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La Odisea o cuando un mundo se va al carajo

ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ

Los hombres rompieron la Ley de Zeus. Y la ruptura desató una reacción en cadena que terminó por hundir a la civilización. Este es el mensaje de fondo de La Odisea, la más reciente película del británico Christopher Nolan, y que está basada en el celebérrimo poema épico de Homero. Aunque el filme construye una historia que naturalmente evoca el mundo que supuestamente describe el poema, lanza un fuerte ancla a nuestro presente a manera de advertencia. Los hombres olvidarán nuestros errores… y los repetirán. Ergo, un nuevo colapso viene producto de la ruptura de las viejas normas. Desde la mirada de Nolan, a eso nos enfrentamos hoy como parte de un ciclo que se repite cada cierto tiempo. Antes de continuar sobre esta línea, quiero hacer algunas aclaraciones.

Este texto no es una reseña ni un análisis cinematográfico de la película, sobre lo cual sólo diré que es un espectáculo fílmico completo y monumental que merece las tres horas de metraje. Tampoco es un análisis de coherencia o concordancia entre el filme y la obra literaria, respecto a lo que sólo apuntaré que no necesitas haber leído el poema para ver la película, puesto que son dos obras distintas; aunque, si lo lees, tal vez te resulte más intensa e interesante la puesta en pantalla. Este texto es, apenas, una lectura crítica en clave geopolítica e histórica de la propuesta argumentativa de Nolan con La Odisea. Por último, hay un punto que me parece importante precisar, ya que abona a la comprensión de lo que quiero exponer: aunque la Ilíada y la Odisea, atribuidos a Homero, son poemas escritos en el siglo VIII a. C., su composición oral data de mucho tiempo antes y relatan acontecimientos, claramente mitificados, que ocurrieron alrededor del siglo XII a. C., durante el colapso de la civilización de la Edad del Bronce. Dicho lo anterior, prosigo sobre la línea de intención de este texto: La Odisea de Nolan advierte que la ruptura de las viejas normas y tradiciones conlleva el colapso de la civilización.

La película narra el tortuoso regreso de Odiseo a su palacio, en Ítaca, luego de haber ayudado a los griegos a tomar y destruir la estratégica ciudad de Troya, también conocida como Ilión –de ahí, la Ilíada, el poema “precuela” de la Odisea–, con la famosísima treta del caballo de madera. Ubicada a la salida del estrecho de los Dardanelos, Troya era un enclave importante en la Edad del Bronce tardía. El estrecho era el último segmento de conexión entre los mares Negro y Egeo, que formaban parte del mundo conocido por los griegos de la civilización micénica.

Troya hacía valer su posición estratégica cobrando un impuesto por el paso de las naves que llevaban y traían insumos y mercancías de un mar a otro. La situación troyana generaba recelo y ambición en Agamenón, rey de Micenas, que, como monarca más poderoso de Grecia, hacía las veces de rey de reyes. El pretexto para atacar Troya surge con el presunto rapto de Helena, la esposa de Menelao, rey de Esparta y hermano de Agamenón, por parte de Paris, príncipe de Troya. Los griegos se lanzan a la conquista de la ciudad con todas sus fuerzas, y entre ellos va el ingenioso Odiseo, rey de Ítaca.

Tras diez años de guerra, a Odiseo se le ocurre la estratagema del caballo de madera, un supuesto presente para poner fin al conflicto. Engañados, los troyanos llevan el caballo al interior de la ciudad, donde Odiseo y sus secuaces aprovechan la oscuridad de una noche sin luna para literalmente salir del vientre del equino y abrir las puertas a las tropas invasoras. El saqueo, la muerte y destrucción posteriores ocurren ante la mirada de un Odiseo que cobra consciencia de lo que ha hecho: el engaño a los troyanos se cierne sobre él y los suyos como una maldición. El rey de Ítaca no podrá regresar a su hogar pronto, mientras que a otros –como Agamenón– les espera un destino fatal. Odiseo entiende que con su treta ha roto la Ley de Zeus que lo mismo manda recibir con generosidad a los forasteros en el hogar, que actuar con gratitud cuando se es recibido. Con el rapto de Helena, los troyanos abusaron de la confianza de los griegos. Con el engaño y el saqueo, los griegos abusaron de la confianza de los troyanos. El equilibrio del mundo se hundió. Odiseo lo describe en un diálogo que, palabras más, palabras menos, dice: vivíamos en una era de palacios y comercio, ahora, tras lo que hicimos, el saqueo se ha propagado por todo el mundo como la peste.

Una vez caída Troya, al héroe y los suyos les espera un largo y horrible trayecto de regreso en el que enfrentarán todo tipo de calamidades monstruosas. Mientras tanto, en Ítaca el caos se ha apoderado del palacio de Odiseo. Los pretendientes acosan a una Penélope que se resiste a tomar un nuevo marido en espera del retorno del rey, y devoran los bienes del palacio abusando de la hospitalidad de la reina y su hijo, Telémaco, quien no puede heredar aún porque no sabe si su padre está vivo o muerto. La ambición y el abuso horadan los cimientos del sistema político y económico del mundo. Y aquí hay un aspecto de la propuesta de Nolan que me resulta muy relevante: durante toda la película circula el rumor de la llegada próxima de los pueblos del mar, misteriosas hordas de saqueadores que acaban con todo a su paso.

Cuando Odiseo narra lo ocurrido en Troya y sus consecuencias, queda claro que aquellos pueblos a los que temen los griegos… son ellos mismos. Esta interpretación me parece genial y adecuada para el momento presente que vivimos, en el que el viejo orden mundial se hunde.

El discurso que reproducen y alimentan ciertos sectores en Occidente tiende a culpar a potencias emergentes –como China, Rusia o Irán– y a la inmigración proveniente del Sur Global, de la decadencia del antiguo centro del mundo: el espacio noratlántico, principalmente Europa Occidental y Estados Unidos. Además, las responsabilizan de calamidades económicas, sociales y políticas y las colocan en el blanco de sus ataques. Son fuerzas, dicen, que se deben combatir. No obstante, esas facciones de extrema derecha que se hacen con el poder en las potencias occidentales son aceleradoras de la destrucción del orden mundial que dichas potencias ayudaron a construir. Tal es el caso de Estados Unidos que, en la cúspide de su hegemonía, promovió y soportó un sistema global basado en reglas liberales, tales como el respeto a la soberanía del Estado nación, la protección del comercio internacional y la defensa de los Derechos Humanos, incluso de los inmigrantes. Hoy, el presidente de la potencia americana se declara enemigo acérrimo de dicho orden mientras ataca países, persigue inmigrantes y aplica aranceles.

Los nuevos “pueblos del mar” que destruyen la civilización hiperglobal y sus reglas son los mismos que la crearon, como en La Odisea de Nolan.

Pero, a mi juicio, la visión del cineasta británico adolece de un defecto: la descripción que hace Odiseo del orden que se desmorona por sus propias manos y ante sus mismos ojos es la de un orden idealizado. El mundo de palacios y comercio basado en la Ley de Zeus distaba mucho de ser justo. La civilización del Egeo del Bronce Tardío se sustentaba en la concentración del poder y la riqueza de los palacios, así como en el control de las rutas comerciales para el tráfico de los insumos más preciados de la época: los metales, principalmente el oro, el cobre y el estaño, estos dos últimos necesarios para la fabricación del bronce, la aleación con la que se hacían las armas. Quien controlaba la producción y/o el comercio de dichos insumos, podía ejercer un mayor poder sobre los demás.

Era un mundo vertical de reyes y príncipes, en el que el más fuerte acaparaba los privilegios, entre ellos, el sometimiento de los demás. Odiseo, rey de Ítaca, se inclina ante Agamenón, rey de Micenas, quien ordena a todos los demás monarcas de Grecia que se sumen a sus expediciones y guerras. La Ley de Zeus era principalmente aplicada entre las élites masculinas de los palacios; los súbditos tenían que obedecer a sus amos y señores. El palacial era un sistema basado en la desigualdad y en sus propias entrañas albergaba las fuerzas que desencadenaron su destrucción… tal y como ocurre hoy con el viejo orden global que se desmorona frente a nosotros.

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Escrito en: Urbe y Orbe Columnas Editorial Arturo González González

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