Uno de mis pasatiempos favoritos es ver novelas turcas, y lo que más me atrae de Turquía son sus costumbres y paisajes. La mayoría de sus producciones se desarrollan en Estambul, la ciudad más poblada del país, situada entre Europa y Asia. La Torre de Gálata es uno de los grandes símbolos de la ciudad. Considerada una de las torres más antiguas del mundo, sobresale por encima de las casas del barrio de Gálata y permite observar incluso los rincones más lejanos. Posee una de las mejores vistas de Estambul y, para mí, tiene algo de mágico por su energía y arquitectura. Fue construida en 1348 por los genoveses para vigilar y proteger, controlando la entrada al Cuerno de Oro y detectando amenazas. Con el tiempo también funcionó como torre de vigilancia contra incendios y símbolo histórico del lado europeo de la ciudad.
Esta torre me recuerda esa parte interna de nosotros que observa, advierte y vigila. El ser humano puede mantenerse protegido cuando se mira desde lo alto, activando la dimensión espiritual que Dios regala para sostenerse con firmeza. Pero no siempre es así. Muchos se pierden en el ruido de la vida, poniendo en un pedestal a cosas o personas antes que a sí mismos. Entonces surge la pregunta: ¿Por qué nadie me entiende? ¿Cómo puedo ser la atalaya de mi propia vida y evitar tropezar de nuevo? Quizá la respuesta esté en soltar el control y rendirse ante nuestra humanidad, dándonos permiso de sentir, aprender y caer. Empezar a darle sentido a la vida con empatía hacia nosotros mismos, aceptando caídas y errores, es volver a mirarnos hacia adentro desde las alturas… con amor y conciencia.
La manipulación, el chantaje, las quejas, la mentira y la victimización reflejan un ego herido que impide alcanzar el éxito deseado. Esto es crudo, pero la verdad libera. El verdadero éxito no se mide por lo que tienes o logras, sino por la capacidad de reivindicarte con honestidad, corregir tu camino y volver a ti misma. Lo demás es resultado de tu esfuerzo. Mantener el control o manipular acaba descontrolándose. No se puede controlar nada afuera si la parte interna está en desequilibrio; por eso el empoderamiento superficial puede caer. Mientras haya una base espiritual en tu interior, puedes sostenerte, expandirte y mantener los pies firmes sobre la tierra. Ser cauteloso contigo mismo evita repetir experiencias; observarte revela tu mejor versión; escuchar advertencias internas ahorra dolores de cabeza y del corazón. Incluso cuando lloras, liberas información antigua que está en tu ADN.
La vigilancia interior te sostiene. Cuidarte da seguridad, protegerte fortalece y vigilarte desde el amor propio te levanta. No permitas que las distracciones rompan tu mundo interno. Construye tu torre de vigilancia sobre ti mismo para resguardarte de enemigos ocultos: dudas, heridas, miedos y todo aquello que distrae de tu verdad. El verdadero éxito surge cuando tus ideas se alinean con un alcance espiritual elevado, asegurando tu victoria desde la honestidad, el amor y la verdad. Al elevarte hacia lo espiritual ya no persigues, no manipulas ni controlas; todo lo creas desde la conciencia y eso te satisface, te sostiene y te magnífica. La conciencia del ser crea y moldea tu realidad. Incluso cuando tu alma, en silencio, te susurra otro panorama, tu conciencia permite mantener el poder y construir desde la claridad. Caminar así es un equilibrio sutil: crear con intención, sostener tu verdad y escuchar los susurros del interior siempre señalarán el camino correcto.