LOS DISFRACES QUE TAMBIÉN LLEVAMOS AL TRABAJO
No todos los disfraces aparecen en Halloween. Algunos entran a trabajar con nosotros todos los lunes.
Está el líder que interpreta al personaje que siempre tiene la respuesta. La persona agotada que se disfraza de colaborador incansable. Quien sonríe para que nadie descubra que atraviesa un momento difícil. Quien modifica su manera de hablar, vestir o comportarse para parecer "más profesional". Quien quiere lucir y brillar, y ajusta hasta el aro de luz para la reunión virtual porque no le gusta verse oscura.
También están quienes representan al personaje que nunca se molesta, al que siempre puede recibir una tarea adicional, al que no necesita reconocimiento o a quien aparentemente nada le afecta.
A diferencia de los disfraces de Halloween, estos no siempre se notan.
No tienen máscaras, capas ni maquillaje; se construyen con respuestas como "todo bien", "yo puedo", "no te preocupes" o "déjamelo a mí", incluso cuando por dentro la persona quisiera decir algo completamente diferente.
Ahora bien, todos desempeñamos ciertos roles.
No hablamos de la misma manera con nuestros amigos que durante una reunión directiva, y tampoco necesitamos contarles a nuestros compañeros cada detalle de nuestra vida para ser auténticos, pues la intimidad también necesita límites y el profesionalismo implica comprender el contexto en el que nos encontramos. Siempre he dicho momentos, lugares y personas.
El problema no es interpretar un rol. El problema comienza cuando ya no podemos quitárnoslo. Cuando el personaje que construimos para encajar ocupa tanto espacio que termina silenciando a la persona que existe detrás de él.
A veces estos disfraces no nacen de la falsedad, sino de la necesidad de protegernos. Una persona pudo aprender que mostrar cansancio era interpretado como falta de compromiso. Otra descubrió que contradecir al jefe tenía consecuencias. Alguien entendió que hablar sobre su familia, su orientación sexual, sus emociones o sus necesidades podía convertirlo en objeto de críticas.
Entonces fue ajustando su comportamiento, su imagen, sus palabras, sus opiniones y así todo terminó siendo un disfraz.
Aprendió a sonreír, aunque estuviera en desacuerdo. A guardar silencio para no parecer conflictivo. A mostrarse siempre disponible para conservar una oportunidad. A ocultar partes de su personalidad para no ser considerado intenso, sensible, ambicioso o diferente. O a estar en la posición perfecta ante una cámara para no reflejar algo que no desea.
El disfraz comenzó como una forma de adaptación, pero con el tiempo terminó convirtiéndose en una prisión.
Y sostener un personaje durante ocho o diez horas al día también produce cansancio.
Agota aparentar que sabemos cuando necesitamos preguntar. Fingir entusiasmo cuando estamos desconectados. Decir que podemos con todo cuando necesitamos apoyo. Ocultar una idea por miedo a llamar demasiado la atención o intentar proyectar seguridad cuando lo que realmente necesitamos es una conversación honesta.
Lo más curioso es que algunos de estos personajes son premiados.
El líder que nunca dice "no sé" puede parecer seguro, aunque su necesidad de tener siempre la razón impida que otros participen.
La persona que responde mensajes a cualquier hora puede recibir reconocimiento por su compromiso, aunque esté sacrificando sus descansos y su vida personal.
Quien nunca pone límites puede ser considerado un excelente compañero, hasta que el cansancio le cobra todo aquello que aceptó en silencio.
A veces las organizaciones reconocen al personaje mientras la persona paga el precio.
Pero las empresas también utilizan disfraces.
Algunas se presentan como una gran familia, aunque castigan el desacuerdo. Hablan de bienestar mientras mantienen cargas imposibles. Promueven la flexibilidad, pero desconfían de quien decide utilizarla. Invitan a las personas a expresar sus ideas, siempre que esas ideas no incomoden demasiado. O las empresas que exigen innovación y, cuando surge un ¡y si lo hacemos diferente!, expresan: ¡no, aquí lo hemos hecho siempre así!
Colocarse el disfraz de una organización humana es sencillo.
Lo difícil es demostrarlo cuando alguien necesita tiempo, atraviesa una enfermedad, pone un límite, comete un error o expresa una opinión distinta.
Por eso la autenticidad en el trabajo no depende únicamente de la valentía individual. También necesita culturas en las que las personas no sientan que mostrar quiénes son puede poner en riesgo su reconocimiento, sus oportunidades o su permanencia.
Esto no significa convertir la oficina en un confesionario ni compartir aquello que deseamos mantener en privado.
Ser auténticos tampoco consiste en decir todo lo que pensamos sin considerar a los demás. La frase "así soy yo" no debería utilizarse como una autorización para actuar sin empatía o responsabilidad.
La autenticidad madura no exige mostrarles todo a todos; consiste en no tener que desaparecer para pertenecer.
Esta semana veremos disfraces que se utilizan durante unas horas y después regresan al armario.
Ojalá también podamos reconocer aquellos que llevamos puestos desde hace años y que ya comienzan a pesarnos.
Porque crecer profesionalmente no debería significar convertirnos en alguien que los demás puedan aceptar, pero que nosotros ya no logramos reconocer.
Y mientras llega nuestro próximo encuentro, quiero dejarte una pregunta:
¿Qué parte de ti escondes para interpretar el personaje que crees que los demás esperan?
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