¿TODO ESTÁ BIEN?
Las fiestas decembrinas se esfumaron como por arte de magia. La euforia por los regalos, las reuniones improvisadas, las visitas inesperadas, las posadas, las risas, la comida, los dulces y el alcohol quedó atrás. Fue un paréntesis luminoso, un momento de distracción que, como en los cuentos de hadas, sirvió para olvidar -aunque solo por instantes- las penas que durante el año 2025 hicieron llorar, gritar, pelear, perder, doler y hasta maldecir.
Sin embargo, detrás de esa anestesia de la ilusión hubo un detonante más profundo: el protagonista silencioso de un cuento de horror que quebró a muchos por dentro. Una desilusión, una enfermedad, una pérdida o una traición inesperada. Para algunos, la salida fue el alcohol. Al principio como evasión, después como refugio y, finalmente, como un vicio que profundizó el dolor. Así se postergó el enfrentamiento de problemas familiares, conflictos amorosos o diagnósticos que no se supieron confrontar.
Cuando diciembre termina y la realidad regresa, el vacío permanece. A veces con una intensidad que parece no tener fin. Pero todo empieza a ordenarse cuando se reconoce el problema y se asume la responsabilidad de enfrentarlo. Cada año que inicia recuerda que existe una oportunidad más de vivir y, si eso es así, también los problemas tienen salida. Todo tiene solución, excepto la muerte. La respuesta no está afuera, está dentro de ti, cuando dejas a un lado el orgullo y aceptas que, en ocasiones, pedir ayuda es el primer acto de valentía.
La realidad, sin embargo, suele ser otra. Cada cierre de año se repiten situaciones que ponen en riesgo la vida: peleas, discusiones y conflictos que escalan sin control. Muchas de ellas nacen del ego, de rasgos narcisistas donde no importan los sentimientos del otro, solo la necesidad de imponerse. La soberbia alimenta la agresividad y crea escenarios propicios para la violencia.
Ahogar las penas en alcohol no resuelve nada. Al contrario, profundiza la miseria emocional y nubla la conciencia. El dolor no desaparece, se posterga. Lo que no se enfrenta se repite; lo que se evade se transforma en destrucción. La verdadera salida no está en huir, sino en mirar de frente lo que duele, en asumir responsabilidad emocional, en romper patrones que ya demostraron no funcionar. Solo así el final de un año puede convertirse en un verdadero inicio.
Todo está bien cuando asumes el control de tus emociones. Cuando eliges no dejarte arrastrar por la impulsividad que conduce a decisiones cargadas de culpa y remordimiento. Vivir con un peso en la conciencia desgasta, enferma y empobrece, no solo en lo emocional, también en lo material y espiritual. Decir "todo está bien" no es una frase automática ni un consuelo superficial. Es un acto de conciencia que se trabaja, se sostiene y se demuestra con hechos.
La victimización no sana. Anclarse en ella conduce a la dependencia emocional y a la repetición del sufrimiento. En cambio, todo está bien cuando existe una determinación real de cambiar, de dejar de huir y de transformar la historia personal. Las palabras cobran valor cuando se traducen en acciones coherentes.
Todo está bien cuando uno se atreve a perdonarse, a mirar sus sombras sin negarlas y a reconocer sus errores sin justificarlos. La verdad no siempre acaricia, pero libera. Y la pregunta no es si todo está bien, sino desde qué nivel de conciencia se sostiene esa frase. Porque solo cuando hay un compromiso real con el cambio, "todo está bien" deja de ser una promesa vacía y se convierte en una verdad vivida.
Ahí es cuando, en verdad, comienza un nuevo año.