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VIBREMOS POSITIVO

VERDAD SIN FILTROS

No sé si a ustedes les está pasando lo mismo, pero antes, cuando veía una imagen impactante en redes sociales, mi reacción era bastante básica. "Woow" y la compartía. Fácil, rápido y con cero espíritu crítico. Pero desde que las imágenes creadas con inteligencia artificial invadieron mi feed como si fueran turistas en temporada alta, mi cerebro vive en estado de sospecha permanente. Ya no sé si estoy viendo una foto real o una obra de arte digital.

Hubo un tiempo en que el mayor engaño visual era el filtro de perrito de Snapchat. Luego llegaron las fotos "perfectamente imperfectas". Por mucho tiempo, el mayor riesgo de las redes sociales era el exceso de filtros. Rostros impecables, atardeceres exageradamente naranjas y cafés que parecían más importantes que una pintura de Picasso. Hoy el problema es otro: ya no sabemos si lo que vemos ocurrió realmente.

La proliferación de imágenes generadas con inteligencia artificial ha introducido un elemento inquietante en nuestra experiencia digital: la duda permanente. No hablo de retoques estéticos ni de memes evidentes. Me refiero a imágenes hiperrealistas capaces de engañar incluso a usuarios atentos.

El caso del Papa Francisco con abrigo blanco estilo pasarela es un ejemplo paradigmático. La imagen era falsa, pero su nivel de detalle y naturalidad la hicieron creíble para millones de personas. En cuestión de horas, había dado la vuelta al mundo. La aclaración llegó después (como casi siempre), cuando el daño ya estaba hecho.

El problema no es únicamente tecnológico; es cultural. Las redes sociales premian la velocidad, no la verificación. Compartimos antes de confirmar. Reaccionamos antes de contrastar. Y en ese ecosistema, una imagen falsa bien diseñada tiene todas las ventajas. El impacto va más allá de la anécdota viral. Cada vez que un usuario comparte contenido falso, su credibilidad se erosiona. Tal vez no de forma inmediata ni evidente, pero sí progresiva. La confianza digital (ese capital invisible que construimos con cada publicación) puede deteriorarse con una sola imagen engañosa.

Más preocupante aún es el efecto acumulativo. Cuando la manipulación visual se vuelve cotidiana, comenzamos a desconfiar de todo. Fotografías reales de conflictos, desastres o movilizaciones sociales pueden ser descartadas como "otro montaje más". La saturación de imágenes artificiales no solo facilita la desinformación; también debilita la fuerza de la evidencia auténtica. En este escenario, las fake news encuentran terreno fértil. No necesitan fabricar grandes teorías conspirativas: basta con sembrar imágenes impactantes que activen emociones rápidas. Indignación, miedo, sorpresa. La viralidad hace el resto.

No se trata de demonizar la inteligencia artificial. Es una herramienta poderosa con aplicaciones creativas y productivas innegables. El desafío está en el uso indiscriminado y en la falta de alfabetización digital para reconocer sus límites. La pregunta, entonces, no es si debemos frenar la tecnología. La pregunta es si estamos preparados para convivir con ella sin sacrificar el criterio. Como usuarios, necesitamos adoptar una nueva ética del compartir: verificar antes de difundir, cuestionar antes de reaccionar y entender que cada publicación también construye (o debilita) nuestra reputación. La credibilidad no se compra ni se edita con algoritmos; se construye con responsabilidad.

Tal vez el verdadero aprendizaje de esta era no sea tecnológico, sino humano. La inteligencia artificial no está poniendo en crisis la verdad por sí sola. Nos está obligando a decidir qué tipo de ciudadanos digitales queremos ser. Y esa decisión, a diferencia de las imágenes generadas por IA, todavía es auténticamente nuestra.

Pero, entonces, ¿qué hacemos ahora ante la incertidumbre de saber qué es real y qué no? Yo, personalmente, decidí seguir estos pasos y me ha funcionado bastante bien:

• No compartir inmediatamente.

• Buscar la fuente original.

• Verificar si medios confiables la han publicado.

• Y, cuando algo parece demasiado espectacular… sospechar con cariño.

No se trata de vivir paranoico, sino de ser un poco más consciente. Porque en este nuevo ecosistema digital, nuestra credibilidad es como una planta: crece lentamente, pero puede marchitarse rápido si la regamos con desinformación. Al final, no es que la inteligencia artificial esté destruyendo la verdad. Es que nos está obligando a madurar como usuarios y a investigar antes de creer todo lo que vemos.

Y aunque a veces extraño la inocencia del "woow" sin preguntas, creo que este nuevo escepticismo saludable puede ser una oportunidad.

Te invitamos a seguirnos en nuestras redes sociales, en Facebook como vibremospositivo; en Instagram como @jorge_lpz, @vengavibremospositivo y @lucyhopco. Escríbenos a jorge@squadracr.com.

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Escrito en: Yuri

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