Fuera del Mundial y las guerras, la noticia que más ha corrido por estos días tiene que ver con un hombre muy rico que -literal- de la noche a la mañana se volvió aún más rico: Elon Musk. Así está el mundo en los tiempos de la transición hegemónica global. La atención pública se divide entre partidos de fútbol, bombardeos y el bolsillo de los multimillnarios. El crecimiento de la riqueza del sudafricano-estadounidense se debe a la salida a bolsa de su empresa aeroespacial SpaceX, considerada como "la mayor oferta pública inicial de la historia". No es una sorpresa. Desde hace meses se viene masticando la narrativa. Lo relevante no está en el hecho en sí -un hombre blanco rico siendo más rico-, sino en el cómo ocurrió y por qué. Ahí está el punto fino. Lo demás es la típica fascinación y el morbo clásico por los que ocupan el 0.1 % de la pirámide.
Si algo sabe hacer el hijo de un rico concesionario de minas de esmeraldas es vender expectativas. Y buena parte del éxito de la salida a bolsa de SpaceX tiene que ver justamente con eso. Musk ha alimentado la narrativa de la posibilidad de viajar a Marte para colonizarlo con la intención de que se convierta en una alternativa a la vida en un planeta Tierra que se deteriora como efecto del sistema de producción y consumo vigente. Básicamente, lo que el señor Musk nos dice es que, en un futuro no muy lejano, será más viable vivir en el planeta rojo que en el planeta azul, debido a que las condiciones climáticas y el agotamiento de los recursos harán insufrible la vida humana terrestre. O sea que el billonario quiere que creamos que un astro inhóspito terraformado será mejor para vivir que la propia Tierra. Veamos.
Más allá de las películas y series de ciencia ficción que plantean la posibilidad de una vida humana extraterrestre -como Interstellar o The Martian-, el consenso científico actual apunta a que la terraformación de Marte no es posible con la tecnología actual ni futura inmediata. Y la terraformación es una condición sine qua non para que una vida humana sea viable fuera de nuestro planeta. Incluso aún es sumamente problemático realizar el viaje en 30 días como ha sugerido Musk. Su empresa no cuenta aún con las unidades técnicamente necesarias para una misión de ese tipo. La narrativa optimista, claro está, es que en un futuro cercano las tendrá. Pero, mientras tanto, sólo es una promesa. Otro aspecto relevante citado por científicos es que para considerar viable habitar otro planeta, deben cumplirse dos requisitos: un margen manejable de riesgos de salud y, segundo, la viabilidad de la reproducción. Ninguna de las dos está siquiera explorada. Humanos haciendo vida en otro planeta es un asunto biomédico no resuelto.
Es mucho más sostenible y lógico pensar que la inversión para frenar o amortiguar los efectos del cambio climático en nuestro planeta será más redituable en términos de existencia humana que hacer de Marte una nueva Tierra. Además, el proyecto esconde una paradoja detestable: terraformar el planeta rojo significa la extracción de una ingente cantidad de recursos terrestres que hoy están en disputa y cuya explotación se privatiza con la venia del Estado para garantizar el suministro. Es decir, la construcción de un hipotético nuevo hogar en Marte se haría a costa de nuestro hogar actual. Pero concedamos que la empresa del señor Musk es la mejor organización privada que jamás ha existido y que tarde o temprano poseerá las capacidades para cumplir el sueño marciano. La pregunta entonces sería: ¿para quién es ese sueño? ¿Para la humanidad completa? La respuesta dura y honesta es no. La alternativa sería para un grupo muy reducido de personas que pudiera costear su salida de la Tierra para irse a vivir a Marte y habitar en las pequeñas colonias que se instalen. El esquema de desigualdad del capitalismo terrestre se proyectaría hacia el espacio.
Pero el sueño marciano esconde cuestiones más oscuras. Cuando se habla de las empresas de Elon Musk se suele exaltar sus grandes capacidades y sus hitos como si de un logro exclusivamente privado se tratase. Nada más lejos de la realidad. Casi todos los conocimientos científicos y desarrollos tecnológicos que le permitieron a SpaceX ser lo que es hoy fueron costeados con fondos públicos, es decir, con dinero de los contribuyentes estadounidenses que, vía sus impuestos, financian los proyectos de la NASA. Al igual que ocurrió con internet y con la primera inteligencia artificial, sin la inversión pública para el desarrollo de las tecnologías que permitieron los viajes al espacio, las empresas privadas que se aprovechan de todo ese bagaje público no podrían lucrar como lo hacen. Visto desde una perspectiva sencilla, toda la gran innovación tecnológica camina por el mismo sendero: el riesgo inicial se socializa -lo paga la población- y la extracción de valor posterior se privatiza.
La creación de expectativas extremas en torno a la posibilidad remota y acotada de habitar Marte tiene funciones múltiples. El sueño marciano es un imán para la atracción de capital financiero y bursátil. ¿Quién no quisiera formar parte de una hazaña cuasi épica? Pero, además, la venta del proyecto como un supuesto beneficio para la humanidad entera ayuda a SpaceX a hacerse de fondos públicos. Se estima que una quinta parte de los ingresos monetarios de la empresa en 2025 provinieron de agencias federales. Por otra parte, la investigación y el desarrollo que la compañía realiza se traduce en servicios que el gobierno de Estados Unidos contrata con diversos fines. Está más que claro que la tecnología de lanzamiento de cohetes y de puesta en órbita de satélites tiene un uso dual: civil y militar.
No quiero decir que el sueño marciano de Musk sea un fraude monumental. Probablemente él cree en ese sueño. Lo que me parece importante apuntar es que el proyecto futuro e incierto de SpaceX tiene un fin presente muy tangible y operativo. La hipotética misión al planeta rojo es más una atractiva ideología de producción que un plan inminente, viable y salvador de la humanidad. El sueño marciano de Musk atrae capital, genera legitimidad, impulsa contratos públicos y produce una imagen de inevitabilidad histórica para apuntalar los grandes negocios terrestres de SpaceX. El juego del billonario está sobre la mesa y va de capturar valor financiero mediante expectativas extremas; consolidar una posición privilegiada en el reparto de fondos y contratos públicos; desarrollar y monopolizar capacidades de lanzamiento, comunicaciones y observación con valor militar directo, y situarse desde ahora en la definición de las reglas futuras sobre recursos, órbitas e infraestructuras espaciales.