Entre el verano del 2022 fui abordado por Monseñor Faustino Armendáriz Jiménez, Arozbispo de Durango, para realizar una serie de investigaciones históricas en la región sur del Estado y norte de Zacatecas buscando documentos y testimonios relacionados con el estallido de la persecución antirreligiosa en México, resultando de ello la realización del Primer Foro Regional de la Cristiada el mismo año en Chalchihuites (Zacatecas), contando con las ponencias de cronistas e investigadores de la región y alrededores ; justo donde inició el primer levantamiento armado— que llegará de ahí al poco tiempo a Jalisco y el Bajío—encabezado por Pedro Quintanar, Perfecto Castañón, Lauro Salas y muchos más tras el asesinato de los santos mártires duranguenses: San Luis Batis, San Mateo Correa, San Manuel Morales, Salvador Lara, San David Roldan en la cuesta de Santa Teresa y el entronque del Camino Real de Durango, en Agosto de 1926.
Hace cien años, durante la Fiesta de San Ignacio de Loyola, la autodenominada “Ley Calles” hizo que se cerraran los templos en México, prohibiendo el culto cristiano desde la administración de sacramentos y la celebración de misas lo mismo que la asistencia a enfermos y moribundos, originando un enorme malestar en la sociedad misma y empezando una rabiosa persecución antirreligiosa que en corto plazo desató una ola de levantamientos populares en contra de la represión violenta orquestada por el Gobierno y que derivó en lo que conocemos como la Cristiada.
La persecución antirreligiosa no tuvo límites a la hora de tratarse de víctimas pues fueron apresados, torturados y asesinados lo mismo niños que ancianos, jóvenes, mujeres, laicos y sacerdotes por el solo hecho de celebrar o asistir a misa a escondidas, persignarse al cruzar por un templo o negarse a blasfemar de su Fe como condición impuesta por las autoridades para perdonarles la vida, y a lo que la inmensa mayoría se negó, pagando con su propia sangre.
En su carácter dual dentro de la Historia tortuosa de nuestro país, como epopeya al igual que como tragedia, la Cristiada se convirtió en uno de los muchos episodios nacionales que por vergüenza y oprobio llegaron a ser silenciados tanto en archivos—muchos permanecen fuera de acceso al público, como es el caso del Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional—o los libros de texto a la hora de abordar este periodo.
La razón de este ocultamiento se debe en buena medida a dos razones de importancia: en primer lugar, a la impopularidad por parte de dicha imposición que atentaba sin razón alguna contra la libertad de expresión y de conciencia del pueblo en aquel entonces; y segundo, debido a que ante la inocencia de la Curia apostólica y gran parte de las víctimas, el régimen engañó a los obispos a través del presidente títere en turno—Emilio Portes Gil—haciendo que firmaran una paz con licenciamiento de tropas a cambio de Libertad religiosa y de conciencia, justo cuando el Gobierno estaba por ser vencido por las armas de los mexicanos inconformes, que solo fue fingida para poder desarmar y asesinar cobardemente al mayor número de jefes cristeros y combatientes posibles hasta el año de 1929, concluyendo así la primer etapa de la rebelión cristera.
Este silencio se empezó a desquebrajar sin duda hasta la llegada a nuestro país de un gran personaje como lo es el historiador franco-mexicano Jean Meyer, quien en la década de los setentas se dedicó desde sus posibilidades y alcances a investigar archivos y testimonios de la curia apostólica tanto como a combatientes, sobrevivientes y hasta a los represores.
Gracias a la brecha abierta por Meyer muchos otros investigadores y académicos han logrado realizar grandes aportaciones desde el ámbito regional, brindando la oportunidad a presentes y futuras generaciones de mexicanos de conocer la verdad al igual que de difundirla, ante la natural tendencia de los gobiernos por no abrir sus archivos o demás fondos documentales, arrojando nuevas luces sobre nuestro pasado oculto por el oficialismo a sueldo.