La otra vez, mientras escuchaba en YouTube al metafísico Laín García Calvo hablar sobre el verdadero éxito de Lionel Messi, hubo una idea que se me quedó dando vueltas en la cabeza. El éxito de un futbolista de su dimensión, decía, no puede explicarse únicamente por los goles, los trofeos o el talento con el que nació. Detrás de una trayectoria extraordinaria existe algo menos visible: el hambre de querer superarse, de no conformarse con lo que ya se consiguió y de seguir trabajando para convertirse en una mejor versión de uno mismo.
Aquella reflexión me hizo detener el video y pensar. Porque, si lo llevamos más allá de una cancha de fútbol, todos conocemos esa sensación. El hambre de salir adelante puede ser el combustible que nos levanta cuando nadie cree en nosotros; la fuerza que nos hace insistir después de una derrota, aprender de un error y volver a intentarlo. Muchas personas alcanzan sus metas porque, aun con reconocimiento y privilegios, conservan la disciplina de quien todavía tiene algo por demostrar.
Pero existe una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando dejamos de tener hambre?
No me refiero únicamente a perder las ganas de trabajar o de crecer. Hablo de ese momento en que el éxito comienza a hacernos olvidar de dónde venimos, cuando el reconocimiento se convierte en una especie de pedestal y empezamos a creer que estar arriba nos hace superiores a quienes todavía están intentando llegar.
Y ahí es donde la historia del éxito adquiere otra dimensión.
Messi es, sin duda, una de las figuras más importantes de la historia del fútbol. Su carrera, sus títulos y su permanencia en la élite hablan de una capacidad extraordinaria para competir y evolucionar. Sin embargo, su figura también ha estado rodeada de controversias. Una de las más comentadas ocurrió durante el Mundial de Qatar 2022, cuando circuló un video en el vestidor argentino en el que una camiseta de la selección mexicana quedó en el suelo cerca de sus pies. La imagen provocó críticas y fue interpretada por muchos como una falta de respeto hacia México. El propio Messi explicó posteriormente que no hubo intención de ofender y que, después de un partido, las camisetas y los zapatos pueden quedar en el piso dentro del vestidor.
Más allá de quién tenga razón en aquella discusión, lo que me interesa no es juzgar a Messi, sino utilizar ese episodio como punto de partida para una reflexión mucho más humana: ningún triunfo nos coloca por encima de los demás.
Porque la fama es frágil. Hoy podemos ser admirados y mañana cuestionados. Una decisión, una palabra, una actitud o una controversia puede cambiar la percepción que otros tienen de nosotros. Y cuando la imagen se deteriora, descubrimos que la verdadera grandeza no estaba solo en lo conseguido, sino en la manera en que tratábamos a los demás.
Tal vez por eso necesitamos conservar dos hambres distintas: el hambre de crecer y el hambre de permanecer humanos.
La primera nos impulsa a trabajar, aprender, competir y avanzar. La segunda nos recuerda que no debemos perder la humildad cuando llegan los aplausos. Porque saber ganar también es una virtud, pero saber perder puede revelar todavía más de quiénes somos.
Hay personas que saben conquistar el mundo y, sin embargo, no saben manejar el momento en que el mundo deja de aplaudirlas. Se acostumbran tanto al reconocimiento que una crítica les parece una ofensa, una derrota les parece una humillación y perder un lugar de privilegio les resulta insoportable. Entonces comienza la caída, no necesariamente de la fama, sino de la propia conciencia.
Y quizá ahí esté una de las grandes lecciones del éxito: no se trata solamente de llegar a la cima, sino de descubrir qué clase de persona somos cuando estamos ahí.
Porque el verdadero hambre no debería ser la de demostrar que somos mejores que los demás. Debería ser la de superarnos a nosotros mismos sin necesidad de pisar a nadie.
La gloria puede terminar. Los reflectores pueden apagarse. Los trofeos pueden quedar guardados en una vitrina y hasta los nombres más famosos pueden dejar de ocupar las primeras páginas. Lo que permanece, al final, es la huella que dejamos en quienes estuvieron cerca de nosotros.
Por eso, mientras escuchaba aquella reflexión sobre el hambre de Messi, pensé que quizá el verdadero éxito no consiste en no perder nunca, sino en no permitir que las victorias nos hagan olvidar la humildad ni que las derrotas nos hagan olvidar nuestro valor.
Porque cuando se acaba el hambre de crecer, comienza el riesgo de creernos invencibles. Y cuando la vida se encarga de recordarnos que nadie lo es, quizá la pregunta que más incomoda no sea cuánto hemos ganado, sino si todavía somos dignos de todo aquello que un día conseguimos.