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UN APLAUSO PARA TI

DANIELA SUÁREZ

En medio de una sociedad donde el reconocimiento parece haberse convertido en una medida del éxito, existe una realidad que pocas veces se menciona: hay personas que realizan grandes esfuerzos sin recibir un solo aplauso. Personas que trabajan en silencio, atraviesan procesos personales, comienzan nuevamente después de una caída y continúan avanzando sin que nadie conozca realmente lo que han tenido que superar.

Muchas de ellas pueden llegar a sentirse invisibles.

No necesariamente porque nadie las observe, sino porque pocas veces reciben una palabra que reconozca aquello que están haciendo. La ausencia de reconocimiento puede provocar la sensación de que los esfuerzos no son suficientes o de que los propios logros carecen de importancia cuando nadie parece detenerse a mirarlos.

Sin embargo, la falta de aplausos no significa ausencia de admiración.

En ocasiones existen personas que observan en silencio. Ven la transformación, reconocen las capacidades, identifican el esfuerzo y hasta sienten admiración por determinados procesos, pero deciden reservarse lo que piensan. Puede ser por inseguridad, por miedo a sentirse en competencia o por reconocer en otra persona aquello que todavía no han conseguido en sí mismas.

Así, mientras alguien puede sentirse ignorado, quizá existe otra persona que lo observa y piensa todo lo contrario.

Esta contradicción demuestra lo engañosa que puede ser la percepción cuando el valor personal depende exclusivamente de la aprobación externa. Las personas suelen recordar sus errores con una claridad que rara vez aplican para reconocer sus avances. Se recuerdan las veces que fallaron, pero olvidan las ocasiones en que tuvieron el valor de intentarlo nuevamente.

También existe una tendencia a comparar procesos.

Las redes sociales han intensificado esa costumbre. Todos los días aparecen imágenes de personas alcanzando objetivos, viajando, emprendiendo, transformando su apariencia o celebrando nuevos comienzos. Lo que pocas veces aparece es todo aquello que sucedió antes de la fotografía: las dudas, los sacrificios, las horas de trabajo, las pérdidas, las frustraciones y las veces que fue necesario empezar de nuevo.

El resultado se vuelve visible; el proceso permanece oculto.

Por eso, comparar una historia completa con el fragmento que alguien más decide mostrar resulta profundamente injusto. Cada persona tiene tiempos distintos, circunstancias diferentes y batallas que no aparecen a simple vista.

El éxito, entonces, no debería medirse únicamente por aquello que los demás pueden ver.

También existe éxito en aprender algo que antes parecía imposible, en recuperar la confianza después de haberla perdido, en atreverse a comenzar una nueva etapa o en descubrir capacidades que durante años permanecieron escondidas. Hay triunfos que jamás aparecen en una fotografía, pero que pueden representar enormes victorias personales.

A veces, incluso, el primer reconocimiento debe venir de uno mismo.

Aplaudirse no significa presumir ni sentirse superior a los demás. Significa tener la capacidad de reconocer el propio esfuerzo sin necesitar que alguien más lo confirme. Significa mirar hacia atrás y comprender que, aunque todavía falten objetivos por alcanzar, ya existe un camino recorrido que merece ser valorado.

Quizá muchas personas estén viviendo precisamente ese proceso sin decirlo.

Algunas estarán aprendiendo a quererse después de años de inseguridad. Otras estarán intentando reconstruir su vida después de una pérdida. Algunas estarán descubriendo nuevas capacidades, mientras otras simplemente estarán haciendo todo lo posible por mantenerse de pie.

Desde afuera, quizá parezca que no ocurre nada extraordinario. Pero dentro de cada una de esas historias puede estar sucediendo una transformación enorme.

Y hay una dimensión todavía más profunda para quienes encuentran su esperanza en la fe. Jehová, el Dios creador de los cielos y de la tierra, observa aquello que los ojos humanos no siempre alcanzan a percibir. Él conoce los pensamientos, los esfuerzos, las preocupaciones y las luchas que permanecen ocultas para los demás.

La mirada de Dios no depende de la cantidad de aplausos recibidos, de los reconocimientos obtenidos ni de la opinión de quienes están alrededor.

Por eso, cuando el reconocimiento externo no llega, todavía existe una razón para continuar.

No todo lo valioso hace ruido.

Hay personas que están creciendo en silencio. Hay historias que todavía no han llegado a su mejor capítulo. Hay esfuerzos que quizá hoy nadie reconoce y que mañana podrán convertirse en aquello que inspire a otros.

Mientras tanto, aprender a reconocer el propio camino puede convertirse en una de las formas más sinceras de autoestima.

Porque detrás de cada persona que parece fuerte puede existir una historia que nadie conoce. Detrás de cada logro puede haber cientos de intentos. Y detrás de cada transformación visible puede existir un proceso que comenzó mucho antes de que alguien pudiera notarlo.

Tal vez por eso, de vez en cuando, todos necesitamos detenernos y reconocer nuestros propios avances.

No esperar siempre el aplauso de una multitud. No depender de la aprobación. No medir el valor personal por la cantidad de personas que observan. Simplemente reconocer que seguir adelante también es una forma de triunfo.

Porque algunas personas todavía no han descubierto cuánto han avanzado.

Y algunas otras quizá ya lo descubrieron, pero todavía no se han permitido celebrarlo.

A veces, el aplauso que más hace falta no viene de afuera. Nace cuando una persona finalmente reconoce todo lo que ha sido capaz de superar.

Un aplauso para ti.

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