LA HUELLA QUE DEJAMOS EN LOS DEMÁS
Hay personas que ya no están y, sin embargo, siguen apareciendo en nuestra manera de vivir.
Están en una frase que repetimos, en una receta que seguimos preparando, en una decisión que tomamos o en la forma en que aprendimos a tratar a los demás.
Su presencia ya no ocupa una silla, pero continúa habitando nuestra memoria.
Como colombiano que ha encontrado un hogar en México, hay algo del Día de Muertos que sigue conmoviéndome: aquí la memoria no siempre se viste de silencio. Tiene flores, colores, fotografías, comida y nombres. Por unos días, quienes se fueron vuelven a sentarse simbólicamente a la mesa.
Y quizá esta tradición también nos invita a hacernos una pregunta incómoda:
¿Qué quedará de nosotros cuando ya no estemos?
No me refiero solamente a la muerte.
Durante nuestra vida dejamos muchos lugares. Cambiamos de trabajo, terminamos proyectos, nos alejamos de algunas relaciones y dejamos equipos, ciudades y etapas que alguna vez parecieron permanentes.
Sí, piénsalo.
Ese trabajo que decíamos amar termina algún día, porque aparece una nueva oportunidad o porque simplemente dejamos de reconocernos en él.
Esa persona de la que sacábamos pecho al decir "es mi gran amigo" puede convertirse, con el paso del tiempo, en alguien que solo estuvo durante una etapa de nuestra historia.
Incluso quien prometimos amar hasta la muerte puede terminar sentado frente a nosotros, firmando un acta de separación y con la intención de no volver a encontrarse.
Pero de ninguna historia salimos con las manos vacías.
Cada vez que nos vamos, algo nuestro permanece en los demás y algo de ellos continúa caminando con nosotros.
En el trabajo solemos preocuparnos por construir una trayectoria. Acumulamos cargos, reconocimientos, resultados y experiencias para demostrar lo que hemos conseguido.
Compartimos con entusiasmo en LinkedIn cada evento, diploma o cambio de rol, y no tiene nada de malo hacer visible nuestro recorrido. Pero pocas veces nos detenemos a pensar qué estamos dejando en las personas con las que nos cruzamos durante esos proyectos.
Un currículum puede decir dónde trabajamos y qué responsabilidades tuvimos, pero difícilmente contará quién recuperó la confianza gracias a nosotros, quién se atrevió a compartir una idea porque encontró un espacio seguro o quién continuó utilizando algo que le enseñamos mucho después de que nos fuimos.
La verdadera huella casi nunca cabe en un currículum.
Tampoco necesita ser extraordinaria.
Tal vez alguien aprendió a respetar su descanso porque nunca le enviaste un mensaje innecesario a medianoche. Quizá una persona se sintió capaz porque confiaste en ella antes de que pudiera confiar en sí misma. A lo mejor un compañero recuerda que lo escuchaste cuando atravesaba un momento difícil, sin intentar resolverlo todo con una frase apresurada.
Pero también podemos dejar huellas dolorosas; esas que yo prefiero llamar cicatrices.
Hay personas que aprendieron a guardar silencio porque alguna vez ridiculizamos su opinión. Otras dejaron de proponer porque nunca reconocimos sus ideas. Alguien pudo comenzar a dudar de su talento después de trabajar con un líder que únicamente señalaba sus errores.
Nuestra huella no depende solamente de nuestras intenciones, sino también del efecto que nuestras acciones producen en los demás.
Los líderes deberían pensar con mayor frecuencia en esto.
Su legado no se encuentra únicamente en los resultados que alcanzaron, sino en el tipo de personas y equipos que ayudaron a construir.
Un buen líder no deja colaboradores que dependen de él para tomar cada decisión. Deja personas que aprendieron, crecieron y pueden continuar avanzando cuando ya no está.
Las organizaciones también dejan huellas.
Una persona puede olvidar el nombre de un proyecto, pero difícilmente olvidará a la empresa que la acompañó durante una enfermedad, al jefe que le permitió atender una emergencia familiar o al equipo que volvió a confiar en ella después de cometer un error.
Tampoco olvidará el lugar en el que tuvo que elegir constantemente entre su trabajo y su vida.
Por eso, hablar de equilibrio, flexibilidad y responsabilidad no consiste únicamente en diseñar políticas. También implica preguntarnos cómo será recordada una etapa laboral por quienes la vivieron.
Ahora bien, dejar huella no significa intentar convertirnos en personas inolvidables. Eso podría ser solamente otra manera de alimentar el ego: ese mismo que todos afirmamos no tener, pero que aparece cuando necesitamos que aquello que hicimos lleve nuestro nombre.
Muchas de las mejores huellas son silenciosas.
Viven en alguien que aprendió a liderar con respeto porque un día fue tratado con respeto. En una persona que ahora escucha porque alguna vez fue escuchada. En quien decidió ofrecer una oportunidad porque recuerda lo que significó que alguien se la ofreciera primero.
También viven en quien aprendió a responder un "hola", porque alguien le enseñó que reconocer la presencia del otro es una forma sencilla de hacerlo sentir importante.
Durante estos días recordaremos a quienes ya no están. Pondremos fotografías, diremos sus nombres y contaremos nuevamente esas historias que nos permiten sentir que su paso por nuestra vida todavía tiene sentido.
Pero quizá también sea una oportunidad para pensar en la historia que estamos escribiendo mientras seguimos aquí.
Porque algún día dejaremos el cargo, el equipo, la oficina o la etapa que hoy ocupa gran parte de nuestras preocupaciones.
Los indicadores cambiarán, los pendientes encontrarán a alguien más y muchos de nuestros logros serán reemplazados por otros. Como suelo decir: cuando nos vayamos, el letrero de la empresa continuará en su sitio.
Lo que podría permanecer es la manera en que hicimos sentir, crecer o creer a quienes caminaron durante un tiempo a nuestro lado. Quizá también recuerden nuestra pasión, nuestra forma de acompañar o cómo la energía de un lugar podía cambiar con nuestra llegada y un simple saludo.
Y mientras llega nuestro próximo encuentro, quiero dejarte una pregunta:
¿Qué parte de ti permanecería en los demás si mañana ya no ocuparas el lugar que hoy tienes?
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