Cicerón decía que el peligro principal para la amistad es la política. Julio Scherer García y yo fuimos la excepción a la regla. La política no nos separó, nos estimuló. Nuestras convergencias fueron mayores a nuestras divergencias. La batalla por la democracia y la libertad en los últimos veinticinco años del siglo XX pesaba mucho más que las diferencias de opinión con respecto a algunos protagonistas del poder en el siglo XXI. El 7 de abril se cumplen cien años de su nacimiento. Hoy quiero rendirle un modesto homenaje bajo la forma de una pregunta de muy difícil respuesta: ¿qué clave movía su alma apasionada?
Octavio Paz lo describía como un personaje de novela rusa. Por eso alguna vez lo llamé "poseído de la verdad". Ahora no sé si su objetivo era la verdad. Pero su mirada de lince, su melena desordenada, su concentración hipnótica en los textos que leía o publicaba, y aun sus arrebatos, eran los rasgos de un poseído. Su pasión rectora era la indignación.
Julio se acercó en su juventud a los círculos católicos de la época que tenían una inclinación ideológica de derecha. Pasados los años, con el advenimiento del Concilio Vaticano Segundo, sobrevino el gran viraje social y político del catolicismo. En esa corriente se inscribió el periodista de Excélsior Julio Scherer. Descollaban en ella jesuitas como su inseparable primo Enrique Maza y Felipe Pardinas, y otros personajes como Sergio Méndez Arceo (el "obispo rojo" de Cuernavaca), Ramón de Ertze Garamendi (canónigo de la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México) y Fray Alberto de Ezcurdia, carismático personaje que marcó a generaciones de jóvenes.
Eran los años previos al 68. A la escucha de esos sacerdotes, en recintos universitarios, publicaciones internacionales y grupos de discusión, se fue gestando una izquierda católica a la que pertenecieron el propio Scherer, Vicente Leñero (su mejor amigo y gran colaborador), Miguel Ángel Granados Chapa y varios otros personajes que se convertirían en editorialistas de Excélsior y, más tarde, de Proceso. Quizá el rechazo de Scherer por la derecha (bajo cualquiera de sus corrientes, incluida la del PAN) tuvo que ver con aquel pasado. Era una manera de deslindarse. Y, sin embargo, tuvo grandes amigos panistas, como Juan José Hinojosa y Carlos Castillo Peraza.
El catolicismo social tuvo derivaciones muy productivas en la acción social y la creación de proyectos para el campo. En el orbe cultural, nada se hizo comparable a Ábside, la revista fundada en 1937 por los hermanos Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte. Políticamente, un sector estableció ligas con el marxismo revolucionario. Scherer no fue enteramente inmune a esa corriente, sus variantes y derivaciones. Así se explica su admiración por Samuel Ruiz y el subcomandante Marcos y otros redentores políticos, tanto mexicanos como latinoamericanos.
Toda mezcla de religión y política deriva en el dogmatismo y la intolerancia. Pero Excélsior, el periódico que Scherer llevó a una altura sin precedente, y sobre todo Proceso, la revista semanal que fue la obra de su vida, no incurrieron en esos extremos. Y es que en Scherer gravitaba la tradición del liberalismo mexicano. En Proceso reencarnaban las grandes revistas y los periódicos liberales del siglo XIX. Esa raigambre explica la pluralidad de sus páginas editoriales y su vínculo con Daniel Cosío Villegas, una amistad no exenta de crítica, como debe serlo, si es genuina.
La revista Proceso no fue el púlpito de Julio Scherer. Tampoco fue su guerrilla. Fue la tribuna de la crítica combativa, la portada provocadora, del reportaje revelador, la información verídica y, sobre todo, la honestidad, valor históricamente escaso en la prensa en México.
¿Cumplió Julio Scherer con su misión como periodista? No me cabe la menor duda. ¿Cumplió Julio Scherer con su destino cristiano? Me viene a la mente la esquela a página completa que publicó Excélsior el día 4 de julio de 1970 con motivo de la muerte de Fray Alberto de Ezcurdia:
"Ayer murió / Fray Alberto de Ezcurdia / que tuvo la Grandeza del Santo y la Gracia de un Gitano Ladrón / Fray Alberto / Robó las Llaves del Cielo, Para Entregarlas a sus Hermanos los Pecadores que, a Pesar de Serlo, o Quizá por Ello, saben Amar / con Ardiente Corazón".
El autor era Julio Scherer. No sé si esas sean las mejores claves del amor. Sé que no son las únicas. Y sé también que Scherer sabía practicar con generosidad una virtud menos ardiente, más terrenal: la amistad.
ÁTICO
En el centenario de su nacimiento, homenaje al combativo periodista. Y al amigo.