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Ya sabemos quién ganará el Mundial

ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ

Del fútbol se ha dicho tanto y tan poco a la vez. El "señor de los deportes", casi en sentido medieval. Lo más importante de lo menos importante. Lo que da forma y sentido a una identidad. La pasión y la vida. Y hasta la mejor manera de perder el tiempo. Pero el balompié es el hijo frankensteniano de los elementos modernos que han moldeado al mundo en los últimos 180 años: universalidad, industrialización, imperialismo, nacionalismo, burocratismo, capitalismo, cultura de masas y sociedad del espectáculo. El auge del fútbol no puede entenderse sin esos elementos, mismos que explican la civilización global que hoy está en plena y profunda transformación. Esta semana corre la pelota por tercera ocasión en el Azteca y otras sedes de Norteamérica. Es el mundial del T-MEC, los tres amigos que montan una fiesta juntos al mismo tiempo que no logran ponerse de acuerdo en cómo seguir siendo socios. Negocio y ocio se hermanan en el fútbol.

Casi todas las culturas han tenido un juego de pelota. Desde la visión ceremonial mesoamericana y del Lejano Oriente hasta el esparcimiento violento de los carnavales medievales y la primera modernidad. Desprovisto de su aire sagrado antiguo, fueron los ingleses los que quisieron hacer del juego de patadas algo más serio. La normación ocurre en el ámbito universitario, donde el deporte ya era practicado como parte de la formación física. En el mismo año (1848) en el que la revolución se propagaba por el continente europeo, unos estudiantes de la Universidad de Cambridge convocaron a sus pares de otras escuelas para establecer las reglas de lo que en 1863 se convertirá formalmente en el fútbol soccer y la base de la primera asociación de este deporte. Estados Unidos estaba en plena guerra civil. Canadá era una provincia británica. Y México sufría la intervención de Francia. Tras imponer su control en el comercio de Asia Pacífico con las Guerras del Opio, el Imperio británico se erigía como potencia indiscutible de los mares del orbe, con la economía más poderosa gracias a los frutos de una revolución industrial que iba por su primer centenario.

De las universidades el fútbol saltó a los barrios de las nuevas ciudades industriales, en donde se incorporó al entretenimiento de la clase obrera, que al salir de las fábricas echaba la "cascarita" en la calle. Los equipos comenzaron a organizarse en clubes, siendo el primero el Sheffield Football Club. La explosión de los ferrocarriles permitió una mayor movilidad y el auge de la prensa escrita extendió el conocimiento del deporte entre la población. El gran brinco ocurrió en la década de 1880, cuando se profesionalizó el balompié y se creó la primera liga profesional, la Football League. El deporte no sólo se extendió por la Europa continental, donde estaban surgiendo nuevos estados nacionales -como Alemania e Italia-, sino que cruzó los océanos incrustado en la expansión imperial, industrial y económica británica. Las compañías inglesas que construían ferrocarriles y extraían recursos de los más diversos territorios, llevaban el fútbol entre los pies. Los países se apropiaron rápidamente de un juego fácil de aprender.

Si la educación universitaria lo normó, el trabajo industrial lo popularizó y el imperialismo lo expandió por el mundo, el nacionalismo elevó el fútbol del barrio y la clase al estado nacional. Ocurrió a principios del siglo XX. El factor identitario que alimentó el tribalismo con el fútbol de clubes ayudó a reforzar la idea abstracta de la nación para hacer converger a la población heterogénea de los países en torno a un mismo símbolo: once jugadores en una cancha. Cuando la FIFA se fundó en 1904, los Juegos Olímpicos modernos ya llevaban tres ediciones. Pero la antorcha que encendió el Barón De Coubertin no se había sacudido del aire aristocrático con el que nació la nueva era olímpica. El fútbol, en cambio, ya traía ese imán que más tarde movería multitudes.

La primera Copa del Mundo se celebró en plena crisis económica global, un año después del Crack del 29, y en pleno ascenso del nacionalismo más extremo. La hegemonía británica tocaba sus últimas notas. Europa se enfilaba hacia un desastre que arrastraría al orbe entero. Las tres primeras ediciones del Mundial -Uruguay, Italia y Francia- pasaron sin mucho ruido. Luego de haber ayudado a afianzar y expandir el fútbol, el imperialismo y nacionalismo que hicieron estallar la peor guerra jamás librada obligaron a suspender la gesta deportiva que sólo pudo retomarse en 1950, con todo y que el mundo no estaba en paz. Un día después de la inauguración en el famoso Maracaná de Río de Janeiro, estalló la Guerra de Corea que puso de relieve un nuevo conflicto global: la Guerra Fría entre el capitalismo impulsado por Estados Unidos y Europa Occidental y el comunismo defendido por la Unión Soviética y China.

La televisión y la aparición de las grandes figuras convirtió al juego de las patadas en un acontecimiento de masas. Entre la década de los 50 y la de los 80, el fútbol desplazó a otros deportes que tenían más arraigo en la mayoría de los países. Por ejemplo, en México -sede mundialista en 1970 y en 1986- el béisbol gozaba de más popularidad hasta que fue destronado por el balompié a punta de transmisiones televisivas. A partir de la década de los 70, la fiebre futbolera comenzó a transformarse económicamente, con los patrocinios y los derechos para medios de comunicación. De figuras destacadas del fútbol, los jugadores se convirtieron en auténticas estrellas pop. La catapulta definitiva llegó en los 90, con la coincidencia de tres procesos: el lanzamiento de la Premier League de Inglaterra, la reforma de la UEFA Champions League y el Mundial de Fútbol de 1994 en Estados Unidos, que estableció un récord de ganancias e inauguró la era de la alta rentabilidad del fútbol. El capitalismo convirtió el ocio pambolero en el lucrativo negocio que hoy conocemos: la administración de la atención masiva en una sociedad del espectáculo.

Es tan atractiva la economía del fútbol, que una sede mundialista ya no se decide por la tradición o el arraigo del deporte en un país, sino por la posibilidad de garantizar las ganancias. La burocracia de la FIFA ha estructurado un negocio global que es piramidal, y cuya organización tiene más alcance que la ONU. En la punta de la pirámide están los grandes organizadores: FIFA, UEFA, Premier League, etc. y sus selecciones y dueños de clubes de élite, así como las estrellas y el soporte mediático que las sustenta. Es la oligarquía del balompié que captura la renta global de una economía de la atención. En la parte media están los que dan sentido a la competencia: organizadores de ligas y torneos, el grueso de los clubes y sus academias, los jugadores que acompañan a las figuras como coreógrafos del cantante de moda, y la boyante industria de las apuestas. En la base, los que llenan los estadios o prenden las pantallas para gritar el gol; los que consumen lo que la mercadotecnia futbolera crea; los que pueblan las academias en pos del sueño de ser el próximo Messi o Ronaldo; los que apuestan y vuelven a apostar.

¿Quién ganará el Mundial de Norteamérica? Es irrelevante. Porque el verdadero ganador no está en la cancha. Está sentado en un palco consultando su aplicación bancaria. Pero que corra la pelota y cantemos el gol al son del hijo pródigo de nuestra modernidad.

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