El ritmo vertiginoso de los acontecimientos mundiales resulta en ciertas ocasiones abrumador y demanda una mayor atención, intención y esfuerzo para entender lo que está pasando. Septiembre de 2026 es uno de esos momentos. Es tanto lo que ocurre, son demasiados los hechos que se agolpan uno sobre otro que parece no haber respiro. La tentación de ver cada caso desvinculado de lo demás que acontece es muy grande. Pero si caemos en ella no podremos observar las corrientes que se mueven por debajo de la superficie de la vorágine noticiosa de la mediosfera. Desde hace tiempo ha sido mi interés y empeño tratar de descubrir las señales de las fuerzas que configuran las grandes tendencias de nuestro tiempo. Entiendo que no es una tarea fácil, porque el mundo siempre es más grande y complejo de lo que creemos. Y entiendo también el trabajo que cuesta seguir los hilos conductores de tan abundantes acontecimientos. Pero de algo estoy seguro: merece la pena el ejercicio.
En la última semana larga hemos sido testigos de una serie de hechos aparentemente dispersos, pero que en el fondo están más vinculados de lo que a simple vista parece. Por ahí va la consolidación del impulso de un nuevo orden multipolar desde grupos como los BRICS plus. La transformación del equilibrio regional en Oriente Medio dentro de una guerra internacional de múltiples frentes. La escalada de tensión entre Rusia y la OTAN en el marco de una persistente guerra en Europa del Este. El afianzamiento, al menos en el discurso formal, de la autonomía estratégica de la Unión Europea respecto de Estados Unidos. El acercamiento extraordinario entre Canadá y la Unión Europea ante la pérdida de confianza en su relación con la gran potencia americana. El reposicionamiento geopolítico de Washington en América con un acuerdo con Dinamarca sobre Groenlandia y el desvío de apoyos militares de Europa hacia países afines al gobierno de Trump en América Latina. Y también van por ahí las nuevas fricciones entre China y EU por el posible aumento de las restricciones en el desarrollo de IA para ralentizar el avance del gigante asiático y por las sanciones secundarias contra compradores de petróleo ruso.
Más que detenernos en cada uno de estos acontecimientos por separado, conviene observar qué imagen forman cuando los vemos en conjunto.
Desde una perspectiva macro, lo que se observa es un sistema internacional en el que la geopolítica asume un protagonismo no visto en la etapa de la globalización neoliberal. Si antes lo más importante era producir en cualquier parte que permitiera una alta eficiencia económica, hoy importa más producir en territorios que brinden seguridad económica. El mundo sigue siendo interdependiente, pero ahora esa interdependencia se territorializa en espacios que adquieren un peso crítico, tales como los estrechos de Ormuz y Bab el Mandeb, las rutas del Indo-Pacífico, el nuevo corredor del Ártico, etc.
Esta transición observada abre camino hacia una fragmentación de la globalización que nos lleva de un orden unipolar, dirigido desde Washington, hacia un orden multipolar con nuevos centros de poder y nuevas estructuras, como los BRICS plus o la Organización de Cooperación de Shanghái. Pero se trata de una multipolaridad muy competitiva, asimétrica y, por ello mismo, altamente inestable aún. Dicha inestabilidad obliga a los países y bloques a buscar una autonomía estratégica que les permita disminuir su vulnerabilidad y diversificar sus opciones. Las reglas del nuevo orden mundial todavía no están establecidas y buena parte de las tensiones actuales se debe a la pugna por definirlas.
Si nos enfocamos en los principales actores globales, vemos a un Estados Unidos que exhibe sus limitaciones militares en Oriente Medio y diplomáticas en Europa del Este, mientras fortalece su predominio en América. A una China que empuja una reforma a la arquitectura de gobernanza global desde una visión multipolar. A una India que se abre al estrechamiento de lazos con potencias contrahegemónicas, como China y Rusia, sin renunciar a su relación con Estados Unidos y otras potencias occidentales. A una Unión Europea acosada en múltiples frentes que aspira a una autonomía estratégica. A una Hispanoamérica que trata de acomodarse a la nueva doctrina continental estadounidense. Y a un México que intenta mantener su privilegiada vinculación con Estados Unidos sin renunciar a su soberanía.
Las corrientes que vemos agitarse en septiembre tienen implicaciones relevantes para los países hispanoamericanos. El regreso de una geopolítica estadounidense centrada en su dominio sobre América, aumenta la importancia relativa de los países de la región para los intereses de Washington, pero con una característica especial: la frontera entre política comercial y seguridad nacional se vuelve casi imperceptible. Por otro lado, se vislumbra para Hispanoamérica una oportunidad de diversificación de mercados y conexiones en la medida en que otros actores internacionales construyen relaciones desde una posición de autonomía, en medio de turbulencias geopolíticas que causan efectos colaterales en nuestras economías, tales como el alza en el costo energético y la inflación. Además, el naciente orden multipolar plantea para las naciones hispanoparlantes una disyuntiva entre la alineación política con uno de los polos de poder, o la flexibilidad diplomática para negociar con las distintas potencias en competencia desde una posición de defensa de normas internacionales que limiten el uso de la fuerza entre Estados.
Ante un escenario así, ¿qué nos toca hacer desde nuestros gobiernos, organizaciones y empresas en México e Hispanoamérica? Intentar preservar la relación con Estados Unidos sin que eso signifique cancelar la vía de conexión con otros bloques o estados.
Fortalecer las capacidades propias con inteligencia geoeconómica y geopolítica. Y anticipar y actuar en consecuencia frente a las nuevas dinámicas generadas por el paradigma de la seguridad económica, como aranceles, reglas de origen, vetos y restricciones. Conocer con precisión el origen geográfico y tecnológico de los insumos, visualizar alternativas a complicaciones en las cadenas de suministro y aprovechar el potencial de intersección entre manufactura avanzada e inteligencia artificial son ya obligaciones de las empresas que no quieren naufragar en la tormenta. Desde una óptica más sectorial y de organizaciones, diría que no son tiempos –nunca los son, pero menos ahora– para la estrechez, el aislamiento y la rigidez.
Necesitamos ampliar nuestra visión global e histórica, aumentar la coordinación regional en todos los ámbitos (energía, infraestructura, tecnología, talento, etc.), y procurar mantener o agrandar el margen de maniobra.
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