Las vacaciones de fin de año llegan sin pedir permiso. No importa si celebras Navidad, Janucá, todas las anteriores o nada en absoluto: los niños están en casa, la rutina desaparece y el tiempo adquiere una elasticidad sospechosa. Para ellos es libertad absoluta; para los adultos, una prueba de resistencia física y emocional que se extiende durante días que parecen no terminar nunca.
De pronto, la casa se convierte en un centro de operaciones permanente. No hay horarios claros, pero sí hambre constante, energía inagotable y una demanda continua de atención. Los niños no entienden el concepto de "descansar" ni reconocen frases como "solo quiero sentarme un momento". Para ellos, tú sigues siendo el comité oficial de entretenimiento, incluso cuando claramente ya no tienes presupuesto emocional para el cargo.
La convivencia familiar también se intensifica. En estas fechas ves a parientes que durante el año solo existen en los grupos de WhatsApp. Hay cariño, por supuesto, pero también opiniones no solicitadas, comparaciones innecesarias y comentarios que llegan directo a poner a prueba tu autocontrol. Sonríes, asientes y te repites que todo es temporal, porque explicar tus decisiones de crianza no estaba en tus planes vacacionales.
La comida entra en una zona gris. Los horarios se vuelven flexibles, los snacks se multiplican y los dulces aparecen como por arte de magia en cualquier superficie disponible. Dices "solo un poco" con la certeza de que es una mentira piadosa. Ya habrá tiempo en enero para fingir disciplina y fuerza de voluntad.
Salir de casa con niños se transforma en una pequeña odisea. Empacas como si te fueras a mudar; aun así, siempre falta algo esencial y sobra algo completamente inútil. Cuando por fin estás listo, alguien tiene que ir al baño, otro cambia de opinión y el tiempo vuelve a jugar en tu contra.
Entre todo ese caos, llega el momento en que entiendes que no puedes con todo. Y está bien. No cada día tiene que ser productivo ni memorable. A veces, poner una película, pedir comida y declarar oficialmente el modo supervivencia es lo más sensato que puedes hacer. Las vacaciones no se arruinan porque estés cansado; se vuelven imposibles cuando te exiges más de lo necesario.
Y aun así, entre el desorden, el ruido y el cansancio acumulado, aparecen momentos pequeños que sorprenden: una risa genuina, una conversación absurda, un abrazo inesperado. Instantes breves que no se planean, pero que terminan siendo los que se quedan.
Porque las vacaciones de fin de año con niños no son perfectas, ni tranquilas, ni dignas de redes sociales. Son intensas, caóticas y agotadoras. Pero también son reales. Y, a veces, con eso basta.
Y aun con todo eso -el cansancio, el ruido, el desorden y los días eternos-, hay una verdad sencilla que lo sostiene todo: estamos aquí. Estamos sanos, juntos, compartiendo este caos cotidiano que, aunque a veces abruma, también es una forma de privilegio. Porque poder quejarnos del cansancio, de la casa llena y de los niños desbordados de energía implica que hay vida, risas y compañía. Y eso, incluso en medio del agotamiento, hace que todo valga la pena.
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