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LUIS RUBIO

A la memoria de Don Miguel Mancera Aguayo

¿Qué será peor, tener un proyecto de futuro que empata con la cambiante realidad del país y del mundo o pretender que es posible sobrevivir aislados en la era de la ubicuidad de la información y la exacerbación de las expectativas? Esta interrogante yace en el corazón de la sabiduría que por muchas décadas destiló y compartió con todo aquel que quisiera escuchar a David Konzevik.

Konzevik llegó a México justo en el momento en que el país experimentaba su peor era de crisis financieras. Su perspectiva, profundamente inteligente, pero también libre del cochambre que nos caracteriza, contribuyó de manera decisiva a enfocar al país hacia el futuro y hacia afuera.

Quizá nada resuma su filosofía política mejor que su frase lapidaria: "En democracia y en el mundo globalizado el poder es como un violín: se toma con las izquierda pero se toca con la derecha".

México estaba sumido en sus crisis mientras que la retórica gubernamental insistía que "vamos en la dirección correcta" o, en el vernáculo actual, simplemente "vamos bien". Konzevik insistía que "en un mundo donde el desafío es que la brecha entre las expectativas y la realidad no se  hagan intolerables para la sociedad, o dicho de otra manera donde las expectativas suben por el elevador y el nivel de vida por las escaleras, el tema no es la dirección correcta, sino la velocidad". Y proseguía "el tema de la velocidad tiene que ver con lo que es la clave de nuestro tiempo: el pasado ya no cuenta. La gente mira a los costados y si otros están mejor se siente infeliz. Vivimos en un mundo donde lo absoluto tampoco cuenta. Lo relativo es lo relevante".

Esta sabiduría no sobra en la era en que el gobierno intenta restaurar el pasado en lugar de construir el futuro.

En un mundo crecientemente complejo, en vez de sociedad del conocimiento, "deberíamos decir que estamos en la "sociedad de la ignorancia". Y añadía: "quien piense que las cosas no se pueden poner peor no conoce la historia de (su nativa) Argentina". Porque "los pobres de hoy son ricos en información y millonarios en expectativas". En esas circunstancias, "el arte de gobernar es el arte de manejar las expectativas. El país ha mejorado, pero en el manejo de expectativas nuestros gobiernos de las últimas décadas han sido atroz".

En uno de mis libros comencé con un epígrafe de León Felipe: "Voy con las riendas tensas y refrenando el vuelo, porque no es lo que importa llegar solo ni pronto sino llegar con todos y a tiempo". Al respecto, David me escribió: "en la vieja y perturbadora diferencia entre la democracia que busca la igualdad y la economía de mercado que acepta la inevitable desigualdad -con sus problemas de conciliación-, la expresión 'ni pronto sino llegar con todos y a tiempo', puede insinuar que es irrelevante la velocidad y que con todos y a tiempo puede leerse como una igualdad utópica, o peor aún como aceptable una pobreza homogeneizadora 'a la Fidel'".

"El mundo digital modifica el tiempo y la distancia. La tecnología actual permite a cualquier persona ver cómo viven los demás en tiempo real. 'No se desea lo que no se conoce' decía Ovidio hace 2000 años, y por ello, en la actualidad todos desean lo que saben que existe y no tienen. El desafío para todo sistema político es que además lo quieren ya". Por lo tanto, "el arte de gobernar es el arte de manejar esa brecha, lo que Borges hubiera llamado 'el tamaño de mi ignorancia'".

Sobre la educación decía que "si el gobierno no pone a la educación como la más alta prioridad, no importa lo que haga, habrá perdido el futuro [porque] enseñar a pensar es la asignatura toral". Sobre el mérito afirmaba que "México se ha convertido en un país de títulos universitarios, debe convertirse en un país meritocrático. Las universidades prometen títulos, deberían de prometer capacidades acordes al futuro". Y concluía: "así como Argentina fue adicta a Perón, México es adicto a los mesiánicos populistas que irresponsablemente pintan promesas incumplibles".

Como "el tiempo es todo, el momento en que se toman las decisiones es fundamental". Si se quiere tener éxito como gobierno, "el respeto irrestricto a la ley y la eliminación de la corrupción como fenómeno cotidiano son prerrequisitos para ser exitoso. De otra manera, se está construyendo un enorme edificio sobre una superficie de lodo".

Un día le comenté que Domingo Cavallo, exsecretario de economía de Argentina, le había mandado saludos. Típico de David, de inmediato acotó el cumplido: "En cuanto al calificativo de brillante que me endilga, no olvides que estuviste hablando con un argentino. Como sabes mis paisanos tienen una peculiar adjetivación para referirse a otro argentino: Si el tipo es mediocre, lo llaman brillante. Si el tipo es bueno, lo llaman excepcional. Si el tipo es brillante, lo llaman genio Y si el tipo es un genio, lo llaman colega...".

Konzevik desarrolló su teoría de la revolución de las expectativas porque estaba convencido que ese era el factor que definía nuestro tiempo. Por eso, "el arte de gobernar en una dictadura es el arte de manejar el miedo; el arte de gobernar en una democracia es el arte de manejar las expectativas". Por encima de todo, "hay que repensar lo pensado y pensar lo no pensado".

¿Será posible que el gobierno actual se repiense?

@lrubiof

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