La cumbre de Ankara confirmó el poderío militar de la OTAN, pero también desnudó por completo la desigualdad dentro de ella. En el papel, los 32 miembros participan voluntariamente en una alianza de estados soberanos que decide por consenso. En realidad, uno de ellos acapara la capacidad militar, el arsenal nuclear, los sistemas de inteligencia avanzados, el control sobre buena parte de la tecnología de defensa y la facultad de decidir hasta dónde está dispuesto a proteger a los demás.
Aunque les duela a los países europeos y a Canadá reconocerlo, EUA es el único integrante indispensable de la OTAN. Sin EUA no hay Alianza Atlántica. Y Trump se encargó de recordarlo en Ankara. Antes de la reunión central de la cumbre, el presidente estadounidense criticó a los gobiernos europeos, amenazó con cortar el comercio con España, volvió a plantear sus ambiciones sobre Groenlandia y reprochó a sus aliados la falta de respaldo a los ataques contra Irán. Horas después, tras escuchar las cifras de gasto, las compras anunciadas y los compromisos de cada país, cambió la narrativa: elogió “la unidad” de la Alianza y reafirmó su respaldo.
Durante décadas, Europa delegó buena parte de su defensa en EUA. El paraguas nuclear, la vigilancia satelital, el transporte estratégico, la defensa aérea, la inteligencia y numerosos sistemas de mando dependen todavía de capacidades estadounidenses. La reducción del gasto militar europeo después de la Guerra Fría profundizó esa relación de dependencia. La comodidad tuvo un precio: la pérdida gradual de la autonomía militar y estratégica.
Los socios europeos de la OTAN dependen de Washington para el 64 % de sus importaciones de armamento y equipo militar, de acuerdo a los últimos datos del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI, por sus siglas en inglés). La proporción ha crecido en los últimos años. Entre 2015 y 2019, los equipos estadounidenses representaban el 52 % de las compras europeas. He aquí la paradoja: Europa gasta más para poder asumir mejor su defensa, pero una parte creciente de ese gasto fortalece a la industria militar de EUA.
Los países europeos adquieren armas y Washington conserva el control de buena parte del sistema que hace posible utilizarlas. Otra forma de decirlo es que los europeos recortan su gasto social para fortalecer el presupuesto militar, mientras transfieren recursos públicos al aparato bélico-militar de la nueva economía de guerra estadounidense. ¿En verdad no se dan cuenta los ciudadanos europeos? La cumbre de Ankara consolidó una transformación que comenzó en La Haya el año pasado. Bajo presión de Trump y la oficiosa gestión de Mark Rutte, secretario general de la OTAN, los aliados habían acordado destinar hasta el 5 % de su PIB a la defensa y seguridad para 2035. Ankara convirtió aquel compromiso en contratos, producción y cadenas de suministro.
Es decir, del discurso a la ejecución… como le gusta al presidente estadounidense.
Durante el encuentro se anunciaron decenas de miles de millones de dólares en adquisiciones, programas contra drones, modernización de sistemas de combustible, proyectos de fabricación conjunta y nuevos mecanismos para acercar la industria privada a la estructura de la Alianza. También se acordó sostener el apoyo militar a Ucrania mediante financiamiento, entrenamiento y equipos durante los próximos años, compromiso que recae en la parte europea. La alianza ha entrado así en una etapa que algunos analistas definen como OTAN 3.0. ¿Por qué? La primera OTAN fue la alianza creada en 1949 para contener a la URSS, mantener la presencia estadounidense en Europa tras la Segunda Guerra Mundial y evitar que las rivalidades entre las potencias europeas volvieran a desencadenar un conflicto continental. La segunda surgió después de la caída del bloque soviético. La amenaza comunista, razón de ser de la OTAN, desapareció, pero la Alianza Atlántica, en vez de disolverse, extendió sus fronteras hacia Rusia y su radio de acción hacia los Balcanes, Afganistán, Libia y otros escenarios alejados del territorio original de interés. Aquella OTAN actuaba bajo el impulso de una potencia que disfrutaba el auge de su hegemonía mundial.
La tercera OTAN aparece en un contexto diferente. EUA sigue siendo la principal potencia militar, pero enfrenta una deuda creciente, déficits internos, tensiones políticas, pérdida de capacidad estratégica y una competencia sistémica cada vez más exigente con China, la gran potencia del siglo XXI. Washington necesita reducir el costo de su presencia en Europa para concentrarse en el Indo-Pacífico y reforzar su dominio sobre el continente americano. Para ello, Europa debe convertirse en la primera responsable de contener a Rusia. Pero EUA mantendrá el mando general, la protección nuclear, la tecnología y las capacidades que los europeos todavía no pueden sustituir. Hay una clara división del trabajo: Europa pone más dinero, tropas e infraestructura; EUA conserva la dirección mientras amplía el mercado para su industria militar.
He sostenido consistentemente que la política de Trump representa un repliegue de la hegemonía estadounidense, aunque dicho repliegue no significa pasividad. Washington reduce sus compromisos, ajusta sus prioridades y traslada los costos a sus aliados mientras fortalece su aparato militar-industrial.
Es una táctica defensiva en su geografía, agresiva en sus métodos y de negocio en su relación con los socios.
La importancia de Ankara radica en la fusión entre geopolítica e industria.
La cumbre evidenció a una OTAN que ya no se limita a coordinar ejércitos y planes de defensa. Ahora también gestiona inversiones, producción, tecnología, energía, transporte y abastecimiento.
Negocios, pues. Una guerra larga, como la de Ucrania, requiere fábricas capaces de producir municiones durante años, redes ferroviarias que transporten tropas, depósitos de combustible, puertos, satélites, centros de datos, minerales críticos, sistemas de inteligencia artificial y cadenas de suministro protegidas.
El rearme de Europa –que eso es– se vende como el fortalecimiento de la autonomía continental. En parte lo es. Alemania, Francia, Reino Unido, Italia, Polonia, Turquía, los países nórdicos y las naciones del este europeo aumentarán sus capacidades. Europa contará con más armas, más soldados y una industria de defensa mayor. Pero autonomía operativa no es igual a autonomía estratégica.
Ankara inyectó esteroides al músculo europeo dentro de la arquitectura que dirige Washington, cada vez más apegada a sus intereses. Pero la transacción beneficia primordialmente a EUA. Sus aliados financian el rearme, compran productos y licencias estadounidenses y asumen una proporción mayor del costo de contener a Rusia. Washington libera recursos para atacar a Irán y hacer frente a China en América y el Indo-Pacífico y, al mismo tiempo, conserva la capacidad de condicionar las decisiones europeas. Apegados a la tesis de Stephen Miran, principal asesor económico del trumpismo, la seguridad se convierte en una renta. El problema es que las rentas de protección compran tiempo, pero no devuelven la juventud ni el vigor a los imperios. Muy al contrario, suelen precipitar su declive.