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VIBREMOS POSITIVO

LA CIUDAD Z

La obsesión de un explorador que desafió a la selva y desapareció en busca de una civilización perdida.

Percy Harrison Fawcett tenía 58 años y una certeza que lo acompañaba desde hacía décadas: en algún lugar de la Amazonia existía una civilización que el mundo desconocía.

Era 1925. Mientras otros hombres de su edad comenzaban a hacer un balance de sus vidas, Fawcett se preparaba para emprender una nueva expedición. No buscaba oro ni riquezas. Lo impulsaba algo más poderoso, la convicción de que su descubrimiento podía darle un sentido trascendente a su existencia.

La había bautizado con una sola letra: Z.

Militar británico, cartógrafo y explorador, Fawcett conocía los territorios más inhóspitos de Sudamérica. Durante años había recorrido regiones del interior brasileño y recogido indicios, relatos indígenas y referencias a antiguas construcciones que alimentaban su hipótesis. Creía que, oculta bajo la vegetación, podría sobrevivir la huella de una civilización sofisticada, anterior a la llegada de los europeos.

Para muchos, era una fantasía. Para él, una verdad que todavía no había conseguido demostrar.

En abril de 1925 partió desde Brasil junto con su hijo Jack, de 21 años, y el amigo de este, Raleigh Rimmell. Los tres se internaron en el Mato Grosso, una inmensidad de bosques, ríos y territorios apenas conocidos por los exploradores occidentales.

Al principio llegaron noticias de su avance. Después, los mensajes se hicieron cada vez más escasos. Finalmente, el silencio.

Nadie volvió a verlos.

La selva no entregó cuerpos, equipajes ni una explicación definitiva. Solo dejó preguntas. ¿Habían sido víctimas de una enfermedad, del hambre o de algún accidente? ¿Habían sucumbido ante las dificultades del terreno? ¿Habían sido atacados? ¿O habían encontrado algo que nunca llegaron a contar?

Con el tiempo, la desaparición de Fawcett se convirtió en una de las grandes incógnitas de la historia de la exploración. Numerosas expediciones intentaron reconstruir sus últimos pasos. Algunas personas afirmaron conocer su destino; otras alimentaron la posibilidad de que hubiera sobrevivido entre comunidades indígenas. Ninguna hipótesis consiguió cerrar definitivamente el caso.

Pero quizá la historia de Fawcett no hable solamente de una ciudad perdida.

También habla de esa fuerza que puede apoderarse de un hombre cuando encuentra una idea capaz de organizar toda su vida. Una idea que deja de ser una posibilidad y se convierte en una necesidad. Que ya no admite renuncias, porque abandonarla sería abandonar también aquello en lo que uno se ha convertido.

Fawcett caminó hacia Z convencido de que iba a descubrir un secreto del pasado. Tal vez nunca comprendió que, en aquella aventura, el verdadero misterio era el límite entre la voluntad humana y la naturaleza.

El Mato Grosso escuchó los rumores sobre aquellos tres exploradores ingleses. Los dejó avanzar entre sus árboles, cruzar sus ríos y confiar en sus mapas. Guardó sus secretos mientras el entusiasmo palpitaba en sus corazones.

Y después, simplemente, los perdió de vista.

La selva no necesitó demostrar nada. No tuvo que defender sus misterios ni castigar a quienes se acercaban. Le bastó con seguir siendo inmensa, indiferente a las certezas humanas.

Percy Fawcett salió a buscar una ciudad que nadie había conseguido encontrar. La selva se quedó con el hombre que creyó saber dónde estaba.

Y Z, desde entonces, continúa habitando ese territorio incierto donde la historia termina y comienza la leyenda.

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