Hace poco más de un mes llegué a la Ciudad de México y apenas me di cuenta de que el Mundial ya estaba comenzando. La energía y el entusiasmo se sentían por todos lados. Desde que subí al avión pude percibir el ambiente futbolero que se vivía en el país. Me llamó la atención ver que la tripulación, tanto azafatas como pilotos, no vestían el uniforme oficial de la compañía aérea, sino la playera de la Selección Mexicana.
Incluso durante el abordaje, los anuncios publicitarios iban acompañados por las voces de comentaristas deportivos, como si la fiesta mundialista hubiera comenzado antes de despegar. Todo transmitía la misma emoción y la misma ilusión: la esperanza de que México pudiera convertirse en campeón del mundo, impulsada también por el orgullo de ser una de las sedes de la Copa del Mundo.
Cuando arribé al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México para trasladarme a Cuernavaca, Morelos, confirmé que la euforia mundialista iba mucho más allá de los estadios. Era común ver extranjeros provenientes de distintas partes del mundo, periodistas realizando reportajes y viajeros que llegaban para ser parte de uno de los eventos deportivos más importantes del planeta.
Mientras caminaba por la terminal, escuchaba conversaciones en diferentes idiomas. Para mí fue una experiencia especial, porque desde hace años uno de mis pasatiempos ha sido conocer otras culturas a través de documentales y reportajes. Sin embargo, esta vez no las observaba a través de una pantalla; las tenía frente a mí. Personas de países lejanos compartían el mismo espacio y la misma emoción por el futbol.
Al salir a las calles, el ambiente no era distinto. Aficionados con las camisetas de sus selecciones caminaban entre la multitud, se reunían en plazas y restaurantes. La euforia se sentía en el aire.
Por momentos parecía que las fronteras desaparecían y que el futbol lograba unir idiomas, costumbres y nacionalidades.
Más que una competencia deportiva, lo que se percibía era un sentimiento colectivo. En cada detalle se notaba la ilusión de una afición que soñaba con ver a su selección llegar más lejos que nunca. Y esa ilusión se resumía en una frase que comenzó a repetirse por todas partes: ¿Y si sí? Mientras veía los partidos de la Selección Mexicana, especialmente los encuentros contra Inglaterra y Ecuador, observaba las expresiones de los jugadores en la banca. En sus rostros veía algo más que concentración; percibía el deseo de representar dignamente a México y la posibilidad de hacer historia.
Recuerdo que durante esos días le escribí a una amiga por WhatsApp: “Tengo la convicción de que México pinta para ser campeón del mundo”. Ella, que suele confiar mucho en su intuición, me respondió que veía algo parecido. Por un momento compartimos la misma sensación de que esta selección estaba destinada a llegar más lejos de lo que muchos imaginaban.
Sin embargo, cuando llegó la derrota, la realidad fue distinta a lo que habíamos esperado. Me quedé sorprendida. Nuestras predicciones habían fallado y no podía dejar de preguntarme qué había sucedido. ¿Dónde estuvo el error? ¿Por qué el resultado fue tan diferente a lo que muchos percibíamos? Después de la derrota, mientras reflexionaba en silencio sobre todo lo ocurrido, una frase volvió a mi mente una y otra vez: “¿Y si sí?”. De pronto tuve una revelación.
Tal vez ahí se encontraba la respuesta.
La emoción de los aficionados era enorme. Se había convertido en un trampolín capaz de impulsar a la Selección Mexicana hacia lo más alto. Había entusiasmo, esperanza y una ilusión colectiva que parecía no tener límites.
Sin embargo, algo minucioso, casi invisible, terminó por infiltrarse en medio de esa esperanza.
Era la duda escondida detrás de la propia frase. Porque “¿Y si sí?” no es una afirmación; es una pregunta. No expresa certeza, sino posibilidad. No nace de la convicción absoluta, sino de la incertidumbre de quien aún contempla que las cosas podrían no suceder.
¿A dónde voy con todo esto? A que muchas derrotas no comienzan cuando se pierde una competencia, sino cuando permitimos que la duda se instale en nuestra mente.
La Biblia muestra un ejemplo interesante de ello.
En Mateo 4:3 se relata que el tentador se acercó a Jesús y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”. Lo llamativo no es solo la tentación, sino la palabra con la que comienza: “si”.
Aquella palabra buscaba sembrar una duda. Cuestionar una identidad que ya estaba definida. Y quizá así funciona muchas veces la duda en nuestra vida: no llega con estruendo, sino de manera sutil, disfrazada de pregunta o de incertidumbre.
Tal vez la reflexión detrás del “¿Y si sí?” no tenga que ver únicamente con el futbol.
También habla de nosotros mismos. De cuántas veces hemos permitido que una duda se interponga entre nuestros sueños y nuestras posibilidades. De cuántas veces hemos cuestionado nuestras capacidades justo cuando estábamos más cerca de alcanzar una meta.
La confianza no garantiza la victoria, pero la duda constante puede impedirnos desarrollar nuestro potencial.
A veces basta una pequeña incertidumbre para debilitar aquello que la convicción ya había comenzado a construir.
Quizá por eso la verdadera lección no sea preguntarnos “¿Y si sí?”, sino aprender a caminar con la certeza de que no debemos permitir que una duda momentánea destruya una ilusión capaz de mover a millones.