"¿No queréis tener nobles? Pues bien, no los tendréis, pero vestíos de luto por su carencia porque ya no poseeréis paladines ni héroes. Despedíos de las grandezas antiguas. Como sois un pueblo degradado, tendréis que sufrir la violencia que se llama invasión.
Si volviese Alarico, no hallará un Clodoveo que se le oponga. Si volviese Abderramán, no encontrará un Carlos Martel que le corte el paso. ¡Adelante! Continuad vuestra obra; sed hombres nuevos; empequeñeceos. Matad a los reyes, a los nobles, a los sacerdotes. Destruid, arruinad, destrozad las máximas antiguas; pisotead el trono, patead el altar, confundid a Dios, que ése es vuestro objetivo. Sois traidores y cobardes, incapaces de sacrificio y de abnegación".
Estas palabras, escritas en 1874 a manera de epitafio por Víctor Hugo en su novela El Noventa y tres, parecieran tomar vida y convertirse en una sentencia en tiempo real ante la ola de disturbios que sacuden a Francia desde hace días.
En un intento burdo por romantizar el saqueo, quienes mueven los hilos detrás del caos intentaron excusarse y excusar a los delincuentes pretextando una supuesta protesta estudiantil-cuando no aparece ningún estudiante perpetrando actos vandálicos-para después justificar lo ocurrido en una supuesta alza de precios en combustibles, cuando quienes violentan y roban en las calles lo hacen agitando banderas de Palestina, de Hamas y de Califatos árabes y africanos, desde la Vendome hasta La Concorde.
Además del antiguo Ayuntamiento de Limoges ardiendo en llamas hasta desplomarse, se pudo entrever claramente-aunque el Gobierno de Macron pretendiera silenciar el hecho-quienes han sido los que han venido quemando templos mientras ninguna mezquita ha ardido antes, durante ni después en este caso.
La misma mano quedó también expuesta tras la transmisión de una serie de imágenes contradictorias que dieron la vuelta al mundo en pocas horas: la primera; el de una pareja de octagenarios asaltados y desnudados impunemente por la turba violenta, sin que nadie interviniera en su favor. La segunda; la de cierta ciudadana francesa atónita y reconocida públicamente como activista de un partido político de izquierda y una de las mayores promotoras en abrir las puertas a la inmigración desde África y Arabia. La que solía defenderlos cada vez que provocan un desastre, acusando de racismo a quienes han intentado detener durante años toda una avalancha de crímenes…hasta que le tocó el turno a su negocio: una elegante y pequeña boutique ubicada en una zona exclusiva. La tercera imagen en cambio es por mucho más que elocuente; se trata de una mujer con chador, descubierta del rostro, tratando igualmente de frenar el asalto a su propia boutique de mediano tamaño, logrando contener el asalto ante el grito de uno de los encapuchados que los detiene diciendo en árabe: "Es hermana, ella es de los nuestros".
No deja de llamar la atención como ante el vandalismo perpetrado por los migrantes ilegales siempre aparecen los mismos culpables; concretamente el socialismo y el islamismo tomados de la mano. Sin embargo, se olvida que Francia por si sola no necesita importar el crimen o el descontento; también puede generarlo desde sí, como en su momento exportó el terror en los setentas al ayudar a derrocar monarquías moderadas en Medio Oriente y África para financiar e imponer regímenes totalitarios y republiquetas sanguinarias como el califato de los ayatolas, que décadas después ha venido-invitado por la izquierda francesa-a pagarles el favor con terror y sangre.
¿Y cuál fue la respuesta del Gobierno central a los disturbios provocados en Paris, Lyon y otros lugares? Terrible por cuanto entraña de patética en voz del Ministro francés del Interior, Laurent Nuñez, quien afirmó que se contempla suspender las redes sociales para impedir que los saqueadores se organicen, señalando que plataformas como TikTok y Snapchat pueden utilizarse para coordinar saqueos e informar en tiempo real sobre la ubicación de la Policía.
Cuando la destrucción no es al azar y sigue un patrón claro, mirar hacia otro lado solo garantiza que esto se repita. Hoy es Francia la que arde; mañana será Inglaterra, Suecia, Italia, España; y después, el resto del mundo civilizado.