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LA PAZ NO EXISTE

DANIELA SUÁREZ

En estos tiempos, tener paz parece haberse convertido en una virtud poco común. Vivimos en una sociedad donde las preocupaciones, los conflictos y las exigencias cotidianas ocupan gran parte de nuestra atención. Los problemas suelen rebasar los límites de lo esperado y, por momentos, el entorno se percibe más caótico que de costumbre.

En un mundo donde la negatividad parece ocupar cada vez más espacio, resulta difícil encontrar personas que vivan en verdadera paz. La ansiedad, el estrés y la preocupación se han convertido en parte del paisaje cotidiano. Basta observar nuestro entorno para notar cómo muchas personas viven atrapadas entre las prisas y el temor constante a lo que pueda ocurrir mañana.

Ante esta realidad surge una pregunta inevitable: ¿realmente existe la paz?

El propio maestro Jesucristo dijo: «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo».

Con frecuencia, el mundo asocia la paz con la comodidad, la estabilidad económica o la ausencia de conflictos. Sin embargo, esas condiciones pueden cambiar de un momento a otro. Por ello, muchas personas descubren que, aun teniendo aquello que deseaban, continúan sintiendo un vacío difícil de explicar.

Estas palabras contienen una enseñanza profunda que sigue vigente. Jesús habla de una paz diferente, una que nace en la mente y en el corazón. No es una paz basada en circunstancias perfectas, sino en la capacidad de conservar la serenidad aun en medio de las dificultades.

Cultivar esa paz requiere valentía. No significa ignorar los problemas ni huir de ellos, sino enfrentarlos con conciencia y madurez. Cuando las dificultades se evaden, suelen crecer y traer consigo consecuencias más complejas. Por el contrario, cuando se afrontan, pueden convertirse en oportunidades de aprendizaje y fortaleza.

¿Por qué la sociedad moderna parece haber perdido la paz? Quizá porque ha aprendido a valorar más la velocidad que la contemplación, más la productividad que el bienestar y más la apariencia que la autenticidad. Vivimos conectados a múltiples fuentes de información, pero cada vez más desconectados de nosotros mismos. Las noticias llegan de manera constante, las redes sociales exponen vidas aparentemente perfectas y las exigencias diarias dejan poco espacio para el silencio y la reflexión.

A ello se suma una cultura que ha normalizado el agotamiento emocional. Muchas personas viven bajo la presión de cumplir expectativas cada vez más altas, persiguiendo metas que, una vez alcanzadas, son reemplazadas por nuevas exigencias. En esa carrera interminable, la tranquilidad suele quedar relegada a un segundo plano.

A esta realidad se añade el impacto de las redes sociales y la comunicación permanente. Nunca antes las personas habían tenido acceso a tanta información en tan poco tiempo. Sin embargo, la abundancia de estímulos también puede generar comparación, ansiedad y una constante sensación de insuficiencia. La necesidad de estar siempre conectados ha reducido los espacios de silencio que antes permitían reflexionar, descansar y reencontrarse con uno mismo.

La paz interior tampoco significa vivir sin emociones difíciles. El miedo, la tristeza, la frustración y la incertidumbre forman parte de la condición humana. Pretender eliminarlas por completo sería negar una parte de nuestra propia naturaleza. La diferencia radica en cómo respondemos a ellas. Cuando aprendemos a reconocer nuestras emociones sin permitir que dominen nuestra vida, comenzamos a desarrollar una mayor estabilidad interior.

Tal vez la sociedad no ha perdido la paz porque esta haya desaparecido, sino porque ha olvidado dónde encontrarla. Mientras se siga buscando únicamente en lo externo, permanecerá fuera de alcance. La verdadera paz requiere una pausa, una mirada hacia el interior y la disposición de reconciliarse con aquello que somos, incluso en medio de nuestras imperfecciones.

También es importante recordar que la paz no se obtiene de una vez y para siempre. Es una construcción diaria que exige paciencia, disciplina y autoconocimiento. Cada decisión orientada al equilibrio, cada momento de reflexión y cada esfuerzo por actuar con serenidad contribuyen a fortalecer ese estado interior que tantas personas anhelan encontrar.

En ocasiones, la paz también requiere aprender a guardar silencio. No el silencio de quien se resigna, sino el de quien se permite escuchar sus propios pensamientos y comprender aquello que ocurre en su interior. En una época dominada por el ruido y la inmediatez, detenerse por un momento puede convertirse en un acto de profunda transformación.

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