"Cuando el exceso de trabajo no es la causa, sino el escenario"
Nos cruzamos una mañana cualquiera, en una vereda cualquiera. Vecinos desde hacía años, nunca habíamos pasado del saludo cortés. Esa vez caminamos unos metros juntos y, casi sin transición, la conversación se volvió profunda. Él era gerente general de una empresa de alimentos. Trabajaba demasiadas horas, vivía bajo presión constante y, como él mismo dijo, "no tenía tiempo para vivir".
Tras un silencio breve, llegó el relato que explicaba todo.
Durante el último año, su cuerpo simplemente se apagó. Las defensas cayeron de golpe y hubo días en los que no pudo levantarse de la cama. Los diagnósticos fueron confusos, los tratamientos erráticos y, lejos de ayudarlo, lo empeoraron. Aparecieron ataques de angustia, miedo intenso, llanto sin causa aparente. Algo tan cotidiano como darse un baño se transformó en una amenaza: sentía que se ahogaría, que no saldría con vida.
También llegaron los pensamientos suicidas. No el deseo de morir, aclaró, sino el anhelo de dejar de sufrir. No tuvo fuerzas ni decisión para concretarlos. Afortunadamente, tampoco estuvo solo.
Un médico joven cambió el rumbo. Suspendió la medicación y propuso un tratamiento distinto: alimentación saludable, ejercicio y, sobre todo, escucha. Mucha escucha. De a poco, regresaron las ganas de vivir. Y con ellas, un gesto nuevo y simple: caminar cada mañana, regalarse un tiempo que nunca antes se había permitido.
Hablamos largo sobre el impacto del trabajo excesivo en la salud. No era un caso aislado. En consultas, empresas y hospitales, ese síndrome se repite con distintos nombres, pero con el mismo trasfondo: cuerpos que colapsan cuando ya no pueden sostener lo que el alma calla.
Meses después, volví a verlo. Esta vez fue él quien se detuvo en medio de la calle, desde su auto, camino a la oficina. Como si aquella charla no hubiera terminado, dijo una frase que quedó suspendida en el aire:
-No fue el trabajo lo que me enfermó, fueron las tristezas.
Busqué en mi celular un video que suelo guardar como recordatorio. Una pequeña rosa, recién plantada, resistiendo una tormenta feroz. El viento la sacudía sin piedad. La vimos en silencio.
-Siempre habrá tormentas en la vida de esa rosa y también en la nuestra -dijo-. Pero nosotros, a diferencia de ella, siempre podemos pararnos en otro lugar.
Fue un momento breve, pero profundamente inspirador. Para ambos.
De regreso a casa, pensé en esa flor. En su fragilidad obstinada. En su imposibilidad de moverse. La rosa resiste con todo su ser la inclemencia del tiempo. No elige. No huye. No cambia de paisaje.
El ser humano, en cambio, sí puede. Y a veces, sanar empieza exactamente ahí: en reconocer que no todas las tormentas se enfrentan resistiendo, sino aprendiendo a moverse antes de quebrarse.
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