LA VIDA ES UN DEPORTE DE RIESGO
Siempre que pienso en la vida termino comparándola con un deporte de riesgo, aunque existan matices y diferentes niveles y concepciones de lo que es el riesgo para cada persona. Pero en todos los casos, la vida comparte muchas similitudes con los deportes arriesgados: comparte la necesidad de un objetivo exigente que nos rete, de los ingredientes necesarios para poder realizarlo a un nivel competitivo y también es necesario contar con el equipo adecuado para poder realizarlo.
Empecemos por el objetivo. Cuando desempeñamos un deporte nos fijamos diferentes metas, desde decidir qué deporte elegir hasta el porqué y para qué queremos entrenarnos y aprender a dominarlo, o al menos practicarlo lo suficientemente bien para que valga la pena el esfuerzo, el tiempo y la dedicación que exigirá llevarlo a cabo. En el caso de la vida, el objetivo final no va tanto de victorias sino de conquistas. En este sentido es más parecida al alpinismo: la vida va de conquistar cimas, de retarse y de alcanzar esa sensación de libertad que sienten los alpinistas cuando llegan a la cima y contemplan el paisaje, el cielo más cerca y la inmensidad de todo lo que los rodea. En ese instante todo se conecta y cobra un sentido profundo; valió la pena el esfuerzo físico, los cambios caprichosos e incontrolables del clima durante la subida, el oxígeno cada vez más escaso y esa presencia enfocada en cada instante de cada minuto del presente para dar cada siguiente paso hacia la cima. La elección del deporte es también fundamental, porque de ello dependerá ser capaces de disfrutar de todo el camino, de los momentos de disfrute pleno y de las caídas que sin duda se presentarán y que son necesarias para saborearlo y apreciarlo. En la vida, nuestro deporte exige identificar muy bien aquello que nos apasiona, nos motiva y da sentido a nuestra existencia, es decir, nuestra brújula. Muchos a esto lo llaman propósito vital o "Ikigai" en la cultura japonesa, pero yo prefiero desmenuzarlo en sus componentes clave: necesitamos elegir con conciencia tres cosas fundamentales a partir de nuestras capacidades, prioridades y ardientes deseos personales: 1) nuestra misión, es decir, en qué voy a enfocar mis habilidades y conocimiento no solo para salir adelante y ser autosuficiente, sino para amar lo que hacemos, ya que en ello pondremos una parte muy importante de tiempo, o sea, nuestra profesión; 2) nuestra compañía, es decir, quienes nos acompañarán durante el viaje. La vida es sin lugar a duda un deporte de equipo y, aunque seguiremos siendo siempre los únicos responsables de nuestro crecimiento y nuestras acciones para superarnos cada vez más, sin un equipo, sin la compañía adecuada a cada paso, será imposible conquistar la cima. Necesitaremos maestros y la humildad para escucharlos, compañeros de vida y amor para comprometerse y crecer juntos, amigos que celebren genuinamente nuestras alegrías y compañeros de equipo en quien poder confiar sabiendo que cada uno hará la parte del partido que le corresponde de la mejor forma posible; y 3) finalmente debemos elegir nuestra fe. En este punto no me refiero a una religión, sino a aquello que nos permitirá darle un sentido a la vida en sí misma, el porqué y para qué de nuestro tiempo en este mundo desde que nacemos y, sobre todo, cuando llegue el día de dar el último respiro. Tenemos que elegir aquello que nos permita sentirnos conectados desde lo más profundo de nuestro ser hasta todo lo que nos rodea en esta tierra, pero también más allá y con el universo. Para unos, el puente para conseguirlo será una religión; para otros, una aventura personal profunda.
Por otro lado, al igual que en los deportes, nuestra vida necesitará reglas que definan y acoten nuestras acciones para poder competir jugando "limpio". En este punto, más allá del marco legal que ya delimita nuestras libertades más operativas, en nuestras vidas debemos definir a título personal nuestro terreno de juego. Para llevar a cabo esta importante labor, debemos elegir nuestros valores y principios. Serán ellos los que pongan claras fronteras en el cómo conseguimos nuestras conquistas, pero también aquello que habrá que defender porque el no hacerlo pondría en riesgo nuestro mapa, perdiéndonos en el camino. Nuestros valores y principios deberán ser exigentes para retarnos y mantenernos fieles a un concepto del mundo y de nuestra existencia dignos de conquistar. Si los definimos en zonas grises o simplemente laxos y flexibles en función de nuestros caprichos o necesidades puntuales, lo que conseguiremos no serán conquistas sino meros "atajos" aparentes que nos muestren el camino hacia un final sin valor ni sentido. Los deportes de riesgo son otra vez un buen ejemplo de esto: sus reglas son inquebrantables porque, de no cumplirlas, ponen en riesgo serio no solo la meta sino la vida misma.
Nuestra vida también requiere una "equipación" similarmente complicada y sofisticada a la de los deportes de riesgo. Estos requieren conocimiento y las herramientas necesarias para poder llevarlo a cabo. Sin ellas, simplemente sería imposible practicarlos y mucho menos a un nivel competitivo. En la vida necesitamos conocimiento tanto práctico como personal y la capacidad de integrar ese conocimiento a cada paso para ser capaces de reinventarnos conforme la vida nos da sus lecciones, nos gusten o no, y nos cambie de lugar. La buena noticia es que esta equipación está al alcance de todos y no requiere de un presupuesto exigente. Eso sí, estar bien equipado en la vida requiere de ingredientes exigentes como el esfuerzo y la disciplina, acompañados de una buena dosis de curiosidad y ganas de superar los obstáculos que habrá que ir sorteando para avanzar.
Finalmente, he utilizado el concepto de competitividad en esta analogía de forma absolutamente consciente, no porque en la vida tengamos que ser competitivos para satisfacer a un ego o a algún código cultural que defina nuestro éxito o porque hay que vencer a otros, sino porque requiere superación. La vida no está diseñada para ser fácil, no lo es para nadie, pero sí está diseñada para ser significativa. Para que esto suceda necesitamos asumir esa responsabilidad, ser proactivos y vivir una vida que merezca ser vivida. La vida es un gran acto de coraje, de humildad, y la recompensa es llegar al final, mirar atrás y sonreír agradeciendo cada paso, cada caída y cada respiro. No hay que llegar ilesos, sino saboreando las cicatrices, conscientes del cansancio y satisfechos por haber jugado con conciencia plena y a todo pulmón, una vida buena, limpia y digna de ser recordada por los demás por el amor y el ejemplo que hayamos dejado a nuestro paso.
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