OSTRACISMO: LA VEJEZ EN SOLEDAD, CUANDO EL MUNDO SE REDUCE A UNA HABITACIÓN
Durante años fue una mujer esbelta, irónica, de conversación filosa y memoria sagaz. Había vivido una juventud intensa y novelesca en distintas ciudades del Viejo Continente, entre trenes nocturnos, idiomas superpuestos y la ilusión de que la vida se parece al montaje de una escena cinematográfica. Cuando regresó a la Argentina lo hizo con un objetivo claro: rescatar la fortuna paterna. Ese respaldo que le permitiría envejecer sin sobresaltos. Pero la herencia ya no existía. Su hermano la había dilapidado hasta convertirla en un recuerdo abstracto.
Desde entonces, su mundo comenzó a achicarse.
Vivió muchos años junto a su madre en una relación simbiótica, cerrada sobre sí misma, donde el afuera parecía innecesario. Cuando la madre murió, muy anciana, el golpe fue silencioso pero definitivo. Poco después enterró a su pequeño perro schnauzer, su segundo gran amor, según confesaba con el corazón destrozado. La pérdida del animal -única presencia constante, única lealtad sin condiciones- terminó de quebrar un equilibrio frágil. A partir de allí, los escasos amigos comenzaron a desaparecer: primero los viajes, luego las salidas, finalmente las llamadas. El aislamiento se volvió costumbre. El ostracismo, una forma de vida.
Cuando me rentó el departamento, empecé a descifrarla. No hablaba de la soledad como una queja, sino como un estado irreversible. Me dijo, sin rodeos, que aborrecía a la gente. Que su mayor miedo no era la muerte, sino depender de alguien. Deseaba morirse, aunque no tenía el valor -ni la voluntad- de quitarse la vida. La contradicción la habitaba con naturalidad.
Había vendido su única propiedad años atrás, convencida de que el cálculo era exacto: estimaba vivir hasta los 80. Con ese dinero se permitió pequeños placeres, lujos modestos pero constantes, una forma de resistencia íntima. El problema fue que el cuerpo no acompañó el pronóstico. A los 84 años seguía viva, con una salud inquebrantable, lúcida, autónoma, atrapada en una longevidad que no había deseado.
La internación por anemia fue el primer signo visible de su fragilidad social. No física, sino humana. Cuando supe que estaba hospitalizada, entendí que no tenía a nadie en el mundo. Ningún familiar cercano, ningún amigo persistente, ninguna red que amortiguara la caída. La vejez, en su caso, no era sinónimo de enfermedad, sino de invisibilidad.
Historias como la suya se repiten cada vez con mayor frecuencia en las grandes ciudades. Adultos mayores que envejecen solos, no siempre por falta de vínculos, sino por haberlos perdido, roto o rechazado. Personas que sobrevivieron a todos sus afectos y que, paradójicamente, gozan de buena salud en un sistema que prolonga la vida, pero no siempre el sentido de vivirla.
En ocasiones imagino qué pensamientos la acompañan en las noches largas, qué necesita aprender todavía alguien que ya lo perdió casi todo. Tal vez la vida no se trata de acumular años, sino de aprender a habitarlos, incluso cuando el deseo se ha extinguido. Tal vez el último aprendizaje sea aceptar la ayuda que tanto se teme o reconciliarse con una humanidad que decepcionó.
Un reloj no se detiene nunca en el preciso momento en que se pierde la llave. El tiempo sigue avanzando, ajeno a nuestros cálculos, indiferente a nuestros planes. Y, mientras tanto, hay vidas que continúan, suspendidas en un silencio profundo, esperando no una solución, sino una mirada que las nombre.
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