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Una lengua para lo no humano

Palabracaidista

RUTH CASTRO

De la clase de Fonética y Fonología, en la carrera de Letras, recuerdo que el profesor, un antropólogo lingüista, nos habló de una lengua que solo tenía un pronombre en plural. Nombrarse implicaba incluir a los demás. Tampoco había una separación clara entre lo humano y aquello que en español solemos llamar naturaleza; río, pez y árbol aparecían enlazados dentro de un mismo sistema de relaciones. Si algo afectaba a una parte, el resto lo resentía.

De ese dato universitario lamento no recordar el nombre de la lengua, ni saber si aún existe. La idea volvió mientras leía Niñapájaroglaciar de Mariana Matija. La protagonista se desplaza en un ámbito donde la distancia con otros seres se reduce; su relación con animales, montañas, glaciares y árboles pasa por una cercanía que no se queda en la contemplación. Hay una forma de atención que la vincula con lo que mira hasta desdibujar el borde entre quien observa y aquello observado. Esa relación no se presenta como armonía ni como consuelo, sino como una apertura constante a lo que ocurre alrededor.

He leído algunas notas sobre el libro; muchas celebran esa sensibilidad y la nombran como ternura o cercanía. Algo de eso está ahí, aunque esa lectura tiende a suavizar una zona más incómoda. La intensidad con la que la protagonista se relaciona con lo vivo no siempre resulta apacible; en ocasiones se vuelve excesiva, incluso perturbadora, porque implica quedar expuesta a lo que sucede fuera de sí.

En un momento atravesado por la crisis ambiental, esa forma de percibir adquiere otra resonancia. Hoy se habla de ecoansiedad, una inquietud que no se resuelve en la información ni en el diagnóstico. En el libro, esa tensión se manifiesta como una sensibilidad que se extiende hacia el entorno, que registra lo que cambia, lo que se pierde, lo que se extingue. No aparece como discurso, sino como una manera de estar y sentir.

El lenguaje acompaña ese movimiento. Comparaciones, analogías, onomatopeyas, palabras que se juntan para intentar nombrar lo que queda fuera del repertorio habitual. Hay un esfuerzo por acercarse a aquello que no habla en términos humanos, por construir una lengua que roce otras formas de existencia. En ese intento, la escritura se tensa; por momentos alcanza imágenes de gran fuerza, en otros deja ver el límite de ese mismo impulso.

En ese punto, la pregunta por su eficacia literaria pierde centralidad. Interesa más observar hacia dónde se dirige y con quién dialoga. Niñapájaroglaciar encuentra su lugar en una sensibilidad específica, la habita sin matizarla y la lleva hasta sus últimas consecuencias.

Entre el recuerdo de aquella lengua y la escritura de Matija se abre una línea de continuidad; una forma de percibir que reduce la separación entre lo humano y lo que lo rodea. Lo que el libro pone en juego no es una reconciliación, sino una exposición; estar ahí, en medio de esa relación, con todo lo que implica.

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