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CUANDO LA FE DEJA DE COLGARSE EN EL CUELLO

DANIELA SUÁREZ

Hace unos días, mientras veía la serie turca Perdido en el amor (conocida en algunos países como Escóndeme), hubo un detalle que llamó profundamente mi atención. La antagonista, Naz, llevaba siempre un collar que consideraba su amuleto de la buena suerte. No era un simple accesorio: era el objeto al que atribuía su estabilidad emocional. Cada vez que lo perdía, se rompía o se lo quitaba, sentía que su vida comenzaba a desmoronarse. Perdía la calma, tomaba malas decisiones y el caos parecía instalarse en todo lo que la rodeaba.

La historia explica que ese collar había sido entregado por una persona dedicada a la astrología, quien lo consagró para que ella sintiera paz y orden mientras lo llevara consigo. Sin embargo, más allá del guion, aquella escena me hizo detenerme a pensar en algo mucho más profundo.

¿Realmente era el collar el que tenía el poder? ¿O era la mente de Naz la que había depositado toda su seguridad en un objeto material?

Vivimos en una época donde muchas personas buscan amuletos, cuarzos, talismanes, rituales o cualquier símbolo que les haga sentir protegidas. No porque esos objetos tengan necesariamente un poder comprobable, sino porque representan una seguridad emocional. Se convierten en un punto de apoyo, en una especie de placebo que tranquiliza la mente y reduce la ansiedad.

Los objetos pueden tener un enorme valor sentimental. Una fotografía puede recordarnos a un ser querido; una carta puede hacernos revivir un momento especial; una joya heredada puede representar generaciones de historia familiar. No hay nada de malo en conservar aquello que despierta recuerdos valiosos. El problema comienza cuando dejamos de verlos como símbolos y empezamos a convertirlos en la fuente de nuestra tranquilidad.

Cuando creemos que nuestra paz depende de llevar un objeto encima, corremos el riesgo de entregar nuestra estabilidad emocional a algo que puede perderse, romperse o desaparecer. Si nuestra seguridad se sostiene únicamente en lo material, también será tan frágil como aquello en lo que la hemos depositado.

La Biblia nos invita a mirar en una dirección completamente distinta. En Hebreos 11:1 leemos: "Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve." La fe bíblica no necesita un amuleto para existir ni un objeto para fortalecerse. Descansa en la confianza en Dios, aun cuando los ojos todavía no ven el resultado.

Quizá esa sea una de las diferencias más profundas entre la fe y la superstición. La superstición deposita el poder en las cosas; la fe deposita la confianza en Dios. Una necesita tocar para creer; la otra cree incluso antes de tocar. Por eso, cuando la fe nace en el corazón, la paz deja de depender de lo que llevamos en las manos y comienza a sostenerse en Aquel que permanece, incluso cuando todo lo demás cambia.

Aquella escena de una serie terminó convirtiéndose, para mí, en una metáfora de la vida. Todos, en algún momento, hemos colgado nuestra seguridad de algo externo: una persona, un trabajo, una cuenta bancaria, un reconocimiento o incluso un objeto que creemos indispensable. Y cuando eso desaparece, sentimos que también desaparece una parte de nosotros.

Quizá sea momento de preguntarnos dónde hemos colocado nuestra confianza. Porque aquello en lo que depositamos nuestra fe termina gobernando nuestras emociones. Si nuestra esperanza depende de algo que podemos perder, entonces nuestra paz también será vulnerable. Pero si nuestra confianza está puesta en Dios, ninguna circunstancia tendrá el poder de arrebatarnos la serenidad.

La fe verdadera no necesita colgar del cuello, guardarse en un bolsillo ni depender de un símbolo material para recordarnos que todo estará bien. La fe vive en el corazón, se fortalece en la confianza y permanece firme incluso cuando no vemos el camino completo.

Al terminar ese capítulo comprendí que el verdadero milagro no estaba en un collar, sino en la capacidad que tenemos de decidir dónde depositamos nuestra confianza. Porque aquello que sostiene nuestra fe terminará sosteniendo también nuestra vida.

La paz verdadera no se lleva puesta. Se cultiva por dentro. Y cuando la fe nace en el interior, ya no necesita colgar del cuello para recordarnos que seguimos de pie.

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