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Nosotros

SIGLOS DE HISTORIA

Del Liberalismo de Ornato al Absolutismo de Facto: El Mito del Constitucionalismo Gaditano (CUARTA PARTE)

ENRIQUE SADA SANDOVAL
domingo 25 de marzo 2012, actualizada 11:41 am

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A l margen de lo anterior podremos ver como más allá de la retórica untuosa que utilizaba el discurso de la libertad y la ilustración en beneficio de una muy reducida clase política y social burguesa, quedaban virtualmente excluidos de la categoría de "ciudadanos" las grandes masas que constituían al Nuevo Mundo. Y como era de esperarse, solo los ciudadanos, los privilegiados dentro de esta nueva casta política, eran los únicos que gozaban del derecho tanto de votar como de ser votados.

La Constitución trataba de imponer una política de control administrativo más estrecho por parte de la capital de la metrópoli, y a este respecto puede decirse que representó solo una continuación y ampliación de la más rancia política del tristemente célebre visitador José de Gálvez para los americanos en general; esto es, el despotismo sin lustre y con pretensiones, al más puro estilo de Carlos III, con la única novedad de que el poder absoluto y los privilegios que otrora correspondían en exclusiva a los Borbones, les eran despojados para ser entregados a una camarilla de advenedizos que, aunque en realidad eran una minoría sin auténtica representación, acaparaban todo para su exclusivo y excluyente beneficio en el nombre del rey así como de lo que muy desatinadamente entendían por "nación española".

Como epitafio decimonónico, desde la perspectiva del materialismo histórico, el propio Carlos Marx llegó a resumir y reducir a la efímera e impopular Constitución doceañista bajo la frase de "Muchas ideas y poca acción". Sin embargo, no solo Marx impuso su parecer de manera tan breve como lapidaria al referirse al texto gaditano sino también la realidad misma hasta la fecha, a tal grado que incluso críticos e historiadores españoles tradicionalmente ligados a la ponderación o defensa oficialista de dicho código como Manuel Chust lo reconocen recientemente: "Desde muy diferentes interpretaciones esta lectura histórica hablaba de fracaso, de legisladores ajenos a la realidad social del país, de unos cuantos ilustrados reunidos elaborando leyes sin repercusión, de intrascendencia en la aplicación de los decretos, de no ajustarse a la realidad social, como si hubiera una sola y esta no se construyera de nuevo. Otros argumentos se repetían, las condiciones de elaboración del código no fueron las idóneas dirán estas interpretaciones; la guerra provocó mucha precipitación y radicalidad en los decretos y, por supuesto, la vigencia de esta Constitución fue efímera, por lo que no impactó en la construcción y en la sociedad del débil Estado español"8.

Por si esto fuera poco, el espíritu antirreligioso percibido entre las líneas de dicha constitución no empataba con la realidad histórica y sociológica de los súbditos americanos, ni siquiera con los de la península, puesto que dicho espíritu era plenamente identificado no como un elemento cultural propio sino como fruto muy ajeno o contaminación del enciclopedismo francés. Esto determinaría en buena medida el que el mismo pueblo español que no había tolerado siquiera la presencia de los galos, durante el primer decenio del siglo XIX, para 1823 terminaría aplaudiendo al grito de "¡Vivan las cadenas!" la intervención del Duque de Angouleme junto a los Cien mil hijos de San Luís para derogar la carta magna y reestablecer el absolutismo

Si en efecto se asume o se pretende que la promulgación de la Constitución doceañista fue impulsora de las independencias hispanoamericanas o que sirviera de molde para las constituciones venideras en las naciones libres, esto sucedió pero en el sentido estrictamente contrario; es decir, la constitución fue tomada como ejemplo…pero de aquello que no se quería o como símbolo de cuanto se luchaba por evitar. Tan es así que al momento de lograrse la independencia de la Nueva Granada o a la hora de bosquejar el intento de constitución de Apatzingán o al promulgarse la constitución bolivariana en Cúcuta o incluso la chilena de 1828, ninguna de las anteriores reparó siquiera en retomar a Cádiz como modelo sino con desdén. Así lo entendió Bolívar, San Martín, Sucre y todos los libertadores al momento de hacer la independencia desde las Californias hasta el Cabo de Hornos.

8 Manuel Chust, "Soberanía y Soberanos: problemas en la constitución de 1812", Las guerras de Independencia en la América Española. El Colegio de Michoacán, México, 2002, página 33.

enrique.sada@hotmail.com

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