ESE HERMOSO SENTIMIENTO QUE VIVIMOS CADA 4 AÑOS
Hay algo profundamente extraño, y quizás profundamente humano, en ver cómo el mundo entero puede detenerse emocionalmente por un balón mientras afuera todo parece caerse en pedazos.
El país está que arde, hay 8 marchas programadas para el día de la inauguración del Mundial, el descontento social está peor que nunca, la inflación por los cielos (aunque en la mañanera nos digan otra cosa), las guerras continúan en todo el mundo, la polarización política y social ya convirtió cualquier comida familiar en una zona de alto riesgo, la ansiedad colectiva anda tan alta que ya nadie puede dormir bien.
Pero entonces empieza el Mundial… y de pronto el planeta entero decide hacer una pausa emocional para discutir si hubo fuera de lugar.
Y la verdad, lo entiendo perfectamente. Porque hay algo casi terapéutico en reemplazar, aunque sea por noventa minutos, las tragedias globales por un problema muchísimo más manejable: "¿Por qué metieron a ese jugador si claramente no estaba funcionando?"
El Mundial tiene ese extraño poder de simplificarnos la vida. Durante unas semanas dejamos de ser analistas políticos, sobrevivientes del estrés moderno y adultos funcionalmente agotados, para convertirnos nuevamente en niños que creen que un gol puede arreglarles el día. Y quizás sí puede. Porque el futbol logra algo que ya casi nada consigue: ponernos de acuerdo en sentir algo al mismo tiempo.
En una época donde todos vivimos encerrados en algoritmos distintos, opiniones distintas y realidades distintas, el Mundial logra el milagro contemporáneo de hacernos mirar hacia el mismo lugar. Aunque solo sea para gritarnos si era o no era penal.
Porque, si algo demuestra esta temporada mundialista, es que el ser humano puede ignorar elegantemente cualquier prioridad cuando realmente se compromete.
Hay gente que jamás ha leído una propuesta política completa, pero lleva tres semanas estudiando estadísticas acerca de qué equipos son los favoritos para llevarse el trofeo y por qué. Adultos incapaces de contestar un correo importante, pero perfectamente disponibles para discutir arbitrajes con intensidad diplomática. Personas que no encuentran tiempo para terapia… pero sí para ver Ecuador contra Senegal un martes a las siete de la mañana.
Y, honestamente, ¿quién podría juzgarnos? Vivimos agotados. Agotados de las noticias. De la incertidumbre. De la productividad obligatoria. De sentir que el mundo exige que estemos informados, indignados y funcionales al mismo tiempo.
Quizás por eso el Mundial se siente tan adictivo: porque durante un rato nos da permiso de preocuparnos por algo emocionalmente inútil… y profundamente delicioso. Durante el Mundial nos importa si México pasa a octavos. Nos importa si el árbitro estaba comprado. Nos importa si esta generación "sí trae con qué". Y nos importa muchísimo durante noventa minutos, porque podemos desconectarnos de nuestra realidad. Y qué descanso tan hermoso es eso. Porque a veces sobrevivir también consiste en distraerse.
No toda evasión es irresponsabilidad. A veces es simplemente un pequeño mecanismo de defensa colectivo. Un acuerdo silencioso entre millones de personas para decir: "Sí, el mundo está complicado… pero hoy necesito gritar un gol".
Además, el Mundial revela algo bastante conmovedor sobre nosotros: seguimos necesitando esperanza irracional. Cada cuatro años creemos que "ahora sí". Ahora sí vamos a llegar lejos. Ahora sí va a ser diferente. Ahora sí algo nos va a unir. Y aunque la lógica diga otra cosa, seguimos creyéndolo. Con fe absurda. Con nervio auténtico. Con una ilusión casi infantil que, en tiempos tan cínicos, hasta se agradece.
Tal vez por eso el futbol nunca será solamente futbol. Porque en realidad no vemos partidos. Vemos la posibilidad de sentirnos parte de algo. De abrazar desconocidos. De olvidar pendientes. De suspender tantito la angustia adulta. Aunque sea hasta que termine el partido… y vuelva la realidad.
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