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Urbe y orbe

El futuro del mundo se asoma en Eurasia

ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ

“ La tendencia hacia un mundo multipolar es irreversible”. La frase pertenece a Xi Jinping, presidente de China. La pronunció en el marco de la Reunión 2026 de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) Plus, celebrada en Bishkek, capital de Kirguistán, el 1 de septiembre pasado. Parece la confirmación de una visión que ya se tenía hace 25 años, cuando nació la OCS en Shanghái. Citado por el Diario del Pueblo el 15 de junio de 2001, fecha que marca el inicio de la organización, el entonces presidente de Kirguistán, Askar Akáyev, declaró que la cooperación profunda de los países miembros “contribuirá a garantizar la estabilidad regional y a configurar un nuevo orden político y económico mundial”. Un cuarto de siglo de distancia, dos mundos distintos: del orden unipolar a la realidad multipolar.

En esta historia, que es la de nuestro siglo, la OCS juega cada vez un papel más relevante. Me resulta al menos intrigante la poca atención y profundidad que los medios occidentales le han dado a una cumbre en la que participan líderes políticos que representan a casi la mitad de la humanidad. No deberíamos voltear la cara a lo ocurrido en Bishkek si queremos enterarnos hacia dónde camina el mundo. La cumbre 2026 marca la consolidación de la OCS como una plataforma política multidimensional ya no sólo para proteger y defender la estabilidad de Eurasia, sino ahora también para organizar, en todos los ámbitos posibles, la nueva región central de orbe. Nada más.

En este cuarto de siglo, la OCS ha tenido un crecimiento insoslayable. De los seis miembros fundadores (China, Rusia, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán), ha pasado a la participación de diez socios de pleno derecho (India, Pakistán, Irán y Bielorrusia, además de los ya mencionados), 15 socios de diálogo y dos observadores.

Un territorio de 36 millones de km2, en el que viven 3,400 millones de personas, y que posee algunas de las mayores reservas de energía y minerales del planeta, grandes capacidades industriales y tecnológicas, poder nuclear y buena parte de los principales corredores terrestres de Eurasia.

Igual de importante que su crecimiento es la evolución que ha experimentado la organización. Si en 2001 el foco estaba puesto en la confianza fronteriza, la seguridad regional y una cooperación económica incipiente, en 2026 se habla ya de seguridad integral, conectividad euroasiática, autonomía financiera y tecnológica y la construcción de un nuevo orden mundial. El salto apreciable es, a mi juicio, el de una organización que ayer buscaba administrar mejor los problemas dentro del espacio euroasiático a otra que ahora formula propuestas sobre cómo debe organizarse Eurasia y el sistema internacional en su conjunto.

La Declaración de Bishkek aporta claves sobre las intenciones de la OCS y las implicaciones de sus decisiones.

Pongamos atención. Para la organización la multipolaridad ha transitado de una realidad producto de una inercia geopolítica a una necesidad de estructura; los centros de poder regional en los que se divide el mundo deben construir instituciones de cooperación. En ese escenario, la OCS propone que Eurasia supere la hegemonía occidental organizando su propia seguridad desde Eurasia y de forma integral e indivisible. Es decir, las potencias ajenas al espacio euroasiático deben hacerse a un lado. Relacionado a ello está la ratificación de la OCS como una comunidad estratégica en lugar de una alianza militar tipo OTAN, con la que se la ha comparado de forma errónea. En la misma ruta, la declaración concede una importancia capital a la defensa de conceptos como soberanía, integridad territorial, no injerencia, igualdad entre Estados y respeto a los sistemas políticos nacionales.

En cuestión económica y tecnológica, Bishkek plantea tendencias divergentes con las propuestas por la globalización neoliberal. Por ejemplo, trasladar al plano digital las fronteras territoriales sin renunciar a cierto grado de interoperabilidad de cada ciberespacio nacional e incorporar la visión de seguridad nacional a los desarrollos de inteligencias artificiales.

Otro aspecto que me resulta relevante es la intención de fortalecer todas las conexiones económicas internas de Eurasia para disminuir su vulnerabilidad en medio de un mundo convulso. Dos componentes vitales para conseguirlo son el aumento del comercio internacional en monedas nacionales, es decir, prescindiendo del dólar, y la integración de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Nueva Ruta de la Seda) a otras estructuras euroasiáticas. Por último la Declaración de Bishkek define a Asia Central como el corazón de la OCS, la región de la que depende la articulación de Eurasia. Me imagino a Halford J. Mackinder, creador del concepto del Heartland (el corazón del mundo), levantando las cejas en el más allá.

Desde una lectura histórica, la reciente cumbre de la OCS tiene implicaciones que deberíamos tener muy en cuenta. La primera de ellas es que el momento unipolar, el de la primacía estadounidense, ha sido superado, a pesar de los pataleos –peligrosos, sin duda– del gigante americano. Una segunda implicación es que Eurasia se vuelve a colocar en el eje de la historia mundial, lugar que ocupó hasta antes de la irrupción de las potencias imperialistas del Atlántico Norte. En tercer lugar aparece la transformación de la globalización universal neoliberal en una globalización fragmentada y organizada por grandes espacios o polos, a saber: Eurasia, Asia Pacífico, Europa, Norteamérica y el Sur Global. Y, por último, vemos el surgimiento de nuevas instituciones internacionales –la OCS es una de ellas–, paralelas a las creadas durante la hegemonía estadounidense, mientras que se impulsa la reforma de las existentes, como la ONU o el Fondo Monetario Internacional.

Con todo y la relevancia que cobra la organización euroasiática, no debemos pasar por alto las contradicciones que alberga en su seno. La competencia estratégica entre India y China; la rivalidad histórica entre Pakistán e India, y la sociedad asimétrica entre Rusia y China, son algunos ejemplos. Pero la OCS también plantea desafíos tales como hallar el equilibrio entre la soberanía nacional y el anhelo de asociación para la cooperación, o entre el respeto a la autodeterminación de los Estados nacionales y la defensa de los Derechos Humanos dentro de los mismos.

Y uno de los retos principales que observo es el de construir un orden mundial multipolar equilibrado y, sobre todo, estable. Porque la multipolaridad no es garantía de estabilidad ni de equilibrio. Las jerarquías y tensiones pueden reproducirse también en un sistema de múltiples polos.

Substack: @urbeyorbe

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