¿POR QUÉ LA GENTE HABLA MAL DE LOS DEMÁS?
¿Quién hace más daño: quien habla mal, quien escucha o quien repite? En una conversación maliciosa nadie sale completamente limpio.
Hablar mal de alguien puede parecer una conversación entre dos personas, pero sus consecuencias rara vez terminan ahí.
Quien habla inicia el daño. Quien escucha le da un lugar donde quedarse. Quien repite lo multiplica. Y la persona de quien se habla carga con las consecuencias de una conversación en la que nunca tuvo oportunidad de defenderse.
Al final, todos pierden.
Pierde la persona de quien se habla porque otros pueden cambiar la manera de verla sin haber escuchado su versión. No puede explicar el contexto, corregir una mentira ni completar una verdad contada a medias. Se le juzga en ausencia y se construye una versión de quién es precisamente donde no puede responder.
Pero también pierde quien habla.
Porque cada vez que una persona utiliza la intimidad, los errores o los conflictos de alguien para desacreditarlo, también está mostrando algo de su propia manera de relacionarse. Quizá consiga momentáneamente atención, complicidad, aprobación o aliados, pero deja otra pregunta en quien la escucha: si habla así de esta persona cuando no está presente, ¿cómo hablará de mí cuando yo no esté?
Y pierde quien escucha.
Aunque no repita una sola palabra, ya recibió información que puede modificar su percepción. Una insinuación puede ser suficiente para sembrar una duda. La próxima vez que vea a esa persona quizá interprete sus acciones a través de una historia que nunca comprobó.
Finalmente, pierde quien repite, porque decide prestar su voz y su credibilidad a una historia que muchas veces ni siquiera vivió.
Decir "yo solamente repetí lo que me dijeron" no elimina la responsabilidad.
La confirma.
NO HACE FALTA MENTIR PARA DESTRUIR
Este quizá sea uno de los aspectos más peligrosos de hablar mal.
No siempre se inventan historias.
También se puede dañar diciendo verdades incompletas.
Podemos seleccionar únicamente los detalles que nos dan la razón, eliminar el contexto que explicaría al otro, exagerar una reacción y convertir un error en una definición completa de su carácter.
Una verdad cuidadosamente recortada también puede construir una mentira.
Y cuando esa versión comienza a circular, cada persona agrega algo: una interpretación, un tono, una conclusión.
La historia crece mientras la persona afectada continúa sin saber que está siendo juzgada.
¿POR QUÉ LO HACEMOS?
Porque hablar de otros también puede ofrecer una recompensa emocional.
El chisme crea complicidad. Tener información que otros desconocen puede hacernos sentir importantes. Criticar a alguien puede producir una sensación momentánea de superioridad. Y conseguir que otra persona confirme nuestro enojo puede hacernos sentir acompañados y justificados.
A veces ni siquiera buscamos contar lo sucedido.
Buscamos reclutar aliados.
En lugar de resolver el conflicto con quien lo tenemos, llevamos nuestra versión a otras personas hasta conseguir que también miren al otro desde nuestro enojo.
Entonces ya no estamos procesando un problema.
Estamos intentando controlar la reputación de alguien a través de una conversación en la que esa persona no tiene voz.
ALCANTARILLADO VERBAL
Hay conversaciones que funcionan como un alcantarillado: reciben resentimiento, juicios, burlas y versiones contaminadas de los demás.
Y su característica más desagradable es que el mal olor no se queda únicamente con la persona de quien se habló.
Se queda en quien habló.
En quien disfrutó escuchando.
En quien decidió repetir.
Y también en la relación que quedó contaminada después.
Porque algunas palabras pueden aclararse, disculparse e incluso perdonarse.
Pero una vez que comenzaron a circular, ya no existe manera de recogerlas todas.
¿ESCUCHAS PALABRAS QUE TE INCOMODAN?
Afirmación para no cargar con lo que no te corresponde.
Tengo la capacidad de contenerme y elegir no hablar mal de nadie. También puedo detener conversaciones en las que se habla mal de otros y no cargar con malestares que no me corresponden. Reconozco cuando mi enojo o mi molestia me impulsan a hablar creyendo que me estoy desahogando, cuando en realidad solo estoy contaminando mi entorno. Nutro mi prudencia y mi sabiduría para no involucrarme en conversaciones innecesarias y aprendo a dejar pasar aquello que no es importante, no me corresponde y no aporta nada bueno a mi vida.
INGREDIENTE: PRUDENCIA
La prudencia es cordura y conciencia para reconocer que no todo se tiene que decir, no siempre es el momento y no con todas las personas. Es saber detenerse antes de hablar y elegir cuándo, cómo y con quién vale la pena hacerlo.
FRASE DE LA SEMANA
"No todo lo que escuchas te pertenece, ni todo lo que sabes merece ser contado."