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VIBREMOS POSITIVO

EL ÚLTIMO CUADRO

Joaquín Sorolla estaba pintando cuando su cuerpo decidió detenerlo. Tenía 57 años. Frente a él, Mabel Rick posaba. A su lado, su marido observaba la escena. Nadie sabía que estaban asistiendo a las últimas pinceladas del pintor de la luz.

Madrid, 17 de junio de 1920.

Era una mañana templada y Sorolla trabajaba en el jardín de su casa. Bajo una pérgola, Mabel Rick posaba para él. Su marido, el escritor Ramón Pérez de Ayala, permanecía cerca.

Sorolla pintaba.

Como tantas otras veces.

Había dedicado su vida a perseguir la luz. A atraparla antes de que cambiara. A convertir el sol, el agua, los jardines y los cuerpos humanos en manchas de color.

Pero aquella mañana algo estaba a punto de quebrarse.

Sorolla se levantó y comenzó a caminar hacia su estudio. Subió algunos escalones.

Y cayó.

Al principio pensaron que había tropezado.

Pero cuando intentaron ayudarlo comprendieron que no podía sostenerse en pie. Algo extraño había ocurrido en su rostro. Una parte de él había quedado inmóvil.

Pérez de Ayala lo entendió antes que nadie.

La cuerda, escribió después, se había roto.

Sorolla había sufrido una hemiplejia.

Pero todavía no había terminado de pintar.

Quizás porque todavía no podía aceptar que aquello fuera el final. Quizás porque para él pintar no era un oficio, sino una forma de estar vivo.

Volvió frente al lienzo.

La mano izquierda ya no podía sostener la paleta. La derecha apenas obedecía.

Aun así, tomó el pincel.

Y pintó.

Cuatro pinceladas.

Cuatro trazos largos, inseguros, desesperados.

Después dejó de intentarlo.

-No puedo -murmuró, con lágrimas en los ojos.

Ese fue el final.

El cuadro quedó allí, detenido en medio de su nacimiento: el retrato de Mabel Rick, esposa de Ramón Pérez de Ayala. La preparación del lienzo todavía puede verse en grandes zonas. El rostro, apenas insinuado. La obra quedó incompleta.

Pero quizás precisamente por eso se convirtió en algo más.

En un testimonio.

En la última vez que la mano de Sorolla obedeció al deseo de pintar.

Durante los tres años siguientes intentó recuperarse, pero nunca volvió a pintar. El hombre que había hecho de la luz una materia casi palpable quedó condenado a contemplarla sin poder atraparla nuevamente. El Museo Sorolla señala que aquel ataque de hemiplejia le impidió pintar durante sus últimos tres años de vida.

El 10 de agosto de 1923, en Cercedilla, Madrid, Joaquín Sorolla murió.

Tenía 60 años.

Habían pasado tres años desde aquellas cuatro pinceladas.

Su último cuadro seguía incompleto.

Quizás no podía haber otro final para un pintor como Sorolla.

Porque su última obra no terminó cuando murió.

Terminó aquella mañana de junio de 1920, cuando quiso seguir pintando y descubrió, con lágrimas en los ojos, que su mano ya no podía hacerlo.

Cuatro pinceladas.

Cuatro intentos de vencer al cuerpo.

Cuatro pequeños trazos contra la muerte.

Y después, el silencio.

El último cuadro de Sorolla quedó para siempre detenido en el instante en que la vida le dijo:

"No puedes más."

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