Podríamos afirmar que la guerra termina cuando cesan los disparos y las detonaciones. Para muchos soldados, sin embargo, apenas comienza otra batalla.
Observó aquella tumba en la que había vivido durante meses, una larga trinchera repleta de soldados anestesiados, con la mirada perdida. Muchos fumaban. Otros permanecían inmóviles. Algunos hablaban en voz baja de cualquier cosa.
Era una manera de sobrevivir al miedo.
El humor era lacerante, irónico. Se reían de la muerte porque ya la habían visto demasiadas veces.
La guerra puede dejar heridas que no aparecen en ninguna radiografía. Pesadillas, insomnio, sobresaltos, irritabilidad, aislamiento, dificultades para relacionarse y una extraña incapacidad para sentir. Son algunas de las manifestaciones asociadas al trastorno de estrés postraumático.
Según la Organización Mundial de la Salud, una de cada cinco personas que ha vivido una guerra o conflicto en los últimos diez años desarrolla algún trastorno mental. En las personas expuestas a conflictos violentos o guerras, la prevalencia estimada del TEPT alcanza el 15,3 %.
Pero existe otra herida menos conocida.
La llaman lesión moral.
No necesariamente nace del miedo a morir. Puede aparecer cuando un soldado mata, presencia una atrocidad, no consigue salvar a un compañero o siente que sus superiores lo obligaron a actuar contra sus propios valores.
Un estudio reciente realizado con veteranos de combate estadounidenses encontró que el 49,3 % había estado expuesto a acontecimientos potencialmente capaces de producir una lesión moral. El 6,5 % presentó síntomas clínicamente significativos.
Él no conocía esos términos.
Solo sabía que algo dentro suyo se había roto.
El enemigo se había replegado después de largos combates. Había oído que pronto se firmaría la rendición. Las órdenes no llegaban y la espera se había convertido en otra forma de agonía.
Entonces decidió irse.
Se abrió paso entre los hombres indiferentes, caminó hasta el extremo de la trinchera y salió a la superficie.
Había niebla. Siguió caminando.
Un poco más allá, un cerco de alambre de púas contenía algunos cuerpos. El olor era insoportable. Resbaló y rodó por el barro. Allí había agua putrefacta; flotaban cadáveres hinchados.
Se levantó.
No miró hacia atrás.
Llegó a una granja abandonada. El olor de la tierra húmeda le recordó su casa. Su madre. El pan recién hecho. Un jardín que hacía años que no veía.
Encontró una bomba de agua. La accionó.
El agua fresca le corrió por la cara, por el cuello, por las manos.
Y lloró.
No sabía si lloraba por haber sobrevivido o por todos los que no lo habían conseguido.
Continuó caminando.
Horas después encontró una patrulla de soldados. Cantaban, reían, se abrazaban.
-¡Terminó! -gritó uno de ellos-. ¡La guerra terminó!
Se quedó inmóvil.
Había esperado escuchar esas palabras durante meses.
Ahora que finalmente las escuchaba, no sabía qué significaban.
La guerra había terminado.
Para él, no.
Había desertado del ejército.
Todavía tendría que descubrir cómo desertar de la guerra que llevaba dentro y que muy pronto comenzaría.
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