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VIBREMOS POSITIVO

VIAJEROS SOLITARIOS

Por momentos parecía invisible. Caminaba unos pasos detrás del grupo, con una cámara fotográfica demasiado grande colgando del cuello y una expresión suspendida entre el cansancio y la distracción. Nadie sabía con certeza cuántos años tenía. Su rostro podía pertenecer tanto a un hombre de cincuenta como a uno de setenta. Era de esos viajeros que no dejan una impresión inmediata: hablan poco, sonríen apenas y evitan cualquier conversación que roce la intimidad.

Lo conocí durante un recorrido por varias ciudades japonesas. Al principio intentó integrarse con discreción: compartía mesa en los desayunos, escuchaba conversaciones ajenas y acompañaba algunas bromas con una risa breve, casi automática. Pero había algo en él que levantaba una barrera invisible. Mientras los demás comentaban paisajes o planeaban excursiones, él se alejaba lentamente para buscar otro ángulo, otra luz, otra escena.

La cámara parecía una extensión de su cuerpo. La sostenía con devoción, como si allí estuviera el verdadero motivo del viaje. Fotografíaba fachadas antiguas, mercados callejeros y estaciones de tren, aunque sobre todo capturaba personas: rostros distraídos, perfiles iluminados por el atardecer, adolescentes caminando solos mirando el teléfono o riendo entre amigos. No resultaba invasivo ni ostentoso; más bien transmitía una mezcla difícil de nombrar entre fascinación y melancolía.

Con el paso de los días, el grupo dejó de incluirlo de manera espontánea. Nadie lo rechazó abiertamente; simplemente dejaron de esperarlo. Cuando desaparecía durante horas para tomar fotografías, las excursiones continuaban sin él. Y, de alguna forma, daba la impresión de que aquello lo aliviaba. Como si la exclusión le permitiera regresar al estado que mejor conocía: la soledad.

Intenté conversar varias veces. Respondía con amabilidad, aunque desviaba cualquier pregunta personal. Nunca hablaba de familia, amigos ni trabajo. Sus respuestas eran fragmentos mínimos: había viajado mucho, prefería las ciudades grandes, odiaba los aeropuertos modernos. Cada vez que la charla amenazaba con profundizarse, levantaba la cámara o miraba hacia otro lado.

Había en él una fragilidad difícil de explicar. Parecía vivir aferrado a pequeños rituales para no desmoronarse del todo. Tal vez por eso seguía viajando en grupos organizados. No porque disfrutara de la compañía, sino porque intuía que ya no podía enfrentarse completamente solo al mundo. El turismo colectivo funcionaba como una red invisible: horarios, traslados, habitaciones reservadas, voces alrededor. Una estructura suficiente para sostenerlo sin exigirle demasiado.

En los últimos días del viaje casi no habló con nadie. Caminaba detrás del grupo y se detenía de vez en cuando para capturar una imagen. A veces parecía un hombre anciano; otras, un niño triste perdido entre desconocidos.

Nunca volví a verlo. Pero todavía recuerdo la forma en que observaba a los demás desde cierta distancia, como alguien que hubiese llegado tarde a todas partes. Quizás viajar era para él una manera de seguir buscando algo imposible: un lugar donde dejar de sentirse solo sin necesidad de explicarse.

La soledad dejó de ser una experiencia excepcional para convertirse en una realidad cada vez más común. En España, más de 5.5 millones de personas viven solas, medio millón más que hace apenas cinco años. Los hogares unipersonales son los que más crecieron desde 2021. La Organización Mundial de la Salud estima que una de cada seis personas en el mundo se siente sola y relaciona este fenómeno con más de 871 mil muertes al año.

En paralelo, los viajes en solitario continúan creciendo desde la pandemia. En Reino Unido aumentaron un 89 % durante la última década y, según Hostelworld, el 66 % de quienes viajan solos tienen entre 18 y 30 años; además, la mayoría son mujeres. Para muchos, el principal motivo no es el aislamiento, sino la libertad: decidir horarios, rutas y tiempos sin depender de nadie más.

Sin embargo, detrás de esa narrativa de independencia también aparece una dimensión menos visible. En foros y comunidades de viajeros, muchas personas reconocen que comenzaron a viajar solas simplemente porque ya no tenían con quién hacerlo.

Quizás por eso algunos viajeros parecen avanzar entre paisajes y multitudes con una nostalgia silenciosa. Como si cada trayecto fuera también una manera de negociar con la ausencia, de llenar ciertos vacíos o de aprender a convivir con ellos mientras el mundo sigue moviéndose alrededor.

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Escrito en: columnas editorial Armando Fuentes Aguirre (Catón)

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