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DANIELA SUÁREZ

Vivimos en una época donde la imagen suele tener más peso que la esencia. Las redes sociales, la competencia cotidiana y el deseo de sobresalir han convertido el reconocimiento en una necesidad para muchos. Sin embargo, este fenómeno no comenzó con la tecnología. La Biblia ya advertía que llegarían tiempos en los que el ser humano se colocaría a sí mismo en el centro de todo.

En 2 Timoteo 3:1-5, el apóstol Pablo describe un escenario que parece escrito para nuestra generación: "En los últimos días vendrán tiempos difíciles". La lista continúa con una frase que llama profundamente la atención: "Habrá hombres amadores de sí mismos". Después menciona otras actitudes: amantes del dinero, soberbios, arrogantes, ingratos, sin afecto natural y sin dominio propio. Más allá de señalar a otros, el texto invita a examinar el estado del corazón humano.

Hoy hablamos con frecuencia del narcisismo. La psicología lo estudia como un patrón de personalidad que puede afectar las relaciones y la convivencia. La Biblia, por su parte, no utiliza ese término, pero sí advierte sobre el peligro de vivir únicamente para uno mismo. Cuando el "yo" ocupa el lugar de Dios y del prójimo, las relaciones comienzan a deteriorarse.

En Génesis 6:1-8, la Biblia presenta uno de los relatos más enigmáticos de las Escrituras. Allí se menciona a los nefilim y a los "hijos de Dios". Desde la antigüedad, una de las interpretaciones más conocidas sostiene que esos "hijos de Dios" eran ángeles caídos que se unieron con mujeres y dieron origen a los nefilim, aunque otros estudiosos ofrecen explicaciones diferentes. Lo verdaderamente importante del relato no es alimentar el misterio, sino comprender el contexto espiritual de aquella generación.

Génesis 6:5-6 afirma que Dios vio que la maldad del ser humano se había multiplicado sobre la tierra y que todo designio de los pensamientos de su corazón era, de continuo, solamente el mal. El pasaje añade una de las expresiones más conmovedoras de la Biblia: "Y le dolió en su corazón". Ese dolor divino precedió al diluvio universal. No fue una reacción impulsiva, sino la respuesta a una humanidad que había normalizado la violencia, la corrupción y el alejamiento de Dios.

Más allá del debate sobre quiénes eran exactamente los nefilim, el mensaje permanece vigente. La Biblia dirige nuestra atención no hacia esos personajes, sino hacia el deterioro moral de una sociedad que había dejado de distinguir entre el bien y el mal. Esa advertencia sigue resonando en nuestros días.

Quizá el mayor riesgo de nuestro tiempo no sea encontrarnos con personajes misteriosos, sino normalizar actitudes que destruyen lentamente la confianza, la empatía y el respeto. El ego desmedido puede esconderse detrás de una sonrisa amable, de un cargo importante, de una posición de liderazgo o incluso de un discurso religioso. Puede aparecer en una oficina, en una familia, entre vecinos, en una iglesia o en cualquier espacio donde el reconocimiento personal valga más que el servicio.

¿Cómo responder sin convertirnos en el reflejo de aquello que criticamos? La Biblia propone un camino distinto. En Filipenses 2:3-4 exhorta a no hacer nada por vanagloria, sino a considerar a los demás como valiosos. En Miqueas 6:8 resume el llamado de Dios: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar con humildad. Santiago 4:6 añade que "Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes". Y Jesús recordó que el mayor no es quien más poder acumula, sino quien más sirve.

Superar la influencia de personas dominadas por el ego no significa responder con odio, sino aprender a establecer límites, conservar la paz y no perder la propia identidad. También exige una mirada honesta hacia nosotros mismos. Es fácil detectar el orgullo ajeno; mucho más difícil reconocer cuándo empieza a crecer en nuestro interior.

Tal vez la pregunta más importante no sea cuántos narcisistas hay a nuestro alrededor. Quizá la verdadera pregunta sea cuánto espacio ocupa el ego en nuestra propia vida. ¿Estamos construyendo relaciones basadas en la apariencia o en la autenticidad? ¿Buscamos ser admirados o ser útiles? ¿Nuestra fe transforma nuestro carácter o solo nuestra imagen pública? ¿Estamos alimentando el amor al prójimo o únicamente el amor a nosotros mismos?

En tiempos donde la voz del ego suele sonar más fuerte que la de la conciencia, la Biblia sigue proponiendo un camino contracultural: menos protagonismo y más servicio; menos apariencia y más verdad; menos obsesión por el "yo" y más disposición para amar.

Porque, al final, la pregunta no es si vivimos rodeados de personas que aman demasiado su propia imagen. La pregunta es mucho más incómoda: ¿estamos construyendo una sociedad que recompensa el ego por encima del carácter? ¿Estamos formando generaciones que buscan parecer extraordinarias, pero olvidan aprender a ser íntegras? ¿Qué pasaría si hoy Dios examinara el corazón de nuestra generación, como lo hizo en los días de Noé? ¿Encontraría una humanidad capaz de reconocer su necesidad de Él o una sociedad demasiado enamorada de sí misma para escuchar su voz?

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