Con cínico desparpajo, en pleno regocijo de su villanía criminal, Donald Trump ha sepultado lo que hubiese quedado de la antigualla denominada "derecho internacional" y, al invadir Venezuela y secuestrar a su presidente, Nicolás Maduro, ha dado el golpe inaugural de la implantación de la doctrina "Donroe" que pretende someter, incluso por la fuerza militar, a los países de América a los intereses de Estados Unidos.
Trump, con sueños de emperador-policía de toda América, ni siquiera se parapetó tras cierta dosis de engaño aunque sea discursivo: confesó abiertamente que pretende gobernar Venezuela y que el propósito central de la enorme concentración de fuerzas militares en aquella región está relacionado con el petróleo, que busca "recuperar".
En tanto, encaminado a ser una suerte de virrey a distancia en el país "conquistado", el secretario de Estado, Marco Rubio, trata de atenuar el impacto de las claridosas palabras intervencionistas de Trump; arguye que solo buscará instaurar una "cuarentena" militar sobre las exportaciones de petróleo del país y ejercer una especie de coacción sobre los poderes formales del país sudamericano.
Ayer mismo amenazó a la vicepresidenta Delcy Rodríguez, que aparece como carta presuntamente negociada para mantener unos meses la estructura chavista-madurista en el poder, en tanto se firman (ella como presidenta interina, que convocaría a elecciones) los acuerdos y cesiones de energéticos y otros recursos a empresas gringas: si Delcy no hace lo que se le diga, podría pasarla peor que Maduro, dijo el amenazante Donald, quien también descartó de un plumazo (al menos por lo pronto) a la anhelante María Corina Machado, la del aberrante premio Nobel de la Paz.
El mensaje de la bélica Casa Blanca va para todos los países y gobiernos de "su" continente: Trump quiere quedarse con Groenlandia, acepte o no Dinamarca; chantajea al dócil gobierno de Panamá con retomar el canal estratégico y se alista para apoyar a "sus" candidatos presidenciales en Brasil y Colombia (también habrá comicios en Perú y Costa Rica), con chantajes económicos y acciones abiertamente intervencionistas como ha hecho en Argentina (elecciones legislativas), Honduras y Chile.
Instalado en la dinámica de la ley de la selva, del imperio del más fuerte, Trump ha advertido que en su lista de futuras agresiones está Gustavo Petro, el izquierdista que gobierna Colombia. La argumentación en este caso, como en la ridícula magnificación de un presunto cartel venezolano "de los soles", utiliza, como siempre, el alegato del narcotráfico como pretexto para presiones, castigos e injerencias. La mitad más onerosa del negocio del tráfico de drogas está en los consumidores estadunidenses, pero la hipocresía de Washington pretende castigar solo a la otra dispersa mitad, la de los productores e introductores.
Y así es como se agrava la percepción de que las bravatas de Trump contra México podrían desembocar en acciones directas tan cantadas y, a la vez, tan desestimadas en México, al menos en la retórica oficial. Humeante la pistola utilizada en Venezuela, el presidente gringo ha dicho que hay que hacer algo en México, por cuanto a sus cárteles y delincuencia organizada.
Así como Venezuela-Maduro le ha servido durante ya varios meses a Trump para distraer respecto a los expedientes Epstein y los indicios de su participación en las historias de ese otro delincuente sexual, la piñata México y una eventual acción directa en territorio mexicano le podrían servir para tratar de fortalecer las candidaturas republicanas en las elecciones de noviembre.
Y, mientras los gobiernos de Brasil, Chile, Colombia, México, Uruguay y España han emitido un cuidadoso comunicado en el que expresan su preocupación "ante cualquier intento de control gubernamental, de administración o apropiación externa de recursos naturales o estratégicos" de Venezuela, ¡hasta mañana!