A 20 años de Pasta de Conchos: familias claman verdad y justicia
El frío de enero cala en San Juan de Sabinas. Frente a las rampas de la mina Pasta de Conchos, Martha Iglesias levanta la mano y señala un punto específico: “Aquí salió papá”.
Era el 4 de diciembre de 2024, a las 9:36 de la noche, cuando fueron desenterrados los restos de Guillermo Iglesias. Tuvieron que pasar casi dos meses para que las autoridades confirmaran que, efectivamente, se trataba de él.
A unos 15 minutos de ahí vive María de Lourdes Aguilar Flores. Su historia también quedó marcada por la explosión del 19 de febrero de 2006. Es viuda del minero Fermín Tavarez Garza y, aunque han transcurrido dos décadas, la esperanza no se ha extinguido. Confía en que entre los dos últimos restos recuperados en enero de este año estén los de su esposo.
En la cochera de su casa, con la voz entrecortada, comparte su anhelo: “Le pido a Dios que me conceda eso, que sea mi esposo”.
Para Lourdes, la identificación de 23 mineros ha sido una mezcla de emociones. “Quiero que sea mi señor. Haz de cuenta que no fue ayer, 20 años ya son pesados”, expresa.

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Familias y activistas denuncian que continúan las muertes, la precariedad y los contratos a empresas cuestionadasEste 19 de febrero se cumplen 20 años de la tragedia que cobró la vida de 65 trabajadores de Industrial Minera México, de Grupo México; 63 quedaron sepultados. Durante años, distintos gobiernos rechazaron el rescate bajo argumentos como que “era imposible”, que “ponía en riesgo la seguridad”, que “la mina estaba inundada” o que “el agua estaba contaminada”.
No fue sino hasta el sexenio de Andrés Manuel López Obrador (2018-2024) que comenzaron los trabajos de ingreso a la mina. Desde entonces, la Comisión Federal de Electricidad (CFE) ha encabezado las labores. Cuatro años después, se han recuperado 25 cuerpos, de los cuales 23 ya fueron identificados.
Para familias como la de Martha, la espera terminó tras 20 años. “Es como un regalo de Dios que te abraza, que te da paz”, describe. En contraste, Lourdes admite el desgaste emocional: “Me da mucho sentimiento. Ya me canso, ya me fastidio”.
Sin embargo, ambas coinciden en algo: recuperar los restos no es suficiente. Lo que buscan es verdad y justicia.
El peso de dos décadas
Lourdes tenía 28 años cuando ocurrió el siniestro. Su hijo apenas tenía un año y tres meses. Hoy es un joven que acaba de graduarse de la universidad. Creció sin su padre.
Con dolor, recuerda: “me lo dejó muy chiquitito, un año y tres meses. No lo conoció. No lo trató ni nada. Hay muchos que quedaron muy chiquitos. Él le pedía tanto a Dios verlo crecer, verlo que estudiara, lo anhelaba, y no se le cumplió”.
Ahora es su hijo quien le pregunta cada vez que hay noticias: “¿Ya oyó que hallaron dos más?”. A veces ella responde; otras, guarda silencio mientras las lágrimas la delatan.
El cansancio pesa. “Ya quiero que salga para deslindarme de todo esto, porque sí es cansado. Volver a lo mismo, y me da mucho sentimiento”, confiesa.
Martha, en cambio, continúa visitando la mina aun después de haber recibido los restos de su padre. El 19 de enero de 2025 le notificaron que los restos extraídos en diciembre correspondían a Guillermo Iglesias. Ese mismo día se cumplía un aniversario luctuoso de su madre.
La confirmación no la sorprendió del todo. “Fue bonito. Siempre decía: ‘Él es papá’. Yo había sentido”, cuenta. En un sueño, relata, su padre le dijo que estaba en la galería 18.
Convencida de que algo los guía, añade: “Es algo que ellos ponen en nuestro corazón. Yo pienso que papá quería salir. Cuando empezaron a salir por ahí, yo dije: de aquí soy, de aquí no me muevo”.
Guillermo tenía 58 años. Aquella madrugada de 2006 hacía frío. A las 2:15 de la mañana, Martha recuerda cómo vibraron las ventanas de su casa. Horas después supieron que la mina había explotado.
“Era un día frío, no nos dejaban pasar. Estaban resguardando el área”, rememora.
Con el tiempo, Martha dejó de creer que se tratara de un accidente. Su padre ya había advertido sobre fallas, negligencia y falta de ventilación. Dos décadas de dudas reforzaron su convicción de que el rescate sí era posible y que algunos pudieron sobrevivir en las primeras horas.
Cuando le entregaron el cuerpo, recibió también un diagnóstico. “Cuando me entregaron a mi papá, me dieron el diagnóstico de cómo murió. Que él cayó en un derrumbe [y] al caer una piedra colapsó su costilla en el corazón y eso provocó su muerte. Él tenía una rodilla doblada. Saber que pudo estar vivo y no lo sacaron, y que después se cayó la mina. La mayoría son cuerpos completos los que han sacado. No se quemaron, no se desintegraron como dijeron. No quisieron hacer la recuperación”.
La verdad pendiente
Para Martha, el objetivo nunca fue sólo recuperar restos. “¿Qué pasó allá abajo?”, cuestiona. “No fue como dijeron, no estaban quemados. Queremos la verdad”, insiste.
Subraya que no se trata de trasladar un cuerpo de un pozo a otro: “Allí está enterrada la verdad y hay que sacarla”. Los restos, afirma, son evidencia que puede esclarecer responsabilidades.
Lourdes también guarda resentimiento hacia la empresa, que —asegura— les “jugó el dedo en la boca” durante años con el argumento de que el rescate era inviable.
Su exigencia es directa: “Para mí no quedó un perro, quedó el padre de mi hijo, y mira cómo lo dejaron ahí”.
Las familias se preguntan una y otra vez: “¿Qué pasó?”. Lourdes observa cómo los restos han salido completos y concluye: “Cómo están saliendo los esqueletitos, completos. Nos mintieron que no había nada”.
A pesar del desgaste, no renuncia a la espera: “Seguiré esperando hasta que salgan. No me canso de pedirle a Dios que salga mi señor. Si ya esperamos 20 años, que no podamos esperar más”.
Cristina Auerbach, integrante de la Organización Familia Pasta de Conchos, cuestiona que, dos décadas después, aún no se informe qué ocurrió ni quiénes son los responsables. También rechaza que se hable de “aniversario luctuoso”. “¿Qué es lo que van a celebrar?”, plantea.
Denuncia que existe una narrativa oficial que minimiza lo sucedido y que en memoriales se hable de accidentes, cuando —afirma— múltiples casos han demostrado que se trató de siniestros.
A 20 años de Pasta de Conchos, las familias no sólo cuentan restos recuperados. Cuentan también una deuda pendiente: la verdad completa y la justicia que aún no llega.