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LOS DESEOS DE AÑO NUEVO

JOSÉ LUIS HERRERA ARCE

Entre las cosas que hacemos de manera cíclica está el hecho de que todos los años nuevos hacemos propósitos que pensamos cumplir durante el resto del año. Muchos querrán llevarlos a cabo, pero a la mayoría de la gente se le olvida el proyecto y sigue la vida como de costumbre. Esto sucede muy a menudo; un propósito tiene como objetivo mejorar algo que hacíamos mal o realizar alguna cosa que tenemos en mente. El propósito se hace para cumplirse y, si los cumpliéramos, nuestra vida mejoraría con el tiempo. Esto de los propósitos es como una confesión: vas, te confiesas, te arrepientes y prometes no volver a caer en los errores en los que habías caído.

A fin de cuentas somos humanos y estamos llenos de imperfecciones; con facilidad nos pueden vencer los hábitos, es decir, las cosas que hacemos todos los días. Otras veces, esto de los propósitos es una especie de presunción: nos gusta hablar de ellos ante la gente conocida para que crean que vamos a mejorar en algunos aspectos de nuestra vida, pero resulta que la meta que nos propusimos estaba más allá de nuestras fuerzas y entonces fue muy fácil que nos vencieran de nuevo los hábitos que tenemos.

Podemos cambiar de costumbre en esto de hacer propósitos y no necesitar hacerlos para todo el año. Se puede hacer uno por un día, una semana o tal vez un mes, y entonces posiblemente de esa manera sea más fácil cumplirlos; así lo hacen en Alcohólicos Anónimos y en otras partes, donde el principio es un día a la vez, y en esto de los propósitos también se puede seguir la misma técnica: un día a la vez.

No tiene ningún sentido hacer propósitos que no se van a cumplir. Basta con reflexionar sobre los propósitos que hemos hecho en los últimos tiempos y que se quedaron en el aire, que no se cumplieron. Entonces, si en realidad nos interesa mejorar algunos aspectos de nuestra vida, es ir poco a poco, no tratar de abarcar mucho ni de presumir demasiado.

Es muy fácil hacernos tontos a nosotros mismos. Pensar que, como ya hicimos el propósito, este se va a cumplir por sí solo. Hay que trabajar en él para que eso suceda, y si nosotros no estamos dispuestos a invertir trabajo para cambiar una manera de ser, nunca se va a realizar. Eso lo podemos aprender de los políticos, que prometen mucho, pero ya sabemos que las promesas se pueden quedar en el aire; lo que importa es engañar al votante para llegar a un puesto donde, al rato, se va a olvidar lo que se propuso y se va a ir por otros lados a su conveniencia personal. Entonces el propósito lo podemos relacionar con las promesas políticas que se dicen, se aclaman y hasta se aplauden antes de realizarlas, y todo queda en buenos deseos. Eso es engañarse a uno mismo y engañar a la gente.

El propósito no tiene sentido si no se integra a nuestra vida cotidiana. Conocemos a muchos tipos de personas y las hay que sí están dispuestas a que sus propósitos se cumplan, cueste lo que cueste. Aquel que quiere ser campeón de un deporte o de alguna actividad sabe que le tiene que invertir en entrenamientos, en estudio y en muchas cosas para llegar a realizar lo que desea. Hay muchos que se engañan también en este punto porque creen que hacen las cosas y solo por hacerlas ya quedan satisfechos, aunque estén mal hechas.

Los campeones de cualquier deporte saben que su vida se basa, más que nada, en el entrenamiento diario y en buscar nuevas técnicas para poder vencer a quienes tiene que vencer y llegar a cumplir su cometido de ser el mejor; no pueden darse el lujo de faltar un día al entrenamiento ni conformarse con entrenamientos facilones. El haberse propuesto llegar a obtener un título es proponerse un trabajo cotidiano que le va a costar sacrificar muchas otras cosas de su vida.

Si los políticos siguieran estos principios en su carrera, sabrían que cumplir con las promesas les va a costar trabajo, porque cumplir con ellas es enfrentarse a muchas vicisitudes que tienen alrededor. Esos son los políticos buenos, los que, proponiéndose algo, lo llegan a realizar. El político malo es el que se conforma con hacer como que hizo y no hizo, y se aplaude a sí mismo. El no cumplir lo suple con una promesa que se queda en el aire, que se supone que posteriormente va a ser cumplida, y entonces vive en el engaño, y quienes confían en él son engañados.

Los propósitos son para cumplirse, no para decirse, y si no tenemos la voluntad de cumplirlos, entonces no tiene ningún sentido hacerlos. Es algo a lo que estamos acostumbrados. Quizá por tradición todo el mundo hace propósitos y ahí se quedan. Eso es lo que no tiene sentido.

Si va a ser un propósito de Año Nuevo, comprométase con él.

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