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La apuesta de China para reforma el orden mundial

ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ

A estas alturas de nuestra historia contemporánea, me resulta claro que China es la potencia emergente que ha construido el proyecto más completo y sostenido para reformar el orden mundial para hacerlo menos dependiente de Occidente. No se trata de un programa encerrado en un tratado único, sino de una arquitectura formada por capas que se han acumulado durante el gobierno de Xi Jinping en un entramado de iniciativas que resumo a continuación.

La primera es la Iniciativa de la Franja y la Ruta, lanzada en 2013, apenas iniciada la presidencia de Xi.

Es, digamos, la infraestructura material del proyecto. Inspirada en la antigua Ruta de la Seda, contempla la construcción de puertos, ferrocarriles, carreteras, centrales eléctricas, redes digitales, parques industriales y corredores logísticos para conectar territorios, reducir costos y reorientar flujos comerciales hacia China y Asia-Pacífico. Quien financia las rutas por las que circularán mercancías, energía, datos y capital, obviamente también adquiere la capacidad para influir en las decisiones futuras de los países conectados.

La segunda capa es la Iniciativa para el Desarrollo Global, lanzada en 2021. Su agenda atraviesa los objetivos de reducción de la pobreza, seguridad alimentaria, industrialización, financiación, economía digital, cambio climático y conectividad. Frente al modelo de gobernanza occidental asociado a reformas políticas y condiciones, Pekín ofrece infraestructura, capacidad estatal y resultados materiales. La promesa es que antes de exigir a los países que se parezcan a unmodelo determinado, hay que ayudarlos a desarrollarse.

La Iniciativa para la Seguridad Global, de 2022, constituye la tercera capa. China propone una seguridad común, integral, cooperativa y sostenible a partir de la defensa de la soberanía, la integridad territorial y la reivindicación de la Carta de Naciones Unidas.

Sugiere atender las preocupaciones legítimas de seguridad de todos los países y no sólo la de las principales potencias militares. Además, privilegia el diálogo sobre la confrontación y las asociaciones sobre las alianzas militares cerradas, como la OTAN. Con esta doctrina, Pekín lanza una crítica a la ampliación territorial de bloques, las intervenciones sin autorización de la ONU, las sanciones unilaterales y la idea de que la seguridad de un Estado pueda construirse a costa de otro.

La cuarta capa la representa la Iniciativa para la Civilización Global, promovida en 2023. Podríamos decir que es el soporte de legitimidad cultural del proyecto. Se basa en la idea de que no existe una civilización superior, una única concepción de modernidad ni una fórmula política universal que pueda imponerse al resto. Cada sociedad, según propone, debe encontrar su propia vía de desarrollo acorde a su historia, sus valores y sus condiciones. El mensaje –atractivo, hay que reconocerlo– hace eco sobre todo en países con memoria de sometimiento colonial, pero encierra una ambigüedad que no debemos soslayar. El respeto a la pluralidad puede proteger la autonomía de los pueblos, pero también puede convertirse en un obstáculo contra la crítica internacional cuando los gobiernos invocan la soberanía para someter a sus propios pueblos o perseguir a algún sector de la población.

La quinta y última capa es la Iniciativa para la Gobernanza Global, presentada en 2025 y desarrollada en un libro blanco en 2026. Es la pieza que ordena y articula a las anteriores. Se sostiene sobre cinco principios: igualdad soberana, respeto al derecho internacional, multilateralismo, orientación hacia las personas y énfasis en la acción. ¿Por qué digo que es el eje articulador del proyecto chino? Porque bajo su paraguas, la Franja y la Ruta construye las conexiones globales; la Iniciativa para el Desarrollo Global define las prioridades económicas y sociales; la Iniciativa para la Seguridad Global establece la doctrina estratégica, y la Iniciativa para la Civilización Global aporta la justificación histórica y cultural.

Todas las capas se conectan a través de la idea de una comunidad de futuro compartido para la humanidad.

Las iniciativas despliegan la visión china de un sistema con Naciones Unidas en el centro, mayor voz para el Sur Global, varias vías legítimas de modernización, menos intervención unilateral y un desarrollo apoyado por Estados económica y políticamente fuertes. Podemos describir el modelo como un multilateralismo soberanista, desarrollista y plural en términos civilizatorios. No suprime el mercado ni la globalización, pero sí busca subordinarlos a los objetivos de estabilidad, seguridad y soberanía nacional.

Creo importante precisar que Pekín no pretende destruir de una vez por todas el orden construido después de 1945. Su método es más paciente y apuesta por la reforma desde dentro, la creación de instituciones complementarias y la sustitución selectiva de los mecanismos que preservan una ventaja occidental desproporcionada.

China reclama más representación para los países en desarrollo en la ONU, el FMI y el Banco Mundial, mientras impulsa el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras, el Nuevo Banco de Desarrollo, los BRICS ampliados y la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS).

Además encabeza por poder económico el RCEP, la gran plataforma de integración económica de Asia-Pacífico promovida por la ASEAN, que incluye a Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda. Considero que ahí se encuentra la coherencia del proyecto: infraestructura, desarrollo, seguridad, legitimidad cultural e instituciones se refuerzan entre sí para reducir la centralidad de Occidente sin tener que romper el sistema. Esta última función la ha asumido el propio Estados Unidos.

No obstante, el desenlace permanece abierto. Pekín cuenta con la densidad manufacturera, el poder comercial, la continuidad estratégica y capacidad diplomática necesarias para impedir que Occidente vuelva a organizar unilateralmente el mundo. Hay que reconocer también que China todavía carece de una moneda verdaderamente global, una red sólida de aliados, una confianza política extendida y los recursos suficientes para sostener por sí solo un nuevo orden. La propuesta china es seria, pero no es un destino inevitable. Su prueba decisiva será comprobar si la igualdad soberana que proclama también limita a China cuando sus intereses chocan con los de países más débiles.

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