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VIBREMOS POSITIVO

NO PUEDO CONTROLAR LA OPINIÓN QUE TODOS TIENEN DE MÍ

Creo que una de las fantasías más agotadoras que tenemos casi todos los seres humanos socialmente activos, es pensar que, si nos explicamos suficientemente bien, conseguiremos que todo el mundo nos entienda. Entonces aclaramos, justificamos, volvemos a explicar, damos contexto, incluimos antecedentes y, si hace falta, prácticamente anexamos bibliografía. Y aun así, alguien puede quedarse con una versión de nosotros que no reconocemos en absoluto.

Durante mucho tiempo eso me preocupó muchísimo. Si sentía que alguien me había malinterpretado, quería corregirlo. Necesitaba que supiera cuáles habían sido mis verdaderas intenciones, que entendiera por qué había hecho o dicho algo y, sobre todo, que reconociera que yo no era como pensaba. Sentía que, si lograba explicarme mejor, eventualmente conseguiría que esa persona viera las cosas desde mi perspectiva.

Pero con el tiempo he entendido una realidad que, aunque al principio cuesta aceptar, termina siendo bastante liberadora: no puedo controlar la opinión que cada persona tenga de mí.

Puedo controlar mi conducta, intentar actuar de acuerdo con mis valores, disculparme cuando me equivoco, corregir cuando sea necesario y aclarar algo cuando considero que realmente vale la pena. Pero después de eso, la interpretación ya no me pertenece. Cada persona construye su percepción no solamente a partir de lo que yo hago o digo, sino también desde su propia historia, sus experiencias, sus expectativas, sus heridas y su manera particular de ver el mundo.

Por eso dos personas pueden conocer exactamente a la misma persona y tener opiniones completamente distintas sobre ella. Uno puede considerarla fuerte y otra pensar que es demasiado dura. Para alguien puede ser divertida y para otra persona demasiado escandalosa. Uno puede admirar que diga lo que piensa y otra puede desear que, de vez en cuando, se guarde alguna opinión. Eso no significa necesariamente que alguna esté mintiendo; simplemente significa que ninguna nos ve completas. Y, siendo sinceros, nosotros tampoco vemos completamente a los demás. Todos interpretamos la realidad desde nuestra propia historia.

Comprender esto me ha dado muchísima paz, porque intentar administrar mi reputación dentro de la cabeza de cada persona sería un trabajo de tiempo completo.

Además, cuando vivimos intentando evitar cualquier crítica, poco a poco podemos empezar a traicionarnos. Decimos que sí cuando queremos decir que no, callamos opiniones para no incomodar, cambiamos decisiones para no decepcionar y terminamos actuando de determinada manera únicamente para conservar una imagen. Y lo peor de todo es que ni siquiera funciona, porque por más esfuerzo que hagamos siempre habrá alguien que piense que hicimos demasiado y otra persona que considere que hicimos muy poco.

No existe una versión de nosotros capaz de satisfacer todas las expectativas al mismo tiempo. Si hablamos, alguien dirá que hablamos demasiado; si callamos, quizá pensarán que somos distantes. Si ponemos límites, alguien puede considerarnos egoístas; si nunca los ponemos, probablemente terminaremos agotados. Tratar de gustarle a todo el mundo es participar en una competencia que, desde el principio, es imposible ganar.

Por eso prefiero competir en otra cosa: intentar acostarme tranquila sabiendo que actué con honestidad. Escuchar las críticas cuando contienen algo que puede ayudarme a crecer, reconocer mis errores cuando corresponde y tener la humildad suficiente para corregirlos. Pero también aprender a dejar ir aquello que únicamente pertenece a la opinión de otra persona y que no necesariamente define quién soy.

Y aquí entra algo que me ha acompañado prácticamente toda la vida. Yo tengo una personalidad fuerte y también un semblante fuerte. Muchas veces, antes de que alguien siquiera cruce palabra conmigo, ya se formó una idea sobre mí. Desde niña me ha pasado que algunas personas me perciben como una mujer difícil, alzada o, dicho coloquialmente, "sangrona", sin haber tenido una conversación conmigo.

Durante años me llamó mucho la atención que pudiera existir una opinión tan clara sobre mí antes de haberme conocido realmente. Incluso me pasó cuando comencé a dar clases de bici; hubo chavas que al principio no querían entrar porque decían que yo les daba "miedo". Después, cuando finalmente tomaban la clase, hablábamos o convivíamos un poco más, muchas terminaban diciéndome algo parecido a: "Yo pensé que eras súper seria" o "Creí que eras bien pesada y no eres nada que ver".

Y aunque hoy me da risa, durante mucho tiempo me hizo preguntarme si debía verme diferente, sonreír más, suavizar mi manera de hablar o esforzarme desde el primer minuto para demostrar que no era esa persona que alguien había imaginado. Pero ¿cómo se corrige una impresión que se formó antes de que yo hiciera absolutamente nada?

Con el tiempo entendí que tampoco quiero pasar por la vida haciendo una campaña permanente de relaciones públicas para convencer a cada persona de que soy más agradable de lo que inicialmente parezco. Quien tenga la oportunidad de conocerme irá descubriendo quién soy realmente. Y quien decida quedarse únicamente con una primera impresión, también está en su derecho, aunque quizá esa impresión diga tanto de su manera de interpretar a los demás como de mí.

Esto no significa que me niegue a revisar mi forma de relacionarme. Si alguien que me conoce y me quiere me señala que fui dura, distante o que algo de mi manera de actuar lastimó, claro que lo escucho. Tener una personalidad fuerte no puede convertirse en una excusa para no cuestionarme. Pero una cosa es hacerme responsable de mi conducta y otra muy distinta intentar hacerme responsable de todo lo que alguien proyecta sobre mí antes incluso de conocerme.

Tal vez esa ha sido una de las lecciones más importantes para mí: no necesito suavizar quién soy para resultar inmediatamente digerible para todo el mundo. Puedo aprender, mejorar y cuidar la manera en la que trato a los demás sin pedir disculpas por ocupar espacio, tener carácter o proyectar seguridad.

Esto tampoco significa volverme inmune a lo que piensa la gente. Claro que me importa. Soy humana y, como todos, prefiero sentirme querida, aceptada y comprendida. Pero hay una enorme diferencia entre escuchar la opinión de los demás y permitir que esa opinión determine todas nuestras decisiones.

Quiero aprender a utilizar la opinión ajena como información, no como dirección.

Porque si entrego a cada persona que conozco el poder de decidir quién debo ser, inevitablemente terminaré convertida en una versión de mí misma diseñada por comité. Una mezcla extraña de todo lo que los demás consideran que debería decir, hacer, pensar o sentir.

Al final, quizá lo más importante no sea conseguir que todo el mundo tenga una buena opinión de nosotras. Tal vez sea poder mirarnos con tranquilidad y saber que intentamos actuar de acuerdo con nuestros valores, que supimos corregir cuando nos equivocamos y que no tuvimos que dejar de ser quienes somos para conseguir la aprobación de los demás.

Porque no puedo controlar lo que cada persona piense de mí; pero sí puedo decidir cuánto poder le doy a esa opinión sobre la manera en la que vivo mi vida.

Yo no sé ustedes, pero yo no quiero ser espectadora de mi propia vida. Prefiero sentarme, ver mi café y, aunque no tenga la espuma perfecta, tomármelo caliente, mío, y en paz. Te invitamos a seguirnos en nuestras redes sociales, en Facebook como vibremospositivo, en Instagram como @jorge_lpz, @vengavibremospositivo y @lucyhopco, escríbenos a jorge@squadracr.com.

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