Un avión especial Boeing 747-8 de Air China aterrizó la tarde del miércoles 23 de septiembre de 2026 en la Base Aérea Conjunta Andrews de Maryland, a unos 40 kilómetros de la capital de los Estados Unidos. A bordo de la aeronave iban el presidente de la República Popular China y Secretario General del Partido Comunista de China (PCCh), Xi Jinping; la primera dama china, cantante y oficial del Ejército Popular de Liberación. Ya en la pista, cuando el avión por fin se detuvo, se abrió la puerta, se colocó una escalinata y junto a ella una alfombra roja que fue planchada con las manos por personal estadounidense uniformado. Tras los preparativos, la Guardia de Honor se colocó a los costados de la alfombra roja y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y la primera dama estadounidense, la ex modelo Melania Trump, se acercaron a la alfombra roja para esperar a que el mandatario chino y su esposa descendieran del avión.
Fue un protocolo inusitado. Los presidentes estadounidenses no suelen recibir a los jefes de Estado extranjeros en las pistas de aterrizaje. Lo establecido es que lo hagan en la Casa Blanca.
Es la segunda vez en el año que Xi y Trump se reúnen. En esta ocasión, Trump le dispensó un recibimiento que sólo ha dado a otro mandatario: Vladimir Putin, presidente de Rusia, cuando éste viajó a Alaska en 2025. El gesto habla por sí solo. El trato de Trump a Xi es, como el dado a Putin, el trato a alguien considerado igual de poderoso… por lo menos. ¿Por qué? El saludo en la base de Andrews proyecta hacia la historia una de las grandes paradojas de nuestro tiempo.
El origen y contexto de ambos mandatarios difícilmente podrían ser más contrastantes. Hijo de un acaudalado empresario inmobiliario de ascendencia alemana, Trump representa el epítome de la vida americana de la clase alta. Hijo de un funcionario del PCCh fundador de la República Popular y luego caído en desgracia por las purgas maoístas, Xi sintetiza la vida burocrática al servicio del partido. Trump nació un año después de la derrota de la Alemania Nazi que marcó el inicio de la hegemonía global estadounidense. Xi nació apenas cuatro años después del triunfo de la revolución comunista que derivó en la fundación de la República Popular China, y un mes antes del fin de la Guerra de Corea, que llevó al primer enfrentamiento entre la potencia americana y el gigante de Asia. Cuando en 1969 Xi fue enviado a trabajar a una comuna dentro del Movimiento de Regreso al Campo impulsado por Mao, Trump ya tenía un año de graduado de Ciencias Económicas de la prestigiosa Escuela Wharton de la Universidad de Pensilvania, y trabajaba en la compañía inmobiliaria de su padre.
El lustro de 2011-2015 fue determinante en las vidas políticas de ambos mandatarios. En noviembre de 2012, Xi asumió el cargo de secretario general del PCCh, antesala de la presidencia de la República Popular China que asumió en marzo de 2013. Trump anunció su postulación oficial en junio de 2015.
Tras ganar las primarias del Partido Republicano y las generales de 2016, Trump se convirtió en enero de 2017 en presidente de Estados Unidos. Por aquellos años ocurrió un hecho que pasó desapercibido para la mayoría, pero que resultaría determinante para la relación entre las dos grandes potencias del mundo: China no sólo había superado a la Unión Americana en producción industrial y exportaciones manufactureras, sino que para 2015 era ya la primera economía del mundo a valores de paridad de poder adquisitivo. Estados Unidos enfrentaba a su más formidable competidor al grado de verse superado en unos pocos años en tres (industria, comercio y economía) de las ocho capacidades que definen el peso mundial de las grandes potencias. En Washington sí detectaron el rebase.
Xi Jinping se vio con Donald Trump en Washington en medio de un proceso histórico de transición global, similar –mas no igual– al experimentado por el orbe hace 100 años, cuando la descomposición del dominio británica dio paso a la hegemonía estadounidense. Es evidente que con el magnate republicano en la Casa Blanca, Estados Unidos ensaya un repliegue de su hegemonía con el objetivo de convertirla en una dominación que le permita mantener su posición de privilegio en el mundo. Una reacción que tiene el rostro de guerra comercial, coerción política, amenaza y uso de la fuerza militar de forma unilateral y vertical y regreso a las prioridades hemisféricas. Es la ruptura de un orden global creado por la propia potencia americana por considerar que ya no le sirve a sus intereses.
Por su parte, China experimenta con Xi una nueva fase de su transformación en superpotencia, tras las etapas de consolidación de la revolución, reforma económica y apertura comercial.
Además, ha llevado a su país a rivalizar al tú por tú en tecnología, con lo que Washington ya sólo aventaja claramente a Pekín en tres capacidades: finanzas, fuerzas armadas y proyección cultural.
Pero en estos últimos puntos China ha venido pisando fuerte con la creación de esquemas de intercambio alternativos al dólar, el fortalecimiento de su ejército y su poder nuclear y la ampliación de su diplomacia cultural. Pekín ha logrado con éxito posicionar la idea de que el “País del Centro” (Zhongguó, que es como China se llama a sí misma), es uno de los estadoscivilización con mayor permanencia y peso en la historia de las civilizaciones, con una tradición estatal de 2,250 años. Frente a sí tiene a un competidor, Estados Unidos, que acaba de cumplir apenas 250 años de existencia como nación independiente. La visión que tiene respecto a China oscila entre el miedo y la admiración, entre el recelo y la necesidad de negociación. El problema es que con Trump, el pensamiento geopolítico estadounidense se ha vuelto eminentemente táctico: prefiere presumir estridentemente logros aunque sean pequeños y representen costos demasiado altos (Irán, por ejemplo). En contraste, la geopolítica china es estratégica y de largo aliento. El gobierno de Xi prefiere esperar a mover precipitadamente las piezas. Aguarda el error del oponente y lo convierte en una victoria que hace poco ruido pero resuena en el tiempo.
Trump se quitó el guante para saludar a Xi en la base Andrews. ¿Quién necesita más de quién en este momento? Durante los días de la visita se anunciaron algunos resultados. Dos meses más de tregua comercial. El reconocimiento de la función de los mecanismos de consulta económica y comercial y de colaboración en materia antinarcóticos. El acuerdo para abrir un diálogo binacional sobre IA. La intención de mejorar la comunicación entre los ejércitos de ambos países para prevenir crisis. Y la llegada de dos pandas gigantes zoológicos de Estados Unidos. Fue una cumbre con más fotos que sustancia.
De la defensa estadounidense de Taiwán, ni una sola palabra.
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