EL ORIGEN DE LA RUTINA
Hace unos días me encontré desesperada ante la sensación de que mis días se habían vuelto aburridos. No encontraba sentido a lo que estaba viviendo y, de pronto, pensé: "Es mitad de semana y mi día sigue igual".
Sé que cada día puede tener un propósito, tanto en el mundo espiritual como en nuestra vida personal. Sin embargo, cuando nuestra existencia comienza a seguir un mismo patrón, la rutina puede dejar de sentirse como estabilidad y empezar a percibirse como monotonía.
Entonces comencé a hacerme preguntas. ¿Qué pasaría si me fuera a vivir a otro país? ¿Cómo sería comenzar de nuevo en otro territorio, lejos de aquello a lo que estoy acostumbrada? ¿La transición cambiaría realmente mi vida o simplemente terminaría adaptándome a una nueva versión de la misma rutina?
Me quedé pensando en ello durante algunas horas. Fue entonces cuando apareció, casi de manera inesperada, un video de Renato Cardoso, conferencista y guía espiritual brasileño, que terminó haciendo eco de lo que estaba viviendo.
En aquel video planteaba una idea que llamó mi atención: la rutina puede convertirse en una manera de vivir en automático. Y, en ocasiones, detrás de esa monotonía no existe simplemente aburrimiento, sino un dolor interno relacionado con alguna circunstancia difícil que todavía no hemos logrado resolver.
Eso me hizo pensar en algo tan cotidiano como salir de vacaciones. Podemos cambiar de ciudad, conocer otros lugares y alejarnos durante unos días de las responsabilidades habituales. Pero si el verdadero cansancio proviene de un dolor silencioso, ese descanso puede convertirse solamente en una pausa. Al regresar, aquello que intentábamos dejar atrás vuelve a estar en el mismo lugar.
Puede ocurrir con un problema de pareja, una situación familiar, una frustración personal o cualquier circunstancia que produzca desgaste emocional. Entonces comenzamos a pensar que necesitamos otra vida, otra casa, otra ciudad o incluso otro país para sentirnos diferentes.
Y quizá ahí se encuentra una de las trampas más silenciosas: confundir la necesidad de sanar con la necesidad de escapar.
Aquel video terminó de darme claridad. Comprendí que quizá no estaba cansada de mi rutina, sino intentando huir de una lucha interna, de algo que no podía controlar y que había comenzado a pesar más de lo que imaginaba.
La frustración de no poder cambiar una circunstancia me mantenía atrapada en un ciclo que parecía repetirse. Por eso quería correr hacia otro rumbo, imaginar otra ciudad, otro país, otra vida donde finalmente pudiera sentir paz.
Pero entonces apareció una pregunta inevitable: ¿y si, a donde fuera, terminaba encontrándome con la misma situación?
Fue entonces cuando entendí que cambiar de lugar no siempre significa cambiar aquello que llevamos dentro. Más bien, se trata de transformar lo que sentimos, porque la paz no depende de una nueva residencia, sino de liberarnos de aquello que nos duele por dentro.
A veces creemos que necesitamos una vida diferente, cuando lo que realmente necesitamos es dejar de vivir en automático y comenzar a mirar aquello que, silenciosamente, nos está pidiendo atención.
Pero ¿cómo romper ese ciclo?
Una de las enseñanzas que encontré en las palabras de Renato Cardoso fue aprender a vivir en acción de gracias. Agradecer no solamente aquello que salió como esperábamos, sino también lo que hemos vivido, sentido, hecho y logrado a lo largo del camino.
Incluso podemos agradecer por aquello que todavía no hemos alcanzado o por aquello que aún no tenemos. Esto no significa ignorar las dificultades ni fingir que todo está bien. Significa aprender a mirar nuestra propia historia desde otra perspectiva.
También están las experiencias que no hubiéramos elegido, los momentos difíciles, las pérdidas y las frustraciones que dejaron alguna enseñanza. Cada acción de gracias puede convertirse en una oportunidad para reconocer que, aun dentro de una circunstancia complicada, existe algo que podemos aprender, transformar o utilizar para nuestro crecimiento.
La gratitud cambia la manera en que observamos nuestra vida. Nos permite dejar de concentrarnos únicamente en aquello que falta y comenzar a reconocer lo que ya existe.
Tal vez superar la rutina no consista solamente en llenar nuestros días de actividades nuevas, viajar constantemente o cambiar de escenario. Puede comenzar con algo mucho más sencillo: dejar de vivir en automático y aprender a valorar conscientemente el día que tenemos delante.
Una vida más simple no necesariamente es una vida con menos problemas. Puede ser una vida en la que dejamos de luchar contra aquello que no podemos controlar y comenzamos a trabajar en lo que sí podemos transformar: nuestra manera de pensar, de sentir y de enfrentar cada circunstancia.
Quizá la verdadera ruptura con la monotonía no ocurra cuando cambiamos de lugar, sino cuando cambia nuestra manera de mirar lo que estamos viviendo.