderistas. Un gesto de espanto se dibujaba en los rostros de los chinos mientras seguían negando tal acusación. Lloraban. Le pedían al doctor que los salvara de aquel maltrato injusto. Lim, conmovido, regresó con Ramírez y cuando lo tuvo de frente le cuestionó: “¿Y quién dice que estos chinos hicieron fuego contra las fuerzas maderistas?”. 

El jefe rebelde le respondió que un individuo (el doctor Lim olvidó el nombre), había denunciado la agresión. Lo mandó traer. Al tipo se le preguntó quiénes de los chinos eran los que habían hecho fuego, pero este dijo que no podía responder porque no los conocía, que él sólo escuchó un rumor y decidió creerlo. A Ramírez no le quedó de otra que liberar a los chinos bajo fianza (no se especifica la cantidad) en custodia del doctor Lim, a quien hizo escribir y firmar un documento donde lo comprometía a presentar a sus compatriotas cuando se hicieran las averiguaciones. 

Lim continuó abogando por los suyos y el 17 de mayo se entrevistó con Emilio Madero, la máxima autoridad de los rebeldes. Le pidió garantías para la colonia china que sobrevivió a la matanza. El revolucionario le juró que así sería, pero a pesar de eso, Lim asegura en su declaración que se siguieron cometiendo abusos y que era incapaz de transcribir la desolación y el dolor de sus compatriotas. 

“Una vez que recorrí todas las casas, comercios, casas de campo y en general todas las residencias chinas, con verdadero dolor, dolor que no puede transcribirse a la pluma, encontré una verdadera desolación en mis compatriotas, y los que encontraron vivos, por orden de [Emilio] Madero, los que nos acompañaban, los conducían presos a uno de los cuarteles, llegando a reunir un número considerable; y después de tenerlos tres días encerrados sin comer y sin beber, los pusieron libres”. 

TUMBAS DESDE EL ARTE 

Hay edificios que también son fantasmas. Son las cinco de la madrugada del jueves 15 de mayo de 2025, aniversario 114 de la matanza de chinos. El fotógrafo Jesús Flores —curiosamente tiene el mismo nombre del albañil que pronunció el discurso de odio contra los chinos en Gómez Palacio— se ha instalado en la esquina de la avenida Hidalgo y la calle Cepeda. Conecta su proyector y dispara la luz contra la fachada de una zapatería; las viejas crónicas indican que, en lugar de ese inmueble moderno de insípida arquitectura, se ubicaba una de las sedes de la Compañía Wah Yick y la tienda de ropa El Puerto de Shanghái. El artista realiza un ejercicio de memoria, correspondiente a su proyecto Torreón al alba, el cual ha sido beneficiado por el Sistema de Apoyos a la Creación de Proyectos Culturales del Gobierno de México. 

Sobre el edificio de cristal, que por azares del destino alberga hoy a otra tienda china y una zapatería, se proyecta una antigua fotografía del Puente Negro, el viaducto por donde todavía pasa el tren sobre el río Nazas. Jesús Flores la deja ahí, palpitando lumínica, en lo que amanece y la ciudad despierta. 

Según la investigación de Antonio Ramos Pedrueza, en este lugar, que también albergaba al club de la Asociación Reformista del Imperio Chino, la turba asesinó a 19 chinos que se habían escondido en una habitación. Wong Chu Fui, un sobreviviente de ese episodio, declaró más tarde que los maderistas lo despojaron de 145 pesos en bienes materiales como ropa, una maleta americana, una navaja de barba y un reloj de cadena. 

Jesús Flores se acerca al fantasma del edificio Wah Yick y coloca tres veladoras, porque siente que aquello es un portal para las víctimas. Luego se fuma un cigarrillo y toma registros fotográficos, mientras el sonido del ferrocarril irrumpe a lo lejos. Asegura que se pasó horas leyendo los testimonios almacenados en la Casa de la Cultura Jurídica, la cual se encuentra a un costado del Museo de la Revolución. 

—Es como cuando precisamente te avientas a una tumba. 

La localización de la Compañía Wah Yick se la atribuye a un artículo de la historiadora Silvia Castro, publicado en 2015 en El Siglo de Torreón y titulado Sobre la ubicación del Banco Chino. La imagen que acompaña al texto pertenece a la colección de la autora y muestra un edificio de cantera de dos pisos, con la tienda de ropa de El Puerto de Shanghái en la planta baja. Cabe recordar que el doctor J. Wong Lim era uno de los accionistas de la Compañía Wah Yick; Jesús Flores se conmueve con su historia, la leyó en un libro: La casa del dolor ajeno, de Julián Herbert. 

—Eso es lo conmovedor de un personaje como él, es la fortaleza de estar en medio del desvergue y ¿de dónde sacas fuerzas? Y aparte ver cómo abusan de su gente. Y fue algo tan rápido, como pasan las tragedias. 

La madrugada casi llega a su fin. Jesús Flores toma su teléfono celular, busca la imagen del edificio de la Compañía Wah Yick en internet, la encuentra, trata de explicarla. 

—Esta foto es de esos días, porque ya estaba “tapado”. Taparon lo de abajo. Este es El Puerto de Shanghái; esta otra parte, la fábrica de ropa. Y arriba eran los cuartos de la Asociación Reformista China y del tranvía Wah Yick. Arriba tiene los cristalazos. 

En el proyecto de Jesús Flores —inspirado por el texto de “Las tres transformaciones”, del filósofo Friedrich Nietzsche, incluido en Así habló Zaratustra; y en el bíblico Libro de las lamentaciones—, muestra a un Torreón adicto al cristal que, desesperanzado y solitario, camina desde la Plaza de Armas hasta las vías del ferrocarril en el sector Alianza, donde en 1911 se ubicaba la antigua estación de trenes, con la intención de huir en el primer vagón que arribe. 

Flores apunta en la descripción de su obra: “Torreón fue un muchacho precoz y pernicioso marcado en 1911. Apenas elevado a ciudad, se convirtió en cómplice de un crimen aún impune. Torreón enloqueció un 15 de mayo de 1911. Desde ese día jamás volvió a dormir, cambiando su rostro de manera radical. Torreón tiene la fealdad de alguien que ha vivido muy aprisa: la cara de un hombre golpeado y prematuramente envejecido que aún no se arrepiente de lo que hizo”. 

El cielo empieza a clarear, las aves trinan. Un chanate aterriza solitario sobre el concreto hidráulico de la avenida Hidalgo, mientras el viento mueve las llamas de las veladoras. 

—Es como si ahorita salieran los fantasmas, ¿no crees? 

—Sí, bato, es que el mundo de los muertos es más grande que el de los vivos. 

—Y como artista, ¿qué te genera la matanza de los chinos? 

—A mí lo que me sorprende es la capacidad que tenemos de evadir colectivamente las situaciones, porque es un silencio colectivo. El parte policiaco arroja eso: fue la gente de Torreón. 

Al igual que Flores, otro artista lagunero que ha trabajado con los archivos de la matanza de chinos de 1911 es Iván Losa, quien a partir de testimonios de historiadores como Carlos Castañón, Silvia Castro, Jesús G. Sotomayor y Rodolfo Esparza, así como del escritor Julián Herbert y don Antonio Lee Soriano (hijo de Juan Lee, un sobreviviente de la matanza), y reconstruyendo testimonios de las víctimas a través de la inteligencia artificial, creó una pieza de teatro documental titulada -303. Relatos de una comunidad ausente, en la cual baña con luz cenital a la memoria: “Que se hable del tema, como sea, pero que se hable”. 

EL MUSEO DE LA REVOLUCIÓN 

El doctor J. Wong Lim reportó daños a dos de sus propiedades: el rancho de la Tijera ubicado en San Isidro —entre los canales de riego de La Concepción (hoy bulevar Independencia) y El Coyote (hoy bulevar Constitución)—, y su quinta ubicada al oriente de la ciudad, en el área de hortalizas conocida como El Pajonal, inmueble que hoy alberga al Museo de la Revolución. 

Según la investigación y luego de un inventario minucioso, las pérdidas materiales de Lim ascendieron a casi 18 mil pesos. Pero ningún agravio le dolió tanto al doctor como el asesinato de sus compatriotas y el ultraje a su familia. 

Una vez que todos los chinos prisioneros fueron liberados y puestos a salvo en Torreón, Lim indica en su declaración que se dirigió a su quinta en El Pajonal. Allí vivía su hermana (de quien no revela el nombre), su cuñado Ten Yen Tea y sus tres sobrinos (una adolescente de 14 años y dos varones pequeños). El sitio fue saqueado, era un desastre: la casona quedó con las puertas y ventanas destruidas, se robaron muebles, ropa, dinero, herramientas de trabajo. Y al no encontrar a su hermana ni a su familia, Lim sintió que se le estrujaba el alma de la desesperación. 

Por fortuna, la hermana del doctor Lim había huido con sus hijos hacia la casa de un vecino estadounidense de apellido Hampton. La mujer tenía el rostro empapado por el miedo. El médico narra ese encuentro que raya entre el alivio y la indignación: 

“Y habiéndola interrogado, me manifestó con lágrimas en los ojos que habiendo llegado a la quinta en la mañana del día 15 de mayo un grupo como de 50 hombres y después de vejarla de una manera horrible, intentaron matarla con su familia, llegando hasta el cinismo de apuntar con sus armas a su hija grande exigiéndole que dijera que se casaba con ellos; y después de haber sido arrojada de la quinta con sus hijos, comenzó la destrucción y el robo, logrando mi hermana salvarse en la casa del americano que dejo citado”. 

El Museo de la Revolución, albergado en la antigua casa de descanso del doctor Lim, fue inaugurado en 2007, en el marco del centenario de Torreón, y pertenece a la red estatal de museos de la Secretaría de Cultura de Coahuila. Según información proporcionada por la maestra Irma Hortensia Espinosa, su actual directora, el terreno data de 1905 y la construcción del edificio de estilo ecléctico, de ladrillos rojos, tejados verdes de madera y un base de piedra extraída de la sierra de las Noas, concluyó entre 1910 y 1911. 

—Él nunca vivió aquí (el doctor Lim). Esta era su casa de descanso. Él vivió en Torreón. 

Una ficha en la entrada complementa la información proporcionada por la directora. En ella se indica que el inmueble fue hogar y centro de labores agrícolas del doctor J. Wong Lim. Después pasó a la Compañía Explotadora de Bienes Raíces, S. A. Posteriormente, según testimonios registrados, fungió como prostíbulo. A finales de la década de los años treinta del siglo XX, nuevamente se convirtió en casa habitación. La propiedad pasó a manos de la familia Berlanga y de ahí al reconocido empresario y filántropo Ramón Iriarte Maisterrena, quien la donó al Gobierno de Coahuila para que Torreón celebrara sus primeros cien años como ciudad. 

Hoy el recinto es un portal hacia el pasado revolucionario de la región. Con una museografía diseñada por la maestra e historiadora Silvia Castro, su primera directora, cuenta con cuatro salas de exposiciones permanentes y una de exposiciones temporales. Entre sus bienes más valiosos destacan objetos y documentos históricos como un sombrero que perteneció a Francisco Villa. 

Aunque en la primera sala se habla brevemente sobre la toma maderista y la matanza de chinos de 1911, no hay más información que muestre el estilo de vida que solía tener el doctor Lim, sus intereses, sus aficiones ni lo que sucedió con él tras la matanza. Ante tal ausencia, para encontrar el resto de su historia, se deberá intentar en otra parte, tal vez buscando de nuevo entre los muertos. 

SÓLO SÉ QUE ERA UN DOCTOR 

Andar entre las tumbas es algo más que familiar para Higinio García Orozco, quien desde hace veinte años se desempeña como sepulturero en el Panteón Municipal No. 1. Higinio heredó el oficio de su padre, y este a su vez de su abuelo. Por eso entiende el lenguaje del camposanto; a veces convive más con los muertos que con los vivos. Ha cavado fosas, instalado y retirado lápidas, guardado respeto ante el dolor ajeno, inhumado a cientos y exhumado a tantos más. 

El enterrador hace gestos por el sol que le cae en la cara. El suelo está húmedo porque, como aquel 15 de mayo de 1911, llovió la noche anterior. Se siente el vapor que sale de la tierra, como si fuesen espíritus elevándose al cielo. Higinio llega hasta la tumba del doctor Lim, que según los libros del panteón, albergados en el Archivo Municipal de Torreón, tiene medidas de uno por dos metros, el número de registro 857, el título 1449 y a un tal E. Jumpe como propietario. 

—Lo único que sé es que era doctor— dice Higinio antes de detenerse frente a la lápida—. Sí, mire, era doctor. 

Mientras se escucha el arrullo de las palomas, el trinar de otras aves en los pinabetes y el paso del ferrocarril, Higinio gira hacia el oriente y señala dos tumbas de granito contiguas a la del médico chino. Son cenotafios que pertenecen a una misma familia: los Wong. 

—¿Son familiares? 

—Sí, son familiares. Hace tiempo se llevaron ya los restos de aquí. Hicieron todos los trámites reglamentarios y quien los hizo me platicó de esta tumba, que era un doctor muy conocido. Pero a este no se lo han llevado; a lo mejor luego se lo van a llevar también. 

El sepulturero confirma que los restos del doctor J. Wong Lim aún yacen en el lugar. Asegura que, pese a lo que pudiera pensarse, todavía hay quien visita su tumba. Dice que el monumento le genera la sensación de estar ante una obra artística, que ese tipo de trabajo ya no se hace. Destaca su lápida de cantera, la inscripción en letras chinas, la herrería con que se forjó el pequeño barandal que la encierra. 

—¿Sabe por qué usaban cantera en ese entonces? 

—Pues porque todavía no tenían el granito ni el cemento blanco. Inclusive, si se fija, en la herrería hay unos tipo remaches, porque todavía no se usaba la soldadura. Por eso son ese tipo de lápidas. 

—Y tenía una cruz arriba, ¿no? 

—Sí, tenía una. Decían las gentes como mi papá que tenía una cruz con un ancla…. pero con el tiempo se ha de haber perdido, se ha de haber quebrado y a veces sale todo al escombro. 

—¿No cree que se la robaron? 

—No, se ha de haber tronado. 

Según la tradición cristiana, el ancla representa la esperanza en Cristo y su uso funerario puede tener origen en el martirio de San Clemente, líder desterrado de la iglesia romana, a quien, alrededor del año 99 d. C., el emperador Trajano mandó atar un ancla de hierro para que muriese ahogado en el mar Negro. El simbolismo sagrado del ancla también aparece en Hebreos 6:19, cuando se habla de la fe: “Con esa esperanza nos afianzamos como un ancla del alma”. La realidad es que la tumba de Lim sí tenía una cruz, pero no un ancla, según confirma una fotografía compartida por Carlos Castañón. 

—No sé si murió por la causa natural de la pandemia… de la pandemia que hubo por aquellos años, en 1918.

Higinio ignora que el doctor no murió a causa de la influenza española, sino por carbunco. Tampoco está al tanto del papel heroico que este tuvo durante la matanza de chinos de 1911. Se sorprende al escuchar la historia; le guarda un profundo respeto a los muertos. Entonces habla de la fosa donde sepultaron a 205 chinos, víctimas de la masacre, y que según una placa colocada en 2021 (en el marco del perdón histórico que México ofreció a China) se ubica a las afueras del panteón. En su imaginario, los chinos fueron fusilados en algún lugar cercano y el estruendo de los disparos debió resonar en las piedras del Cerro de la Cruz. 

—¿Y no se le han aparecido sus fantasmas? 

—Aquí de este lado no… había uno que daba las características, tenía todas las características de que fuera chino: decían que estaba chiquitito, que tenía la carita así [se rasga los ojos], más o menos. Lo vieron tres personas diferentes en el mismo lugar, casi a la misma hora. 

—Pero por aquí no, ¿verdad? 

—No, fue un poco más adelantito. 

UN POEMA COBRA VIDA 

Mengwei Su, director del Centro Cultural Hanyu, una escuela de estudios chinos en Torreón, intenta traducir al español la inscripción de la tumba del doctor Lim a través de una fotografía. “Esa persona es un médico, es un doctor”, afirma luego de un primer vistazo. Dice que el mensaje en las dos columnas centrales del pilar es un poema que consta de 20 palabras. Empieza a leer por la columna de la izquierda, de arriba hacia abajo. 

Las dos primeras palabras (老成) tienen que ver con la madurez. “Es una manera de decir que tiene mucha experiencia de la vida”. Las dos siguientes (凋 谢) construyen una bella metáfora referente al marchitamiento de las flores y la cual se relaciona con un fallecimiento. Luego (逆贼) aparece la frase “a cualquier enemigo” y Mengwei Su explica el contexto bélico en el que China estuvo sumergida durante la segunda mitad del siglo XIX: las Guerras del Opio, la Primera Guerra Sinojaponesa, etcétera. Las últimas cuatro palabras (谁灭其威) versan algo así como: “¿Quién puede salvar a los pueblos chinos y expulsar a los malos extranjeros?”. 

Mengwei Su lee la segunda columna. Expresa que allí se encuentra el nombre completo del difunto “Huang” (cuya occidentalización es “Wong”) y el artículo “compañero” o “camarada” (黄日初). Luego viene “Señor”. Y finaliza: “es un poema para alguien que ha fallecido”. Además, en el pilar también está inscrito su lugar de nacimiento: Taishan, en la provincia china de Cantón, y la dedicatoria del Kuomintang (Partido Nacionalista Chino). 

Pero, ¿cuál es su significado en conjunto? Mengwei Su se disculpa; es complicado trasladar literalmente al español este poema chino: “Usted puede organizar mejor un poema de esas voces. Lo que yo puedo explicar es la superficie de las palabras”. 

El profesor Sun Xintang, reconocido traductor de autores hispanoamericanos al chino y exdirector del Instituto Confucio de la UNAM, ha explicado en varias entrevistas lo complicado que es trasladar las imágenes poéticas del chino al español. Con la información proporcionada por el maestro Mengwei Su y una fotografía del pilar de la lápida, la inteligencia artificial realiza una aproximación al poema en la tumba del doctor Lim: 

“El hombre maduro se marchita; / ¿quién logrará extinguir el poder del traidor?/ La nación, enferma, pende del abismo; / y el buen médico muere, irónicamente, de su propia enfermedad”. 

Tal como lo escribe Cristina Rivera Garza en su discurso de ingreso a El Colegio Nacional de 2023, el pasado nunca se va del todo; el presente se construye a partir del ayer y el futuro afrontará las consecuencias de las decisiones tomadas. Por unos instantes, el poema en la tumba del doctor Lim intenta recobrar sus imágenes y mostrar dignidad en medio del vandalismo que ha sufrido el cementerio. Pero, tal como un pasaje rulfiano, se trata tan sólo de un suspiro, de un sorbo de vida del que la historia se deshace. 

ETERNO EPITAFIO 

Es Día de Muertos. Han pasado seis meses desde que Carlos Castañón coloreó con café molido las inscripciones en la tumba del doctor Lim. Otra vez el sol y su crueldad de otoño. Se intensifica el bullicio de los vendedores, el olor a comida humeante. Por allí pasan los vivos. Entran al Panteón Municipal No. 1 en busca de los suyos. Se cubren con sombrillas bajo el colorido papel picado que adorna la entrada. Aprietan contra sí los ramos de cempasúchil, los velos de novia, las manos de león, los claveles y crisantemos. Cargan tinas con trapos, cepillos y escobas. Van a limpiar las lápidas, van a pintar con flores aquellas ausencias todavía presentes. 

A lo lejos, la música, el “Amor eterno”, el recuerdo hecho llanto. Al ambiente se adhiere el rumor de una misa impartida bajo un toldo. La tumba del doctor Lim es un silencio de cantera que ve pasar al gentío. Está allí, sola, con el poema empolvado en sus signos cantoneses, sin una sola flor que la adorne ni un reguero de agua que le lave la indiferencia, esperando que alguien llegue y lea el mensaje de sus versos. Tal vez así, ese agudo dolor que el médico fue incapaz de transcribir en su testimonio, por fin se cure.

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Escrito en: Saúl Rodríguez matanza de Chinos J. Wong Lim

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