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EL VERDADERO MOTIVO DE TANTA INFIDELIDAD

DANIELA SUÁREZ

Hace varios años -ya más de una década- recuerdo escuchar a consejeros de una iglesia afirmar que, para tener pareja, primero había que prepararse para así asumir la responsabilidad que implica ese vínculo. Esta idea no provenía únicamente de ellos; también está profundamente arraigada en el discurso cotidiano. Madres, abuelas y tías -especialmente las mujeres- repiten ese mismo concepto una y otra vez.

Con el tiempo entendí que ese proceso había sido malinterpretado. Para muchas personas, "estar preparado" significa saber realizar las labores del hogar: planchar, cocinar, lavar, atender a la familia, estar siempre al pendiente de los demás. Como si la preparación para tener pareja se redujera al cumplimiento de roles y responsabilidades externas, y no a un trabajo interno mucho más profundo que rara vez se nombra.

Desde que tengo uso de razón, siempre se nos enseñó a "esperar los tiempos de Dios", a creer que existe un momento correcto para ser felices con la persona indicada. Bajo esa idea, muchas veces se nos dijo que cierta persona no era la correcta, o que había influencias externas interfiriendo, como si la autonomía de cada individuo estuviera incapacitada para elegir desde su propio discernimiento.

Casi siempre, las relaciones de pareja terminan compuestas por esas interferencias externas que, en lugar de fortalecer la elección personal, debilitan el poder de decidir. Así, muchas parejas acaban atrapadas en un club social -lleno de expectativas, juicios y apariencias- y no en un verdadero equipo sentimental que se permita acompañarse en el camino de la vida como seres complementarios, y no como parejas suplementarias.

El motivo de tanta infidelidad no fue porque se haya acabado el respeto o el amor; fue, simplemente, porque no se supo hacer la elección correcta. Y no saber elegir no tiene que ver con la falta de experiencia, sino con la desconexión del alma, con ese mundo interno donde habita el poder de la creación, la fuente de vida de la que emanan la verdadera felicidad y la plenitud.

El amor es una fuente de vida inagotable; es el espíritu de Dios operando en el corazón de cada individuo. Por eso, cuando escucho a muchas personas decir que en su relación de pareja el amor y el respeto "se acabaron", la imagen que aparece no es la de una verdad profunda, sino la de una justificación inmadura e inapropiada.

En realidad, estas consecuencias no nacen del fin del amor, sino de elecciones hechas desde el impulso y la desesperación por evitar la soledad. Elecciones que revelan una profunda incapacidad para habitarse, para sostenerse a solas y para enfrentar la soledad sin miedo.

Elegir no basta con fijarse únicamente en lo físico, sino en quién es realmente la persona a nivel interno. Los valores y las virtudes son la base fundamental para sostener una relación sólida, lejos de lo superficial. Elegir bien implica aceptar al otro tal como es, independientemente de su apariencia.

Lamentablemente, hoy en día muchas relaciones no nacen desde el verbo elegir, sino desde el verbo agarrar. Suena duro, incluso incómodo, pero es lo que se observa en la realidad actual. Se agarra a las personas como si fueran objetos, para llenar necesidades físicas y vacíos internos. Y cuando ese vacío no se llena, se acaba el encanto, se extingue el gusto por la persona que se eligió -o, mejor dicho, que se tomó-.

Puede leerse desagradable, pero refleja lo que hoy se vive en gran parte de la humanidad: una profunda falta de respeto, no solo hacia el otro, sino hacia uno mismo como individuo.

Muchos se dicen a sí mismos -o a los demás- que no están preparados para tener una relación real y sólida. Bajo ese argumento evaden conexiones auténticas, aquellas que podrían alejarlos de la falsedad, del drama y de los vínculos superficiales que solo reproducen las mismas heridas.

Pero, lamentablemente, muchos caen en relaciones tóxicas, aparentando ante los demás que están felices y que todo marcha bien. Por dentro, se sienten insatisfechos. En lugar de enfrentar y resolver su situación, aceptan vivir bloqueados en un destino que no fue creado desde una manifestación real y consciente.

Dicen no estar preparados para aquello que verdaderamente da paz y felicidad. No por falta de oportunidades, sino por carencia de inteligencia emocional y por una profunda disfunción afectiva. Lo perciben como algo abrumador e intenso, y así evaden un compromiso que podría contrarrestar la vigencia y el deterioro de una relación.

Una relación estable se manifiesta cuando, dentro de la pareja, hay equilibrio emocional, respeto mutuo y coherencia entre lo que se siente, se piensa y se vive.

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