La Biblia nos recuerda: "Bendito el hombre que confía en Dios, y maldito el hombre que confía en el hombre" (Jeremías 17:5). Este versículo no es una condena, sino una advertencia profunda. Cuántas personas han depositado su fe, su lealtad y su corazón en alguien más, solo para encontrarse después con la traición, muchas veces descubierta por terceros. El dolor no nace únicamente del acto, sino del orden invertido: cuando confiamos primero en el hombre y no en Dios. Todo sufrimiento, tristeza y desengaño surgen cuando ponemos nuestra fuerza y esperanza en lo humano antes que en Aquel que creó el cielo y la tierra. Cuando Dios ocupa el primer lugar, nada ni nadie puede quebrarnos desde atrás.
De nada sirve sentarse en una iglesia cuando el corazón está lejos de Dios. Hubo un tiempo en que yo asistía a escuchar la palabra y me preguntaba, en silencio, qué era lo que realmente iba a buscar: si un cambio interior verdadero o la validación y aceptación de los demás. Participé en muchas prácticas llamadas "bíblicas", guiadas por ministros, con la esperanza de que algo en mí se transformara. Sin embargo, ninguna de ellas produjo el cambio profundo que yo anhelaba. No porque la fe no funcione, sino porque había aprendido a buscar afuera lo que solo podía renacer por dentro.
Con el tiempo entendí que muchos caminan ese mismo trayecto: esperan que el movimiento interno dependa de lo externo, cuando en realidad la transformación comienza en el corazón. Todo lo demás llega después, como añadidura de lo que ya se está ordenando por dentro. Desde ese lugar, este versículo cobra sentido y deja de ser una frase escrita para convertirse en una verdad vivida.
De nada sirve decir "yo creo en Dios" ni asistir a la iglesia para realizar prácticas guiadas por hombres, aun cuando estén respaldadas por argumentos bíblicos, si el corazón permanece sucio por dentro. Incluso dentro de las iglesias existe el narcisismo; no todo lo que se practica nace de la sinceridad ni del deseo genuino de agradar a Dios. En muchos casos, la fe se convierte en una forma de presión, haciendo creer que se está "salvando" al prójimo. Y es ahí donde surge la pregunta inevitable: ¿en dónde queda el libre albedrío del ser humano? Nadie viene a ocupar el lugar de salvador. Más bien, estamos llamados a ser ejemplo vivo de verdad y honestidad, porque la fe no se impone, se encarna.
Cuando se emprende la búsqueda de una mejor vida, casi siempre se mira hacia lo externo, como si allí estuviera la fortaleza necesaria para sostener la motivación. Sin embargo, no siempre es así. Todo lo que existe afuera alguna vez cobró vida desde la creatividad interna de alguien que primero lo concibió. Por eso, aquello que solo se contempla en el exterior rara vez logra provocar una satisfacción verdadera por dentro. La fuerza que permanece no nace de lo que se obtiene, sino de lo que ya ha sido creado y ordenado en el interior.
Dios siempre ha estado en la conciencia y en la voluntad del ser humano. El problema comienza cuando usted deja de confiar en Dios y pone su confianza en los demás. Ahí el orden se invierte y es cuando se pierde el rumbo. Por eso quiero dejarle una recomendación sencilla para que toda intención positiva tenga buenos resultados y esté alineada con la voluntad de Dios. Cada vez que usted vaya a realizar una acción que involucre a otra persona, ponga primero su confianza en Dios y pida que Él le dé buena disposición a esa persona, siempre que lo que usted busca sea correcto y agrade a Dios. Dios no actúa a partir de intenciones que buscan hacer daño; todo mal acto tiene consecuencias. Cuando la intención es limpia, el camino se abre con mayor claridad.
Por ejemplo, si usted va a prestar dinero a alguien, antes de hacerlo no ponga toda su confianza en esa persona. Primero pida a Dios dirección para saber si es correcto realizar ese préstamo. Cuando la confianza se pone en Dios antes que en el hombre, el corazón queda protegido. Así, aun si la persona falla, usted permanece libre del dolor de la traición, porque su fuerza nunca estuvo puesta en lo humano, sino en Dios.
¿Cómo saber si Dios le ha dado una respuesta confiable? Cuando usted logra quedar en paz. Casi siempre la respuesta de Dios se manifiesta como calma en el interior y como un pensamiento claro y coherente que deja satisfecho el corazón. No hay confusión ni inquietud cuando la dirección viene de Él. Por eso, avance siempre con esta promesa presente: "Si Dios está conmigo, ¿quién contra mí?" (Romanos 8:31). Cuando la decisión nace desde esa certeza, el camino se recorre con confianza y sin temor.
Recuerde esto: Dios no hace tratos con la religión ni con la espiritualidad. Dios hace tratos directamente con el ser humano. Al poner en primer lugar a Dios, ahí es cuando se manifiesta la bendición.