Las personas, las cosas y hasta las circunstancias que hoy forman parte de nuestra vida tienen algo en común: ninguna es eterna. Tarde o temprano, todo se va. La vida tiene esa naturaleza finita que tantas veces resumimos en una frase hecha: “Nada es eterno, todo es pasajero”.
Y si lo pensamos detenidamente, tendremos que aceptar algo todavía más difícil: en realidad, no somos dueños de nada ni de nadie.
La vida se nos presta por un rato y, por eso mismo, cada día es un auténtico regalo. Todo lo que llega con ella también es prestado: nuestros seres queridos, la familia, los amigos, los bienes materiales, los logros, los conocimientos y hasta las experiencias que vamos acumulando.
“¡Ah, qué canción! ¿Entonces de qué se trata?”, quizá esté pensando usted. Espere, no se me desespere.
Se trata de algo tan sencillo de decir como difícil de practicar: aprender a despedirnos.
Nos cuesta decir adiós a las personas y a las cosas porque desarrollamos hacia ellas un fuerte apego. Ese vínculo nos hace sentir protegidos, acompañados, arropados; nos hace creer que estamos menos expuestos y, por lo tanto, menos vulnerables al dolor.Y tiene cierta lógica. Si no soltamos nada, pensamos que tampoco podemos perder nada.
El problema es que esa misma coraza que nos protege del dolor también puede impedirnos recibir lo nuevo. Cuando cerramos la puerta a la vulnerabilidad, cerramos también la posibilidad de descubrir aquello que todavía no conocemos. Y lo desconocido puede traer riesgos, sí, pero también puede traer regalos.Por eso, para aprender a valorar verdaderamente los regalos que recibimos a cada instante, quizá tengamos que acostumbrarnos a decir adiós con cierta frecuencia. Sólo cuando aceptamos la irrenunciable caducidad de las cosas, de las circunstancias y de nosotros mismos, podemos abrir los ojos para descubrir que la vida continúa ofreciéndonos dones incluso en medio de las situaciones más difíciles.
No es fácil decir adiós.
La pérdida de un ser querido, por ejemplo, puede ser uno de los dolores más profundos que experimentemos. Y, sin embargo, es una experiencia que, de una u otra manera, tendremos que enfrentar varias veces a lo largo de nuestra vida. No podemos evitarla. Lo que sí podemos hacer es aprender a despedirnos antes de que llegue la despedida definitiva. No se trata de vivir anticipando la muerte ni de convertir la existencia en una larga espera de malas noticias. Se trata de reconocer que quienes amamos no estarán para siempre y que precisamente por eso debemos aprovechar su presencia mientras la tenemos.
Aceptar la temporalidad de la vida puede cambiar nuestra manera de mirar. Nos vuelve más agradecidos, más atentos y, quizá, hasta más optimistas. Cuando entendemos que cada encuentro es finito, dejamos de darlo por sentado. Entonces incluso una despedida dolorosa puede contener una enseñanza: nos recuerda cuánto amamos, cuánto recibimos y cuánto tuvimos la fortuna de compartir.
Por eso me parece importante tenerlo presente. Aunque resulte difícil, debemos aprender a liberar espacio cuando algo ha llegado al final de su camino. Dejar ir no siempre significa perder; a veces significa hacer lugar. Hacer lugar para lo que vendrá.
Claro que, mientras tanto, probablemente nos sentiremos vulnerables, un poco desprotegidos y hasta con cierta incertidumbre.
Pero quizá ésa sea precisamente la condición de estar verdaderamente vivos: saber que nada está garantizado y, aun así, decidir disfrutarlo.
La vida es frágil. Las despedidas son inevitables. Y justamente por eso, cada instante merece ser vivido con mayor conciencia y gratitud. Así que, ya sin tanto miedo a las despedidas, aprovecho este momento para decirle adiós.
Pero solo por ahora, porque espero que nos reencontremos muy pronto en un próximo comentario. ¡Adiós! Soy Don Juan Recaredo… compártame sus dudas y comentarios. donjuanrecaredo@gmail.com , X: @donjuanrecaredo.
ME PREGUNTA Saraí Salinas: Sobre la palabra “huésped”, ¿cuál es su significado y cuál es el femenino?
LE RESPONDO: Originalmente, la palabra “huésped” significaba “persona que da alojamiento a otra”, pero luego se le dio el sentido de “persona que se aloja en la casa de otra”. Sin embargo, ya casi no se usa con el primer significado, para evitar confusiones. La forma femenina es “huéspeda”, y aunque sigue estando aceptada, prácticamente no se usa y se prefiere usar “la huésped”.
LAS PALABRAS TIENEN LA PALABRA: Todo empieza con un simple “hola” y termina con un complicadísimo “adiós”.