El azar, el tiempo y la naturaleza hicieron que, luego de una erupción volcánica, millones de rocas pequeñas llegaran al lago Ranco, en Chile. Su nombre en la lengua nativa significa aguas tormentosas. Allí se estacionaron por largo tiempo estas piedras conocidas como pómez. Tienen una increíble liviandad por sus burbujas de aire, que le otorgan una densidad media inferior a la del agua, por lo que pueden flotar. El viento, como un escultor minucioso, las amontona sobre la orilla y mezcladas con las olas, producen un extraordinario espectáculo: olas grises de piedra que parecen estar vivas y se mecen exactamente como lo harían las olas del lago.
Así como estas olas de piedra, hay personas que proyectan una apariencia que puede deslumbrar. Se proponen y configuran una identidad con el propósito de impactar, impresionar, dar una imagen de poder o suficiencia. A simple vista, parecen consistentes y creíbles; no obstante, detrás de la superficie se encuentra la verdadera naturaleza. Allí palpita otra piel líquida, esa esencia enmascarada.
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