¿Qué tan conscientes somos de que los grandes cambios ocurridos en México han sido acompañados -tal vez debería decir influenciados o potenciados- por las transformaciones mundiales en los últimos 200 años? Nuestro país nació como estado independiente en el ocaso de la hegemonía neerlandesa y el ascenso de la británica. Justo cuando la coalición encabezada por Reino Unido vencía de forma definitiva a las tropas francesas de Napoléon Bonaparte, México libraba una guerra para alcanzar su independencia. Para cuando lo logró, el Imperio británico ya era la mayor potencia del orbe, dominaba los mares y lideraba la mayor revolución tecnológica de la historia hasta entonces.
La llamada Reforma, del último tercio del siglo XIX, sentó las bases de la república en la que vivimos tras años de intervenciones extranjeras y guerras civiles. Fue la tropicalización -si se me permite el término- de la ola liberal que surgió en Europa, principalmente en el Reino Unido, y que significó la irrupción del capitalismo financiero a escala mundial a la par que se desarrollaba una nueva revolución industrial. Primero con Juárez y luego con Diaz, el liberalismo económico se afianzó en México hasta la guerra civil de 1910. En el mundo ocurría otra transformación geopolítica y la revolución industrial del auto y el petróleo.
El declive de la hegemonía británica abrió un periodo de caos, crisis y conflictos que sólo pudo ser superado tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y el ascenso de Estados Unidos como potencia hegemónica. La verdadera cuarta transformación de México ocurrió entre 1990 y 2000, cuando el Consenso de Washington trazó la ruta del neoliberalismo para impulsar el flujo global de capital y mercancías. De una economía mixta con fuerte presencia del Estado y una dictadura de partido, nuestro país se convirtió en una incipiente democracia con una economía abierta.
Hoy experimentamos un nuevo viraje tras la fractura del modelo globalista neoliberal y el declive de la hegemonía estadounidense. Un cambio que encuentra su réplica en México. Creo vital observar la historia y ser conscientes de las transformaciones externas e internas si queremos comprender la ruta que hoy se propone a partir de un nuevo consenso, el de Londres, con el cual un grupo de académicos, investigadores y actores económicos pretende superar el Consenso de Washington que forjó la globalización neoliberal.
Hace unos días, Mariana Mazzucato, profesora en Economía de la Innovación y Valor Público en la University College London (UCL), y Lara Merling, investigadora del UCL Institute for Innovation and Public Purpose, publicaron el reporte State Transformation for Plan México: A Mission-Oriented Approach to Delivering Shared Prosperity ("Transformación del Estado para el Plan México: un enfoque orientado a la misión para lograr una prosperidad compartida"). Por cierto, Mazzucato es una de las principales asesoras económicas del gobierno de Claudia Sheinbaum, así que el reporte cobra una relevancia mayor, ya que es de suponer que sus planteamientos serán seguidos por la presidenta y su equipo. Hay que saber de qué va el asunto.
Lo primero que llama mi atención es la superación que plantea del pasado reciente neoliberal. Si en 1990 la apuesta fue la reducción de las facultades del Estado para permitir el avance del capital privado, ahora se propone lo contrario. Más que simplemente corregir las fallas del mercado, Mazzucato y Merling plantean que, para conseguir los objetivos del Plan México, el Estado debe fortalecer sus capacidades para orientar, coordinar y construir mercados en colaboración con el sector privado. El gran asunto de fondo, dicen las autoras, no es qué tanto Estado debe haber, sino en qué debe intervenir, con quiénes y bajo qué condiciones.
México es una potencia exportadora, pero poco innovadora y transformadora. La industria de exportación suele estar desvinculada de la industria de base conformada por las pequeñas y medianas empresas. Manufacturar mucho para venderlo en el exterior no se ha traducido en una mejora sustancial de la productividad ni en un aumento considerable del contenido tecnológico nacional, así como tampoco en un crecimiento de las capacidades de las empresas mexicanas. Es decir que atraer inversión foránea y exportar más es insuficiente. Este es el argumento que sirve como punto de partida del análisis de Mazzucato y Merling.
En un ejercicio de síntesis extrema, lo que proponen las especialistas para que el Plan México funcione es transformar el Estado en un ente más presente en la economía y más capaz en sus facultades. Más que sólo crear condiciones para el crecimiento económico, se debe dar una dirección a dicho crecimiento. Para ello, el Estado debe participar directamente en la creación de mercado y utilizar su capacidad para orientar la inversión hacia los objetivos nacionales. Una política industrial repotenciada.
Los planteamientos de las autoras del reporte están sintonizados con los establecidos por The London Consensus: Economic Principles for the 21st Century ("El Consenso de Londres: principios económicos para el siglo XXI"), publicado por la London School of Economics Press, y del cual ya he hablado en este mismo espacio. Por cierto, uno de los participantes es el economista Dani Rodrik, uno de los asesores principales del gobierno de López Obrador. La alineación es evidente. Los expertos del nuevo consenso proponen dejar atrás la etapa de liberalización del mercado para entrar de lleno en una economía centrada en la construcción de capacidades estatales, productivas, sociales, tecnológicas, territoriales y medioambientales.
Observo tres grandes convergencias entre ambos documentos: la necesidad de construir un Estado capaz; la posibilidad de establecer un crecimiento con inclusión, y la importancia de definir una estructura económica. Los tiempos del laissez faire y del Estado mínimo quedaron atrás. El paradigma de la prosperidad selectiva es sustituido por el de la prosperidad compartida, mismo que forma parte fundamental de la apuesta de desarrollo mundial con sello chino. Si bien es cierto que el reporte de Mazzucato y Merling no es un apéndice del Consenso de Londres, creo que puede entenderse como una mirada más aterrizada y definida.
Otras coincidencias relevantes tienen que ver con el enfoque geopolítico, es decir, la noción de que el territorio donde ocurre la economía es relevante; la necesidad de establecer una política industrial desde el Estado, y la visión de una productividad constituida a partir de la innovación y el aprendizaje. Y aunque existen algunas diferencias de enfoque, sobre todo en temas como política fiscal, financiamiento y empresas públicas, al final me queda la sensación de que un mismo aire atraviesa ambos documentos. Los vientos de Londres ya soplan en México. Y son vientos de una nueva transformación global ¿Las empresas, organizaciones y los gobiernos subnacionales mexicanos están preparados para aprovecharlos?
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