Copia de la Carta de Jamaica, donde Simón Bolívar le hablaba al empresario Henry Cullen de la emancipación y unión de Hispanoamérica. Imagen: Agencia ANDES
En 1815, el libertador de América redactó la Carta de Jamaica, donde propuso una unión fraternal entre las nuevas repúblicas hispanoamericanas; pero la posterior fragmentación de la Gran Colombia, guerras civiles y la intervención de Estados Unidos impidieron su consolidación. Desde entonces la región ha vivido conflictos internos y problemas estructurales que persisten hasta nuestros días.
El estereotipo de Hispanoamérica consiste en referirse a sus naciones como “alegres”, “exuberantes en biodiversidad” y en citar lugares culturales comunes como sus pirámides mesoamericanas, el arte barroco, y las fiestas y música populares.
Pero su realidad política, económica y social es contrastante: deficiente distribución de la riqueza, caravanas migratorias en ascenso, monopolios empresariales protegidos desde las cúpulas de poder y normalización de la violencia, en especial en Centroamérica, México, Colombia y Venezuela.
Es ahí donde el narcotráfico y las pandillas han aprovechado el solapamiento estatal para expandirse y, de ese modo, se han robustecido las constantes crisis internas y económicas impulsadas por gobiernos populistas de todos los partidos.
Por otra parte, la presencia del emprendimiento tecnológico, la innovación y la inteligencia artificial es casi nula en las aulas universitarias de la región. El escenario hispanoamericano resulta incierto; su desunión, palpitante.
LA CARTA DE JAMAICA Y EL CONGRESO DE PANAMÁ
En 1815, Simón Bolívar redactó durante su exilio una extensa misiva: la célebre Carta de Jamaica, dirigida a un caballero inglés llamado Henry Cullen. Originalmente, planteaba su interés por consolidar una unión fraternal entre las incipientes naciones de la América española, con el objetivo de impulsar repúblicas democráticas y sin influencias de los poderosos imperios europeos. Buscaba emular los arquetipos unificadores de las antiguas asambleas de las ciudades-estado griegas que conformaban la Liga Anfictiónica. Dentro de ella, se abordaban temas primordialmente religiosos y políticos.
El anhelo del libertador llegó a concretarse. En la sala capitular del convento de San Francisco, en la ciudad de Panamá, se realizó la Asamblea Anfictiónica entre el 22 de junio y el 15 de julio de 1826. Los estados presentes fueron Perú, México, la Gran Colombia (Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá) y Centroamérica (Guatemala, El Salvador, Honduras, Costa Rica y Nicaragua). Por otro lado, Chile y las Provincias Unidas del Río de la Plata (Argentina), declinaron acudir. Como observadores, destacaron Estados Unidos, Gran Bretaña, Países Bajos y el Imperio de Brasil (aunque este último declinó la invitación). Paraguay no fue requerido, porque su gobierno rechazaba todo vínculo diplomático. Bolivia, por el contrario, envió a dos de sus representantes, aunque arribaron cuando ya había concluido el congreso.
La agenda negociadora abarcó temas como la necesidad de desarrollar un sistema continental de alianzas para evitar posibles ataques de reconquista, celebrar tratados de comercio y navegación, involucrar a Estados Unidos para efectuar la Doctrina Monroe cuando fuese requerido, abolir la esclavitud, adoptar medidas de presión para que España reconociese a las nacientes repúblicas y establecer las fronteras nacionales con el principio utipossidetis iuris —que permite preservar el territorio que tenían antes de su independencia— de 1810, año del inicio de casi todas las revoluciones independentistas de Hispanoamérica.
Asimismo, los plenipotenciarios concertaron el traslado de la próxima Asamblea a Tacubaya, México, para celebrarse en 1828, como consecuencia de las condiciones de insalubridad y las dificultades de comunicación con la ciudad de Panamá.
LEGADO DEL CONGRESO ANTIFICTIÓNICO
El siglo XIX resultó catastrófico para la geopolítica hispanoamericana. Trajo consigo la segregación de la Gran Colombia, una guerra civil en Centroamérica que desembocaría en cinco naciones, el conflicto bélico entre Perú y Bolivia y las pugnas ideológicas —entre centralistas y federalistas— en la política mexicana que llevarían a la pérdida de la mitad del territorio nacional. Todo este escenario provocó un desinterés por ratificar los acuerdos concretados en la Asamblea.

Acaecida la muerte de Simón Bolívar en 1830, el ministro mexicano Lucas Alamán intentó revivir sin éxito la organización del congreso pactado previamente en Tacubaya. No obstante, más adelante continuaron realizándose asambleas —aunque irrelevantes— con la misma tónica unionista, como las de Lima en 1848 y 1865, y la de Santiago de Chile en 1856.
Estados Unidos se posicionaría como la potencia continental intervencionista a finales de la centuria decimonónica, en detrimento de lo que el libertador había plasmado en la Carta de Jamaica.
Muestra de ese poder fue la Conferencia Interamericana de Washington en 1889, de la que resultó la fundación de la intrascendente Unión Internacional de las Repúblicas Americanas.
Aunado a todo esto, se desató la guerra contra España de 1898, donde Estados Unidos se apropió sin complicaciones de los resquicios del imperio en Filipinas, Cuba, Puerto Rico y Guam. La influencia española en el mundo llegaba a su fin luego de casi cuatro siglos.
Al concluir la Segunda Guerra Mundial, y tras la fundación de la Organización de las Naciones Unidas, en el continente también se constituyó un organismo supranacional de cooperación mutua con sede en Washington: la Organización de los Estados Americanos (OEA), la cual fue instituida dentro de la conferencia de Bogotá de 1948.
Un año antes se había firmado el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) en la Convención de Río de Janeiro. Su objetivo era prevenir invasiones extracontinentales, como lo que habría de suceder en las Islas Malvinas, donde Gran Bretaña se desplegó militarmente en 1982, desobedeciendo dicho acuerdo.
Durante la Guerra Fría, Estados Unidos socavó toda insurrección contraria a sus intereses en la región, financiando acciones como la Operación Condor —campaña de represión política impulsada por las dictaduras de derecha del Cono Sur— o las contras nicaragüenses —movimiento guerrillero opositor al Frente Sandinista de Liberación Nacional—.
Previo a la Revolución Cubana, la Unión Soviética se había mantenido cautelosa de caer en este tipo de patrocinios. Sin embargo, Fidel Castro se dio a la tarea de expandir el socialismo mediante la romantización de las luchas armadas y de la figura emblemática de su compañero guerrillero Ernesto “Che” Guevara. Como consecuencia, Cuba fue expulsada de la OEA en 1962.
Con el desenlace de la Guerra Fría, también concluyeron decenas de guerrillas hispanoamericanas que dejaron a su paso miles de muertos, desaparecidos y desplazados. Un ligero acercamiento fue palpándose con las firmas de múltiples convenios. Los más significativos: el establecido entre países caribeños con la promulgación del Caribbean Community (Caricom); el Mercado Común del Sur (Mercosur), compuesto por Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y Venezuela; el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), además de la Alianza del Pacífico entre México, Chile, Perú y Colombia. En 2010, fue expedida la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) por 33 naciones, la cual es considerada como el reto más ambicioso que se impuso la región sin la presencia estadounidense.
El espectro político giró gradualmente hacia la izquierda en los albores del nuevo milenio. El pensamiento bolivariano retomó un nuevo auge con la llegada democrática a la presidencia de Hugo Chávez, quien enarboló la figura de Simón Bolívar como estandarte de su gobierno.
El mandatario venezolano pugnó por un acuerdo que pretendía desarrollar numerosos proyectos con tintes socialistas, por lo que, en 2004, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) fue signada por doce naciones. Hoy en día, esa misma Venezuela se encuentra en el foco mundial debido a la crisis económica, social y de legitimidad del régimen de Nicolás Maduro, quien sucedió a Chávez y ya lleva más de una década en el poder.
BOLÍVAR Y LA PERSISTENTE DESUNIÓN
El mapa electoral del siglo XXI ha brindado alternancias de todas las ideologías políticas y los totalitarismos ya son escasos, aunque algunos se disfrazan de democracias. Con el transcurrir de las décadas, las mujeres siguen posicionándose dentro de los espacios de poder. En el aspecto legal, desde 1979, la Corte Interamericana ha funcionado como vigilante de la Convención Americana de Derechos Humanos. Con sede en San José, Costa Rica, el tribunal tiene jurisdicción en veinticinco Estados latinoamericanos.
Sin embargo, históricamente, Hispanoamérica traicionó a sus padres fundadores. Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide pasaron por los pabellones de la ingratitud. Francisco Morazán y José María Sucre padecieron similar destino. El mismo Bolívar se libró de ser asesinado en Bogotá gracias a la ayuda heroica de su pareja, Manuela Sáenz. Ante tales hitos, la desunión es palpitante desde su concepción independentista.
La Unión Europea, con sus limitaciones, es parangón de naciones cooperativas. Ha financiado a países emergentes, sobre todo del antiguo bloque socialista, para ayudarlos a mantener ritmos exponenciales de crecimiento económico. Contrario a la OEA, que más bien ha servido a Estados Unidos como instrumento de presión en diversas ocasiones.
En Hispanoamérica, el empuje económico sigue siendo magro. En lo social, el clasismo y el racismo son constantes en las redes sociales. El avergonzarse de las raíces indígenas y enaltecer la cultura europea-anglosajona persiste desde tiempos coloniales, a pesar de ciertos movimientos que buscan reivindicar el pasado prehispánico.
Es así como el futuro no se vislumbra alentador. Dos siglos después, el temor de Simón Bolívar, plasmado en su célebre Carta de Jamaica, más que una advertencia, se convirtió en presagio para la fragmentada América española, que nunca más volvió a celebrar su Asamblea Anfictiónica.

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